Capítulo 4 Un Alfa Excitado

POV Mira

El pestillo no suena como Lucía.

Suena fuerte. Con una mano grande.

La puerta se abre y el olor entra de golpe.

Tierra húmeda. Bosque. Sangre vieja. Más intenso que en las sábanas. Me hace retroceder hasta chocar con la mesa.

Es él.

Alto, camisa negra arremangada, pelo negro húmedo. Ojos rojos. Los mismos del bosque.

— Mira.

Lo dice probando el nombre. Como si ya fuera suyo.

— No me llames así.

Cierra la puerta por dentro. Ahora estamos los dos del mismo lado.

— Lucía me dijo que te llamas así.

— Lucía habla demasiado.

Se cruza de brazos y me recorre entera. Bata clara mal cerrada, rodillas a la vista, manos con grasa, pelo blanco suelto.

— Estás comiendo.

— Estaba comiendo hasta que llegaste a encerrarme, alfa.

Mi voz sale arisca. Estoy harta de tener miedo. Once lunas siendo la débil. No aquí. No en su cama.

Da un paso. La habitación se hace pequeña.

— Te puse cama, comida, agua caliente. Y te quejas de estar encerrada.

— ¡Me secuestraste! Me trajiste desnuda, me lavaste dormida y me metiste con pestillo por fuera. ¿Quieres que te aplauda?

Sus ojos se oscurecen. Su mandíbula se tensa.

— Te encontré muriéndote en mi territorio. ¿Qué querías que hiciera?

— ¡No te pedí que me salvaras!

— No. Pediste que te matara. Dijiste cierra los ojos, que sea él quien lo haga. ¿Recuerdas? Con mi peso sobre ti.

Se me corta el aire. Lo recuerdo. Debajo de él, con su hocico en mi cuello.

— Eso no te da derecho a encerrarme.

— Me da todos los derechos. Lo que entra en mi bosque sin permiso, me pertenece.

— No soy una cosa.

— No. Eres Mira.

— Miralba.

Él ladea la cabeza.

— ¿Qué?

— Míralba. Solo mis amigos me llaman Mira.

El silencio se hace denso. Su mirada baja a mi boca, a mi garganta, a mis manos apretando la bata contra el pecho.

— ¿Amigos?

— Sí. Amigos.

Da otro paso. Queda a centímetros. Su pecho casi roza el mío. Su olor me envuelve y mi pierna roza la suya. Está caliente. Muy caliente.

— Las errantes no tienen amigos, Miralba.

Me golpea porque es verdad. Once lunas sin nadie que me llamara por un diminutivo. Once lunas sin nadie.

— Entonces no me llames de ninguna manera. Abre la puerta.

Baja la cabeza. Su aliento me roza la frente. No me toca, pero su cuerpo grande me bloquea toda salida.

— No puedo.

— ¿Por qué? ¿Porque soy tuya?

— Porque si te dejo salir así, con esa bata que apenas te tapa, con mi olor por todas partes y ese cuello ofreciéndose, algún lobo va a querer olerte como yo te olí. Y voy a tener que matarlo. Y ya maté a una luna por perder el control, Miralba. No voy a matar a toda mi manada por ti en una noche.

Ya mató a una luna. Lo dice sin adornos. Porque no supo parar.

— Entonces no me mires así.

— ¿Cómo te miro?

— Como si quisieras poseerme.

Sus ojos rojos bajan a mi cuello, a mi pulso desbocado. Su respiración se acelera. Veo cómo su pecho sube y baja más rápido. Cómo aprieta los puños para no tocarme.

— Porque quiero. — Su voz sale ronca, rota. — Te deseo desde que te olí en el bosque. Sucia, con barro en la cara, muerta de hambre. Te deseaba así, joder. Errante, rechazada, débil. Y ahora limpia, en mi cama, con la bata abierta, oliendo a mí...

Da un paso más y tengo que apoyar las manos en la mesa para no caerme. Su rodilla se mete entre mis piernas, sin tocarme del todo, pero lo suficiente para que sienta su calor entre mis muslos. Su cuerpo me acorrala contra la mesa.

— ¿Hueles eso? — murmura contra mi pelo —. Hueles a mí. Mis sábanas, mi jabón, mi bosque. Y aun así quieres irte.

— No soy tu luna.

— Lo sé. Mi luna está muerta. La maté porque no supe contenerme. La apreté demasiado cuando quise reclamarla.

Su confesión me deja helada, pero su cercanía me quema. Está excitado. Lo siento. Lo veo en cómo me mira la boca, en cómo su camisa se tensa en los hombros, en cómo su mano sube como si fuera a agarrar mi bata y se detiene a medio camino, temblando.

— Si te toco ahora — dice con los dientes apretados —, no voy a parar. Si agarro esa bata, la voy a abrir. Si te muerdo ese cuello que no dejas de ofrecerme, te voy a dejar marca. Y estás demasiado débil para eso.

— Entonces no me toques — le suelto arisca, aunque mi voz tiembla.

— No te estoy tocando. — Su mano queda en el aire, a un centímetro de mi cintura. No me toca, pero el calor de su palma me quema a través de la bata. — Me estoy volviendo loco por no tocarte, errante. ¿No lo ves?

Estamos así. Yo acorralada contra la mesa, con la bata subiéndose por los muslos, con las manos con grasa. Él frente a mí, enorme, excitado, con la mano temblando por no agarrarme, con los ojos rojos fijos en mi garganta.

— Solo mis amigos me llaman Mira — repito, terca.

Él sonríe. Peligroso. Posesivo. Y por fin deja caer la mano, pero no sobre mí. Sobre la mesa, a ambos lados de mi cuerpo, encerrándome.

— Entonces hazte mi amiga, Mira.

Mi nombre corto en su boca grave me hace temblar.

— Las errantes no tienen amigos.

— Entonces hazte otra cosa. — Su nariz roza mi sien, sin besarme, solo oliéndome. Inhala profundo, como en el bosque. — Hazte mía.

— Abre la puerta.

Suspira contra mi pelo, frustrado, excitado, a punto de perderlo.

— Voy a abrir la puerta, Mira. Pero no para que te vayas. Para que Lucía traiga más comida. Porque todavía tienes hambre y porque si no te miro comer, mi lobo va a tirarte al suelo otra vez para comprobar que respiras.

Se aparta un paso. Solo uno. Lo suficiente para que pueda respirar sin su pecho contra el mío, pero no lo suficiente para que deje de sentir su calor entre mis piernas.

Va a la puerta, la abre por dentro y grita:

— ¡Lucía! ¡Más comida! ¡Ahora!

Cierra y se queda apoyado contra la puerta, mirándome desde lejos como si así pudiera controlarse. Sus ojos no me dejan. Su camisa marca todo su pecho agitado.

— ¿Te vas a quedar mirando cómo como? — le pregunto arisca.

— Sí. Porque cada vez que te miro con esa bata mal cerrada y ese olor mío, me acuerdo de por qué no te maté en el bosque. Y por qué no voy a dejar que te vayas.

Me siento en el borde de la cama, con la bata abierta en los muslos, con él excitado contra la puerta, mirándome como si quisiera poseerme ahí mismo y estuviera conteniéndose para no hacerlo.

Y por primera vez en once lunas, me gusta que alguien me mire así. Aunque diga que las errantes no tienen amigos.

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