Capítulo 4 Fuego y Cenizas

La noche era cálida y cargada de tensión cuando Camila llegó al restaurante exclusivo “Le Jardin”. Sebastián lo había elegido personalmente para su cena. Luces tenues, velas sobre las mesas y una vista espectacular al río iluminado. Ella había elegido su atuendo con deliberada crueldad: un vestido negro elegante pero seductor que marcaba sus curvas de forma letal. Sabía exactamente el efecto que quería causar.

Sebastián la esperaba en una mesa privada. Al verla entrar, sus ojos se iluminaron con un deseo intenso que ya no intentaba ocultar. Se levantó y apartó la silla para ella.

—Camila… estás impresionante —murmuró con voz ronca, recorriéndola con la mirada—. Gracias por aceptar cenar conmigo esta noche.

—Los negocios importantes merecen un buen ambiente —respondió ella con una sonrisa calculada, aunque por dentro sentía una tormenta de emociones contradictorias.

Durante la cena, Sebastián se abrió más de lo que Camila esperaba. Habló del vacío que sentía desde la muerte de su padre, de cómo el imperio familiar se había convertido en una carga pesada, y de las noches en las que se arrepentía de decisiones pasadas. Especialmente de una noche, ocho años atrás, en la que no había actuado como debería.

Camila lo escuchaba atentamente, alimentando su atracción con miradas profundas y comentarios inteligentes. Pero cada palabra de él le recordaba su propia traición. Recordaba cómo la había abandonado, cómo se había quedado callado mientras la destruían. El odio crecía dentro de ella con cada confesión.

—Hay algo en ti que me desarma por completo —confesó Sebastián, mirándola por encima de su copa de vino—. Desde aquella noche bajo la lluvia no he podido sacarte de mi cabeza. Es como si hubieras llegado en el momento exacto en que más lo necesitaba.

Camila sintió un vuelco en el estómago. El odio seguía vivo, ardiente, pero también había una atracción real y peligrosa que la enfurecía. Sabía que Sebastián no sospechaba absolutamente nada. Estaba cayendo como un idiota enamorado.

Bien, pensó con frialdad letal. Quiero que te enamores locamente de mí. Quiero que me necesites como el aire. Quiero que sueñes conmigo cada noche. Así dolerá mucho más cuando te lo quite todo.

Después de la cena, Sebastián la invitó a caminar por la terraza privada. La ciudad brillaba abajo como un mar infinito de luces. El aire estaba cargado de una tensión casi eléctrica. Caminaron en silencio hasta que él se detuvo frente a ella.

—No entiendo qué me pasa contigo, Camila —murmuró con voz baja y cargada de emoción—. Siento que te conozco de otra vida. Como si el destino te hubiera puesto en mi camino para salvarme de mí mismo.

Camila dio un paso más cerca. Sus cuerpos casi se tocaban. Sebastián levantó una mano y acarició suavemente su mejilla. El contacto fue eléctrico. Ella no se apartó. Al contrario, permitió que la atracción creciera.

Sus miradas se encontraron. El tiempo pareció detenerse. Sebastián inclinó la cabeza y la besó.

El beso empezó suave, pero pronto se volvió urgente y hambriento. Sebastián la atrajo con fuerza contra su cuerpo, profundizando el beso con desesperación. Camila correspondió con una mezcla explosiva de rabia contenida y deseo traicionero. Sus manos se aferraron a la camisa de él mientras él deslizaba una mano por su cintura.

Por unos segundos, el mundo desapareció. Solo existían el calor de sus cuerpos y el deseo prohibido. Pero de pronto, la realidad golpeó a Camila con brutalidad. Se apartó bruscamente, respirando agitada, con los labios hinchados.

—No… esto no está bien —susurró, tocándose los labios.

Sebastián la miró confundido, con los ojos oscuros de deseo y frustración.

—Camila… dime qué ocurre. Siento que hay algo muy fuerte entre nosotros.

Ella lo miró fijamente durante varios segundos. Por dentro, su mente trabajaba a toda velocidad. Ya había tomado una decisión definitiva: seguiría el juego hasta el final. Haría que Sebastián se enamorara perdidamente de ella. Quería verlo caer rendido a sus pies. Y luego, cuando estuviera completamente perdido, le quitaría todo.

—No es el momento —dijo con voz suave pero firme—. Todavía hay muchas cosas que no sabes de mí, Sebastián. Cosas importantes.

Sebastián asintió, visiblemente afectado.

—Te esperaré el tiempo que sea necesario.

Camila se marchó del restaurante con el corazón latiendo con fuerza y las piernas temblorosas. Una vez dentro de su auto, en la oscuridad del estacionamiento, golpeó el volante varias veces con rabia contenida. Se odiaba por haber disfrutado ese beso, pero al mismo tiempo, una satisfacción fría y letal crecía dentro de ella.

—Vas a enamorarte de mí como nunca lo has hecho con nadie —susurró en la oscuridad—. Y cuando estés completamente perdido por mí… te lo quitaré todo. Tu empresa, tu orgullo, tu corazón… y hasta Amanda.

Pero lo que Camila no imaginaba era que esa noche, alguien más había estado observándolos desde las sombras del restaurante.

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