Capítulo 3 Capítulo 3

La noche comienza a tornarse cada vez más fría, la mujer continúa su camino hacia el orfanato con su pequeña hija en brazos, quien para ese momento, luego de que su madre repitiera su canción favorita casi la mitad del camino, ha quedado profundamente dormida.

Al llegar a la residencia, el guardia de seguridad se pone de pie para abrir el portón de rejas negras que chirrea cada vez que se mueve, la chica agradece con una pequeña sonrisa nerviosa mientras ingresa a la propiedad, en donde de brazos cruzados se encuentran tres monjas en la puerta principal, acompañadas por la madre superiora; realmente tardaron en darse cuenta de que la pequeña había desaparecido, fue hasta que una de ellas fue a supervisarlas de camino al baño y se enteró de la ausencia.

Cuando la imagen de la chica llega a su campo de visión con esa vestimenta y la niña en brazos, las monjas fruncen el ceño, observándola con desprecio y reproche al pensar que ella se había llevado a la pequeña. La madre superiora suspira de alivio y ordena a las monjas llevarse la niña para así poder hablar a solas con la mujer. El cuerpo de Katherine se estremece mientras abraza con fuerza a su hija y besa su cabello antes de depositarla en los brazos de una de las monjas de tez morena.

— ¿Qué ocurrió? —pregunta la anciana arqueando una ceja mientras la observa fijamente.

La chica permanece sentada en la isla de la cocina, intentando recuperar el aliento luego de que había olvidado como se respiraba desde que vio a su hija en la calle a altas horas de la madrugada.

—No vine a cantarle, así que fue a buscarme, me asusté mucho cuando la vi— dice mientras toma el vaso de agua y lo lleva a su boca con dificultad, ya que sus manos aún tiemblan.

—Le ordenaré al guardia estar más pendiente, así ella no ira a molestar— informa la anciana mientras se posa frente a ella del otro lado del mesón y la observa fijamente.

Katherine mantiene su mirada puesta en el vaso alojado en sus manos temblorosas que reposan sobre el mesón. De pronto un sollozo traicionero se escapa de sus labios mientras cierra los ojos con fuerza tratando de detener las lágrimas que se desbordan de sus ojos.

—Ella no es una molestia, es mi bebé—dice entre llanto, siente que su corazón se rompe con cada palabra que sale de su boca.

—Lo siento, no quise decirlo así— se disculpa—. Bueno de hoy en adelante cuidaremos que no se escape.

La chica asiente con la cabeza por miedo a que su voz se quiebre si responde con palabras, el dolor en su pecho se intensifica a medida que piensa cuál es su situación actual. Se siente terrible, se siente la peor de las mamás y es porque sabe que lo es. Las otras mamás no tienen que dejar a sus hijas en un orfanato, y peor aún trabajar en las calles de noche.

— ¿Ya comiste algo? —pregunta la anciana observando con pesar a la chica frente a ella.

Realmente la chica se ve terrible, tiene unas ojeras muy marcadas y parece haber bajado mucho de peso. Su cabello rubio se ve tan reseco y sin brillo, sus manos tan delgadas y frágiles, pareciera que en cualquier momento sufriría un colapso total.

—No tengo hambre— asegura haciendo un gesto, con la intención de ponerse de pie.

Pero justamente en ese momento, el estómago de la chica decide desmentirla y comienza a rugir con mucha intensidad. Claro que si tiene hambre, no ha comido nada en todo el día.

—Te prepararé un emparedado— anuncia la madre superiora mientras se voltea hacia la alacena y saca el pan junto a los otros ingredientes.

La chica permanece con la mirada baja, mientras continúa sujetando el vaso de cristal medio vacío, gira su cabeza en dirección al umbral que da hacia salida, su corazón se acelera mientras trata de reprimir su deseo de dirigirse a las habitaciones de las niñas, tomar a la suya e irse de ese lugar, irse de esa ciudad, irse muy lejos a un lugar en el que solo sean ellas dos.

—Tengo miedo— susurra al mismo tiempo que las lágrimas comienzan a correr por sus mejillas y su cuerpo a temblar.

