Capítulo 2 La encontré antes que nadie

POV Kael

Esa noche, el lobo no pide permiso.

Lleva horas empujando bajo mi piel. Desde la tarde. Me rasga por dentro. Camino por la casa, me siento, vuelvo a levantarme. Me echo agua fría en la nuca. Nada lo calma.

No es rabia. La rabia tiene nombre y se resuelve haciendo sangrar a alguien.

Esto es diferente. Es un tirón bajo las costillas, un hilo ardiendo que me tira hacia el norte del bosque. Mi lobo no quiere cazar. Quiere buscar.

No sé qué. Solo sé que si no voy, me va a romper.

Al final, dejo de resistirme. El cambio me recorre la espalda como una descarga. Los huesos crujen, el pelaje negro me cubre y cuando mis patas tocan la tierra, echo a correr entre los pinos. Rápido. Como si se me escapara.

El olor llega antes que la idea.

Hambre. Humo apagado. Piel fría. Cabello blanco que no pertenece a ninguno de los míos.

Y debajo de todo eso, algo que me golpea el pecho y me hace perder el paso.

Mío.

No conozco su nombre ni he visto su rostro, pero sé que debo encontrarlo antes de que cruce otro territorio. Antes de que desaparezca. Antes de que alguien más lo huela.

La descubro entre los árboles.

Blanca como un resto de nieve olvidado por el invierno. Su cabello enredado con ramitas, la capa gris destrozada apenas cubriendo su cuerpo y sus muñecas tan delgadas que podría partirlas con dos dedos. Huele a hambre y agotamiento. A frío que lleva once lunas.

Podría correr.

No lo hace. Está en el suelo, mirándome como si ya hubiera aceptado su final. Con la garganta expuesta.

Me abalanzo sobre ella y planto las patas a ambos lados de sus hombros. Mi hocico queda a centímetros de su cuello. Mi lobo quiere su garganta. Pero no para matarla.

La huelo y el tirón de mi pecho se convierte en un golpe seco.

Es ella.

No sé cómo lo sé. Mi lobo lo supo antes que yo. Todo ese maldito día empujando era por ella.

Cuando levanta la mano y sus dedos helados se hunden en mi pelaje, algo dentro de mí se aquieta por un instante. Sus dedos están sucios, con tierra bajo las uñas, temblando. Y aun así, se aferra a mí.

Joder.

— ¿Por qué no me matas? — susurra con la voz rota.

Cierro los ojos. Si sigo mirándola, la voy a morder allí mismo, sin esperar el momento adecuado. Sin marcarla como se debe.

— Tu garganta no es para abrirla. Es para morderla cuando yo diga.

Su mano cae y pierde el conocimiento. Su cabeza cae hacia un lado, dejándome el cuello completamente ofrecido. Pálido. Sucia. Perfecto.

El cambio me devuelve mi cuerpo humano de golpe. Quedo de rodillas sobre ella, desnudo, con las manos apoyadas en la tierra húmeda a ambos lados de su cabeza. Mi respiración sale entrecortada. Estoy duro, y no solo por el cambio.

De cerca está peor. Y peor me gusta más.

Tiene los labios partidos, el cabello blanco lleno de ramitas y hojas secas, las costillas marcadas bajo la ropa. Tiene barro en la mejilla, en el cuello, en la clavícula. Nadie debería llegar a semejante estado.

Y aun así, incluso cubierta de suciedad, es hermosa. Jodidamente hermosa. Una errante. Una rechazada. Y mi lobo la quiere.

La tomo en brazos. Pesa menos que la capa que lleva puesta. Su cabeza cae contra mi hombro, su aliento débil me roza el cuello. Su piel helada contra mi pecho desnudo y caliente me hace gruñir.

Camino desnudo por el bosque con ella apretada contra mí. Su cuerpo sucio mancha mi piel. Su olor a hambre se mezcla con el mío. Debería darme asco. Una errante, débil, sucia, que cualquier manada desecharía.

No me da asco. Me vuelve loco. Quiero llevarla así hasta mi cama y no soltarla.

Mi lobo se revuelve dentro. Quiere tirarla al suelo ahora mismo, aquí, entre los pinos. Quiere hundir los dientes en ese cuello sucio y dejar claro que nadie más podrá reclamarla. Quiere poseerla antes de limpiarla, antes de que nadie diga que no es digna.

Y ahí es donde me congelo.

Porque yo ya hice eso una vez.

