Capítulo 5 Capítulo 5

La niña corre por las calles que llevan al orfanato, está exhausta y siente que casi no puede respirar, tiene que obedecer el mandato sin razón de su madre. Corre y corre hasta que ya no puede más. Se sienta sobre el asfalto mientras respira entrecortadamente, su cuerpo está cubierto de sudor y su cabello molesto se pega en su frente, siente su cuerpo pesado y de pronto el frio la abraza. Lo único que desea es poder recostarse en su cama y abrazar su muñeca mientras espera a su madre. Pero entonces recuerda que olvidó su muñeca, y ya no siente la fuerza como para poder regresar. Ojalá su mami se la regrese al volver.

— ¡Oigan!, ¡veo algo allí!

Comienza a escuchar voces cerca, reconoce claramente la voz de una de las monjas, Sor Mary. Los pasos continúan acercándose, la niña lucha con sus pocas fuerzas para poder ponerse de pie, le prometió a la madre superiora no salir, sabe que la mujer estará muy molesta con ella. Ya de pie, flexiona sus pequeñas rodillas posando sus manos sobre estas para intentar sostenerse, el frio en su cuerpo aumenta y sus dientes comienzan a castañear.

— ¡Katy!, bendito sea Dios— escucha la voz de la madre superiora y levanta la mirada para observar a la mujer frente a ella—. ¡Me prometiste que no saldrías!— reprocha la mujer muy alterada.

La niña la observa directamente con arrepentimiento a los ojos, mientras continúa dando bocanadas en un intento de calmar su respiración entrecortada. Su cuerpo entero tiembla de frio, se abraza a sí misma intentando darse calor, su vista se torna borrosa y siente que todo a su alrededor comienza a dar vueltas, la voz de la mujer comienza a tornarse amortiguada y distante, impidiendo que pueda comprender lo que ella le dice. La madre superiora nota la reacción de la niña, con suma preocupación da un paso hacia ella extendiendo sus brazos justo en el momento en el que la niña se desvanece por completo.

— ¡Madre superiora!, ¡madre superiora!

Los incesantes gritos del guardia de seguridad llegan a los oídos de la mujer, el hombre se muestra muy exhausto, las palabras de su boca salen entrecortadas y su rostro se encuentra pálido. La mujer sabe que algo anda mal desde que lo divisa a la distancia, observa a la niña, inconsciente en sus brazos, y rápidamente se dirige hacia una de las monjas cercana a ella.

—Sor Mary, lleve a la niña adentro— ordena entregando la niña en brazos de la monja, quien no escatima en darse prisa y llevarla en dirección al orfanato para atenderla.

— ¡Madre superiora! — repite el hombre jadeando, se detiene y flexiona sus rodillas, mientras trata de recuperar el aliento.

— ¿Qué ocurrió Marcel? — pregunta la mujer angustiada.

—Hay una... mujer, una mujer asesinada, es la mujer que siempre se escabullía aquí para ver a su hija.

El corazón de la madre superiora da un brinco al escucharlo, sus ojos se amplían de manera exagerada mientras guía una de sus manos temblorosas hacia su pecho intentado calmar los fuertes latidos de su corazón. La noticia le afecta más de lo esperado, sus ojos se cristalizan mientras niega repetidas veces con la cabeza.

— ¿E-Estas seguro de que era ella? — pregunta con angustia mientras sus manos se cierran en puños con impotencia.

—No pude acercarme al cadáver, la policía estaba en camino y no quería que me involucraran, pero la vi, su cabello rubio y además encontré esto cerca de allí, se lo he visto a la niña siempre— dice extendiendo la muñeca en sus manos.

—G-Gracias Marcel. Responde la mujer mientras trata de contener sus emociones y no lucir afectada.

Toma la muñeca entre sus manos temblorosas y se voltea para dirigirse nuevamente hacia el edificio. Al ingresar, sube lentamente las escaleras, tan lento como su viejo cuerpo la obliga a hacerlo, hasta que llega a la habitación en donde se encuentra la niña. Entra con cuidado de no hacer ruido alguno y se sienta en el borde de la cama, observando a la niña profundamente dormida. No puede evitar sentir pena por ella, tan pequeña y perder a su mamá en esa situación, no se lo desearía a nadie. Con cuidado de no despertarla, coloca la muñeca debajo de su brazo mientras acariciaba su cabello.