La madre superiora deja lo que está haciendo y se voltea para observarla, frunce el ceño al notar lo alterada que muestra la chica, algo la atormenta y cree saber que es, pero necesita que ella se lo diga, tiene que decirlo y buscar ayuda. ¡Ah, pero que testaruda! Ella cree que puede hacerlo todo sola, y la verdad es que hasta la persona más fuerte tiene su punto de quiebre.

— ¿Quieres hablarlo?

—Temo no ser capaz de cuidarla, hay personas muy malas en mi mundo y lo último que quiero es que algo malo le pase— no puede contenerse y rompe en llanto desconsoladamente, mientras cubre su boca con su mano para acallar sus alaridos de dolor.

La madre superiora se conmueve mucho, no es la primera vez que trata con este tipo de madre y sabe lo duro que es para ellas desprenderse de un ser tan amado, ninguna madre podrá dejar atrás a sus hijos, jamás.

— ¿Y qué harás? —cuestiona con voz suave mientras avanza hacia ella rodeando el mesón, y la envuelve en un abrazo consolador que ella le corresponde sin pensarlo dos veces.

—No quiero hacerlo, no quiero renunciar a ella— solloza, mientras habla con mucha sinceridad.

La madre superiora sonríe con tristeza, dando por sentada su teoría. Katherine es una buena madre, o por lo menos eso intenta ser. Acaricia con ternura el cabello rubio de la mujer, antes de apartarse lentamente, dándole el tiempo para tranquilizarse antes de entregarle el emparedado.

— Come—ordena con voz suave mientras coloca el plato frente a ella.

Katherine observa el emparedado de jamón por cuestión de segundos, siente como su estómago ruge y su boca se hace agua por el deseo de saborearlo. Lo toma del plato con mucha vergüenza. Eso es de los niños del orfanato, no debería aceptarlo.

La madre superiora asiente con la cabeza, indicándole que está bien, ella tuerce un poco la boca mientras dirige el emparedado hacia su boca y sin pensarlo tanto, le da una pequeña mordida. El delicioso sabor del pan, con el jamón, el queso y la lechuga combinado inunda su paladar. Comienza a degustar el bocadillo, disfrutando cada mordida. ¿Cuándo fue la última vez que comió algo tan simple y tan delicioso como un emparedado? Ya ni lo recuerda. Y aunque es consciente de que muestra demasiada necesidad, más que la que quería mostrar, no es algo puede evitar.

La madre superiora la observa todo el tiempo, cada acción o gesto que la chica hace, nota como su cuerpo tiembla con pequeños espasmos, como sus ojos luchan por permanecer abiertos, ella está hambrienta y agotada, no hace falta ser un genio o un psicólogo, —la cual es la profesión de la anciana— para darse cuenta de ello. ¿Cómo puede una niña de veintiuno tener que pasar por esto?, ¿dónde están sus padres?

Cuando Katherine se enteró de que estaba embarazada, apenas estaba a punto de cumplir sus quince años. Sus padres, unos católicos devotos jamás permitirían que ella tuviera a ese bebe sin estar casada, y para su mala suerte, su novio se hizo el desentendido ya que no podía poner en riesgo su futuro. Sabía lo que esto significaba, sabía que sus padres harían que ella abortara, por lo que huyó de casa dejando su pasado y su comodidad atrás, todo porque se enamoró de ese bebé que crecía en su vientre, se enamoró de la idea de que hubiera una personita en el mundo que dependiera totalmente de ella y que la amara más a que a nada en el mundo. Lastimosamente ese amor que sentía no fue suficiente como para poder cuidarla, y justo en ese momento en el que terminaba de comer ese emparedado lo supo, su hija merece más que eso, más que a una madre que no puede darle todo lo que necesita, empezando por un buen hogar.

—Dígale que lo siento, y que la amo—pide mientras se pone de pie, las lágrimas corren por sus mejillas y rápidamente cubre su boca con ambas manos para acallar sus sollozos.

— ¿Qué dices? —cuestiona la monja confundida, sin poder creer lo que acaba de escuchar.

