Capítulo 3 Una Jaula Comoda

POV Mira

Lo primero que siento no es miedo. Es la cama.

Algo blando me sostiene la espalda, acolchado, hondo, distinto de la tierra y de las raíces.

Me estiro sin pensarlo, con los brazos por encima de la cabeza y los pies empujando el borde. Un estiramiento largo, de animal que por fin puede extenderse. Por un momento, creo que sigo soñando.

Abro los ojos de golpe.

No estoy en el bosque.

La habitación es alta, amplia y lujosa. Tiene cortinas gruesas que no dejan entrar la luz del todo, una chimenea apagada que aún conserva el calor, una mesa grande, una silla y una puerta cerrada. Todo huele a madera cara y a limpio.

Demasiado lujo para alguien que anoche dormía en el barro.

Bajo la mirada.

Llevo una bata clara, atada a la cintura. La tela es suave. Demasiado suave. Mis manos ya no están negras de tierra, mis uñas ya no tienen barro. Mi pelo blanco, aunque enredado en las puntas, está limpio. Me paso los dedos por él y no encuentro ramitas.

Me huelo la muñeca y después el cuello.

Flores. Jabón. Algo dulce que no es mío.

Y debajo...

Debajo del jabón, en las sábanas, hay otro olor.

Tierra húmeda y sangre vieja. Bosque profundo. El olor del lobo negro.

Es su cama. Estoy en su cama.

El corazón se me dispara.

La bata se abre un poco en el pecho y me la cierro rápido con la mano. Sin mi capa gris, sin la suciedad, me siento desnuda.

Miro a mi alrededor. No hay nadie.

Solo una bandeja en la mesa con carne, pan y caldo todavía humeante. El vapor sube.

La observo unos segundos. El estómago me ruge tan fuerte que me duele.

Si está envenenada, igual voy a morir. Ya me da igual.

La arrastro hacia mí y como como un animal. Rápido, con las dos manos, sin preocuparme por los modales.

No levanto la cabeza hasta que raspo el fondo con las uñas.

Once lunas pasando hambre no se arreglan con una sola bandeja.

La puerta se abre.

Me echo hacia atrás de golpe y la bandeja vacía golpea la mesa. Una chica joven entra con una jarra entre las manos. Se detiene al verme despierta, con la boca llena y las manos llenas de grasa.

— Si vienes por la comida, ya me la comí.

Las palabras salen antes de que pueda pensarlas.

Ella no se acerca. Se queda cerca de la puerta, como si le hubieran dicho que no se acerque demasiado.

— Tranquila. Era suya. ¿Desea que le suba más?

La miro con desconfianza. Después miro la puerta abierta a su espalda. Es mi única salida.

— ¿Dónde estoy? ¿Quién me limpió?

— Yo y mi madre. Esta es la habitación del alfa.

El alfa.

La palabra me hace recordar el peso sobre mi cuerpo en el bosque. El hocico en mi cuello.

Me levanto tan rápido que la bata se me enreda en las piernas y deja ver mis rodillas. Tengo que salir de aquí. Tengo que salir de su cama, de su olor.

Paso junto a ella, empujo la puerta y descubro que no cede. Lo intento otra vez con el hombro. Nada.

Pruebo la ventana. Corro las cortinas gruesas. También cerrada. Con pestillo por fuera. Ni siquiera puedo ver el bosque, solo un patio interior.

— Lo siento — dice la chica —. No puede salir. Son órdenes del señor.

Me vuelvo hacia ella, con la bata mal cerrada y el pelo blanco pegado a la cara.

— Me importa una mierda tu señor. Déjame ir. Ahora.

La chica sostiene la jarra con ambas manos. No parece querer hacerme daño, pero tampoco piensa abrirme.

— Lo lamento. No puedo. Solo dígame si necesita algo más.

Empujo la madera una vez más. No sirve de nada. Mi hombro sigue siendo el de una loba que nunca consiguió superar las pruebas de su manada. Débil.

Me cierro la bata con una mano, apretando la tela contra mi pecho. Limpia por fuera. Encerrada por dentro.

— Tu señor no está aquí.

— No. Pero la orden sí.

Estoy a punto de gritarle cuando recuerdo sus palabras.

¿Desea que le suba más?

Me detengo. Miro la bandeja vacía. Miro mis manos grasientas. Miro la puerta.

La puerta puede esperar. La comida, no.

— Espera.

Ella parpadea.

— ¿Sí?

— Dijiste que podías traerme más comida.

— Sí.

— Pues quiero toda la que puedas subir. Carne, pan, lo que haya en esa cocina. No un plato. Varios. Todo lo que puedas cargar.