En luna llena. Perdí el control. Mi luna me pidió que parara y yo no supe parar. Mi lobo tomó el mando y cuando volví en mí, tenía las manos manchadas de su sangre. La había matado. Apretando demasiado. Muriendo por reclamarla demasiado fuerte.

Desde entonces no toco a nadie en luna llena. Desde entonces no reclamo.

Si la marco ahora, inconsciente, sucia, débil, sin poder decirme que no, la voy a matar también. Lo sé.

La deposito sobre mi cama con cuidado. Le retiro la capa destrozada. Su cuerpo queda en mi colchón negro, pequeño, temblando, manchando mis sábanas limpias con tierra.

Me inclino sobre ella. Mi cuerpo desnudo la cubre con sombra. Mi rodilla queda entre sus piernas para no aplastarla. Acerco la boca a su sien. Su pulso late débil bajo la piel delicada de su garganta, sucia.

Podría hacerlo ahora. Está inconsciente. No puede apartarse ni decirme que no. Podría morderla. Podría tomarla. Podría hacerla mía sucia y errante como está y nadie podría decirme nada porque la encontré yo.

Mi miembro roza su muslo por accidente y tengo que clavar los dedos en el colchón para no empujar.

No.

No voy a marcarla así. Ni a arriesgarme a hacerle daño por satisfacer un instinto que apenas consigo controlar. No otra vez.

Apoyo la frente junto a la suya. Huelo su cabello sucio y mi lobo aúlla. Respiro hasta que mis manos dejan de temblar y mi erección baja lo suficiente para poder pensar.

— Todavía no — murmuro contra su cabello, con la voz destrozada —. Pero ya no te vas. ¿Me oyes, errante? Ya no te vas.

Me levanto desnudo, la cubro con mi manta para tapar ese cuello que no dejo de mirar y salgo al pasillo. Llamo al médico y a dos mujeres de confianza.

— Ahora. Y traigan agua caliente, ropa limpia y comida. Mucha comida.

El médico llega primero. Le revisa el pulso, las costillas y los labios agrietados sin tocarla más de lo necesario bajo mi mirada.

— Hambre, frío y agotamiento, alfa. Necesita descansar y recuperar fuerzas. Está al límite.

— Entonces se las devolveremos.

Ordeno que la limpien con cuidado. Que le cambien la ropa. Que preparen caldo, pan y carne para cuando despierte.

— La tocan solo para curarla. Nadie le pone una mano encima que no sea para limpiarla. Nadie le habla de su manada. Si pide más comida, se le sirve. Si intenta salir, me avisan a mí primero. Y nadie, absolutamente nadie, entra en esta habitación sin mi permiso. Si alguien le deja una marca, lo mato.

— ¿Y si despierta antes de que regrese? — pregunta una de las mujeres.

— Que coma. No la interroguen. Y no le digan que estoy desnudo en el pasillo por su culpa.

Cierro la puerta y bajo las escaleras desnudo, todavía con su olor pegado en el pecho. Aunque el cielo sigue oscuro, mi manada debe conocer las nuevas reglas antes de que alguien cometa el error de acercarse a ella. Antes de que alguien huela lo que yo olí y crea que puede tocarla.

— Todos. Al claro. Ahora.

A las cinco de la mañana, los lobos se reúnen frente a mí. Ya estoy vestido, pero sigo oliendo a ella. Nadie se atreve a preguntar por qué los he sacado de sus camas.

— Encontré una loba errante. Está en mi casa, bajo mi tutela, en mi cama. Nadie la toca. Nadie la mira demasiado. Nadie sube al segundo piso sin mi autorización. Si la veo asustada por culpa de alguno de ustedes, lo arranco del territorio yo mismo.

Un cazador se atreve a dar un paso.

— ¿Cómo sabemos que no es una espía, alfa? Es una errante...

Lo miro hasta que baja la cabeza y muestra el cuello.

— Yo me hago responsable. Es mía. Eso es todo lo que necesitan saber.

— Sí, alfa.

— Pueden retirarse.

Espero hasta que el último desaparece entre los árboles antes de levantar la mirada hacia la ventana de mi habitación.

Mira sigue allí, dormida, limpia ahora, sin marca.

Sucia me deseaba. Limpia me va a matar. Porque sé que cuando abra esos ojos, voy a querer morderla de nuevo. Y esta vez no voy a tener la excusa de la luna llena.

Pero hay una cosa que tengo clara.

La encontré antes que nadie.

Ya maté a una luna por no saber contenerme. No voy a matar a esta por la misma razón.

Y no permitiré que nadie me la quite.

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