— Ya no puedo verla, mi vida es un caos y es muy peligrosa —su llanto se intensifica tanto, y el hecho de que trate de contenerlo duele, duele en gran manera. Siente que su pecho arde—. Mañana le enviaré los papeles, incluyendo su certificado de nacimiento... prométame que le buscará un buen hogar, por favor— suplica tomando las manos de la anciana entre las suyas y presionándolas con fuerza.

—Te lo prometo Katherine— responde la madre superiora en un suspiro luego de soltar uno profundo.

La chica intenta limpiar sus lágrimas, tallando su rostro con sus manos, aunque lo único que consigue es que su maquillaje se corra. Avanza a paso lento hacia la salida, al cruzar el umbral, su corazón se encoge en su pecho y sin poder contenerse, rompe en llanto nuevamente. Su corazón le pide que lo haga, le pide que suba a la segunda planta y busque a su hija, que la saque de ahí; pero su mente sabe que no es lo correcto, lo correcto es dejarla ir.

—Es tu decisión Katherine—se escucha la suave voz de la anciana, quien la observa desde el umbral.

La joven dirige su mirada cristalina hacia ella, trata de esbozar una pequeña sonrisa, pero esta no pasa de ser una mueca triste. Inclina la cabeza en señal de saludo o más bien despedida y luego se apresura a avanzar hacia la puerta para posteriormente salir del lugar sin siquiera mirar atrás.


La pequeña Katy espera con ansias a su madre, no ha querido hacer nada, bueno la verdad nunca le ha gustado jugar con los otros niños, ni con los juguetes del orfanato, solo quiere a su muñeca y nada más. Las luces se apagan y todos los niños ya se duermen. Observa el reloj y de nuevo marca ese número que representa que su madre ya no llegó. Se levanta de la cama y rápidamente se coloca sus zapatillas junto a un abrigo color rosa, parece que la temporada de frio al fin ha llegado. Baja nuevamente las estrechas gradas de madera, evitando hacer ruido. Al llegar a la plata baja, corre hacia la puerta en silencio, con la esperanza de que estas estén abiertas, pero no lo están.

— ¿Vas a algún lado, cariño?

La niña se sobresalta asustada al escuchar la voz de la madre superiora, quien se encuentra sentada en una silla. Katy abraza su muñeca con fuerza, pegándola a su pecho y niega con la cabeza.

—No puedes salir a estas horas, es muy peligroso estar en las calles— advierte la anciana con ternura mientras se acerca y toma su pequeña mano para dirigirla nuevamente hacia las gradas.

—Pero mi Mami dijo que vendría siempre a cantarme— comenta haciendo un puchero mientras se recuesta nuevamente en la cama y la anciana la cubre con una manta.

—Tu mami debe estar ocupada, pero tú no tienes que salir de noche porque es peligroso. ¿Entiendes?— cuestiona mientras coloca la muñeca a un costado de la niña.

—Sí —responde esbozando una inocente sonrisa.

La madre superiora sonríe satisfecha antes de salir de la habitación confiada en la palabra de la niña. Mientras se dirige hacia la suya, piensa nuevamente en Katherine, pobre chica, aún no sabe cómo decirle la verdad a la pequeña, pero de igual manera aún tiene que esperar a que Katherine le entregue los papeles para que al fin la niña pueda entrar al programa de adopción. Espera poder conseguirle una buena familia.

En cuanto ya no escucha señal de movimiento, la niña se pone de pie y vuelve a vestirse. Toma su muñeca y abre la ventana, el aire frío rosa sus mejillas y sus dientes comienzan a castañear. Sale por la ventana y baja las escaleras como el primer día, el guardia duerme nuevamente y es su oportunidad de escapar. Esta vez ya sabe dónde está su mami así que abraza su muñeca aferrándola a ella con fuerza y emprende su camino, ansiosa por llegar.


— ¡Mami! —grita con euforia una vez que divisa a su madre en el mismo lugar que el día anterior.

Al verla, Kath siente que su sangre se congela y su rostro pierde todo rastro de color.

—Oh no, mi amor— dice la mujer alterada mientras sale de la fila en la que se encuentra para correr en dirección a su hija—. Tesoro ¿por qué?, no puedes estar aquí— dice mientras la carga con sus brazos temblorosos y la pega a su cuerpo con fuerza intentando darle de su calor, ya que la niña está fría.