Su expresión se suaviza. Por primera vez me mira como a una persona y no como a una orden.

— ¿Todavía tiene hambre?

Casi me río. Un sonido feo me sale de la garganta.

— Sí. Y no sé cuándo me volverán a dejar comer. Así que trae todo lo que puedas. Antes de que tu señor decida que ya comí demasiado.

La chica asiente con una sonrisa dulce.

— De acuerdo. Ya regreso. No tardo. Toca dos veces si necesitas algo.

Sale y cierra la puerta.

Apoyo la frente contra la madera fría. La bata huele a flores, pero las sábanas detrás de mí siguen oliendo a él. A bosque. A macho. Y yo estoy oliendo a su jabón, como si ya me hubiera marcado sin morderme.

Cuando escape — porque voy a escapar — no sé cuándo volveré a tener delante un plato de verdad. Tengo que comer cuanto pueda, aunque termine con el estómago doliéndome.

Afuera siguen el río, el frío y las manadas que no recogen a las que expulsan.

Aquí, por ahora, tengo una bandeja vacía y la promesa de otra.

Un nombre prestado

Los pasos regresan antes de que termine de contarlos. Rápidos. Conocen esta casa.

El pestillo se mueve y la chica entra con una bandeja más grande que la anterior. La deja sobre la mesa sin acercarse demasiado, como si mi hambre le diera miedo.

El olor me llena la nariz y se me hace agua la boca. Me olvido de la puerta por un segundo.

— Gracias — murmuro.

La palabra me resulta extraña. Casi nunca tengo motivos para usarla.

Ella deja un paño limpio junto a los platos y retrocede hacia la puerta.

— Si necesita algo, lo que sea, toque dos veces. Vendré. No tiene que gritar.

Dos veces. No un grito ni un golpe desesperado. Una señal pequeña, como si yo fuera alguien a quien se atiende y no una prisionera.

La chica se da la vuelta para irse y me sale la pregunta sola.

— ¿Cómo te llamas?

Se detiene con la mano en el pomo.

— Lucía. ¿Y usted?

Miro la cama deshecha que huele a él, la comida y la ventana cerrada. Después, la puerta que ella puede abrir y yo no.

No sé si un nombre es un regalo o una soga. Aun así, respondo, eligiendo el que usaba mi madre antes de morir:

— Miralba.

Lucía repite el nombre en voz baja, como si quisiera recordarlo, como si fuera importante.

— ¿De qué manada eres, Miralba?

Trago saliva. El pan se me queda atascado.

— De ninguna. No tengo manada. Soy huérfana.

No parece sorprendida. Quizá sea buena disimulando, o quizá en esta manada están acostumbrados a que lleguen lobas sin nada.

— Pues bienvenida. El señor dijo que te cuidáramos bien. Y eso haremos.

Bienvenida.

Como si la puerta no tuviera pestillo. Como si la bata limpia y el plato lleno fueran una invitación, y no una jaula con mejor olor. Con su olor.

— ¿Qué manada es esta?

Lucía baja la mirada hacia la bandeja. De repente parece incómoda.

— Eso debe decidirlo el señor. Si quiere contártelo, lo hará. Nos dijo que no respondiéramos eso.

Aprieto los dedos contra el borde de la mesa. La madera cruje.

— ¿Cuándo vuelve ese señor? ¿Cuándo va a dar la cara después de secuestrarme? ¿Después de desnudarme y lavarme mientras estaba inconsciente?

Ella me dedica una sonrisa pequeña, algo incómoda, y da un paso atrás.

— Acaba de llegar. Acaba de subir del claro. Seguro vendrá en unos minutos. Está... ansioso.

Y se marcha. Rápido. Como si hubiera dicho más de lo que debía.

El pestillo cae otra vez. Fuerte.

Me quedo mirando la puerta, con la comida delante y el nombre falso todavía en la boca. Miralba. Por primera vez desde que desperté, el hambre no es lo único que me preocupa.

El alfa está aquí. Ansioso. En su casa. Y yo estoy en su cama, limpia, con su olor por todas partes y una bata que apenas me tapa los muslos.

Entonces lo oigo.

No es el paso ligero de Lucía. Son pasos pesados. Lentos. Que suben las escaleras sin prisa, como si supiera que no tengo a dónde ir.

El olor entra antes que él. Se cuela por debajo de la puerta. Tierra húmeda. Bosque. Sangre vieja. Mucho más fuerte que en las sábanas.

El pestillo no suena como cuando entra Lucía. Este suena más fuerte, desde fuera, con una mano grande.

La puerta se abre.

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