— ¿Kath?

Escucha una voz a sus espaldas y su piel se eriza al reconocer la voz de Trey.

— ¿Sí? —Contesta temblando mientras deposita a la niña en el suelo nuevamente, y se voltea.

Su pulso se acelera cuando nota a tres hombres frente a ella, sin contar a Trey.

— ¡Vaya!, una niña— dice uno de los hombres esbozando una sonrisa maliciosa.

Kath rápidamente se coloca frente a la niña de manera protectora. Su corazón late tan fuerte que tema que pueda perforar su pecho una vez que sus ojos azules se topen con los ojos color gris del hombre que frunce el ceño al ver su acción.

—Kath, te dije que no podías tener a una niña aquí— la reprende Trey apretando los puños con mucho enojo.

—Trey de verdad lo siento, ella se escapó para venir, yo no la...

Trey no la deja terminar de hablar, avanza hacia ella y le propina una fuerte bofetada en el rostro que hace que la chica gima de dolor. La niña se espanta en gran manera ante la escena y comienza a llorar, no quiere que ese hombre malo golpee a su mami, quiere protegerla. En un descuido por parte de la mayor, la niña sale de su supuesto escondite y se aferra a las piernas de su madre, llorando con más intensidad. Quiere irse de ahí.

—Llévatela de aquí— gruñe apretando los puños con fuerza, aunque sus ojos demuestran otra cosa, lo cual Kath logra comprender, muestran miedo.

—Trey amigo, déjala tranquila —interfiere el hombre con indiferencia, antes de ponerse a cuclillas frente a la niña—. ¿Cómo estás, tesoro? —se dirige a la niña esbozando una pequeña sonrisa. Pero la ella no responde. —. Eres igual de guapa que tu mami—continúa hablando mientras sujeta la mano de la pequeña.

—Señor, por favor, se lo suplico— susurra Kath asustada mientras posa ambas manos sobre los hombros de la niña.

—Tranquila Kath, seré bueno con ella, así como lo soy contigo— responde de manera burlesca mientras sonríe de lado, levantando la mirada hacia ella—.  ¿O no fui bueno contigo la última vez?

Los ojos de la chica se amplían de manera exagerada y un escalofrió recorre su cuerpo, lo está haciendo, intenta intimidarla y lo está logrando. Ella sabe del verdadero infierno que se vive al ser contratada por ese hombre, o como ellas lo llaman "El hombre de traje", el ser más violento que puede existir en ese bajo mundo, pero por alguna razón, ese día no pasó de provocarle a ella algunos moretones, a diferencia de otras chicas que terminaban hospitalizadas.

—JD, dame un dulce— le ordena a uno de los hombres caucásicos vestido de negro, junto a él, y el susodicho se lo pasa rápidamente—. Ten, cariño, no tengas miedo—dice con suavidad mientras le ofrece el dulce a la niña, quien lo toma y sonríe agradecida.

Kath dirige su mirada hacia Trey, intentando encontrar en él alguna intención de detener lo que está ocurriendo, pero éste solamente la observa con preocupación.

— ¿Quieres ir a dar un Paseo?— cuestiona el hombre mientras cierra su mano alrededor de la de la pequeña—. Tengo una enorme piscina, y un cachorro.

— ¿Mami puede venir?—inquiere sonriendo y él asiente como respuesta. — ¡Sí! —grita emocionada mientras el hombre se pone de pie y tira con suavidad de su mano para indicarle que debe caminar junto a él.

Kath prensa con fuerza sus manos sobre los hombros de la niña para no permitir que avance junto a él, aunque el miedo invade su sistema cuando éste le dedica una mirada de advertencia para posteriormente tirar con más fuerza de la mano de la niña para zafarla de su agarre. El miedo porque la niña se asuste la invade, y peor aún el miedo a que él se enoje y reaccione de manera violenta contra a su pequeña.

—Trey, por favor, tienes que ayudarme —dice en tono de súplica mientras se posa a su lado para susurrarle.

—Yo te lo advertí... —responde con un tono de voz neutral y el cuerpo de la chica se estremece.

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