Las lágrimas se desbordan de sus ojos mientras solloza casi inaudiblemente. Ella se lo dijo, Katherine, debió haberse alejado de ese mundo. Pero la pobre chica de verdad deseaba conseguir dinero para llevarse a su hija a vivir con ella. ¿Quién podría juzgarla? Nadie comprende lo que es el amor de madre, más que una madre. Dios les otorgó a las madres un don: la fuerza de voluntad, con la que no se dan por vencidas. Las madres hacen lo que sea por sus hijos, aunque eso les cueste la vida.

Tras retirarse de la habitación de los niños, la madre superiora se dirige hacia su oficina. Tiene mucho en qué pensar, incluyendo en cómo hacer para recuperar el certificado de Katy del lugar en el que Kath vivía, se suponía que la chica los llevaría. No tienen ningún solo documento, Kath se negaba a entregarlos por miedo a que decidieran dar a su hija en adopción, no hay segundo nombre ni apellido, ir al registro de las personas tampoco sería una opción, no hay segundo nombre ni apellido de la madre… La niña será, solo Katy.

— ¿Madre superiora, es verdad lo de esa mujer?

Sin tocar la puerta, ni pedir permiso para pasar, un grupo de monjas guiadas por sor Edith ingresan a la oficina, entre murmullos y quejas, el grupo ya había conseguido información gracias a Marcel, pero, aun así, tenían que discutir el tema.

—Me temo que sí— responde la mujer con expresión triste en su rostro, sintiendo un gran pesar por la chica.

—Pff, se los dije, sabía que algo así pasaría, esa mujer era una cualquiera— comenta sor Edith volviéndose hacia el resto de monjas tras ella—. Sabía que Dios la castigaría.

— ¡No aceptaré ningún comentario cruel e inhumano sobre esa pobre alma de Dios, que lo único que quería era proteger a su hija!

La madre superiora frunce el ceño con molestia, mientras la observa con advertencia. Odia escuchar los comentarios tan hirientes hacia una pobre chica que yace muerta en la calle, deberían por lo menos respetar su memoria y rezar por el alma de la pobre Kath en lugar de jactarse de saber algo que solo Dios sabía que ocurriría.

Las monjas la observan con sorpresa e indignación, ¿Cómo puede decir un alma de Dios por una prostituta?

—P-Pero madre superiora, era una... Una Prostituta, era una pecadora ¿cómo puede llamarla alma de Dios?

— ¿Acaso ustedes son mejores que ella ante los ojos de Dios?, Recuerden la historia de Jesús y la prostituta, y la que esté libre de pecado de ustedes, que arroje la primera piedra— las desafía cruzándose de brazos y examinando la reacción de cada una de ellas.

—Es una estupidez que nos compare con una puta— señala sor Edith alterada.

—No quiero escuchar ni una palabra de eso en este lugar. ¿Qué clase de seres humanos son?, Vienen y rezan a todas horas, pero se comportan como zopilotes esperando a que la persona caiga para comérsela viva.

Las monjas quedan en completo silencio, observan lo alterada que la anciana se encuentra, nunca la habían visto así. La madre superiora respira profundo recuperando el alimento mientras se deja caer en su silla de escritorio, su único consuelo es que falta poco para que se jubile, pero le aterra dejar a los niños con estas mujeres.

—No quiero que nadie haga comentarios sobre la mamá de Katy en este orfanato. Seré yo quien se lo diga, pero a su debido tiempo. Por ahora la niña está muy pequeña para sobrellevar ese dolor—pide lo más tranquila posible.

— Pero... Madre superiora— sor Ángel trata de hablar, pero ella la interrumpe.

—Solo eso les pido.

Las monjas se observan entré sí antes de asentir dándose por vencidas. Consideran esto una muy mala idea, la niña debería saber lo más pronto posible lo que ha ocurrido. Para ellas, esto hará que la herida sane más pronto, pero pareciera que la anciana estuviera lidiando con su propio dolor, intentando protegerse a ella misma.

—Todo ocurriría a su debido tiempo.

24 de febrero del 2007

—Katy, ¿estás bien, cariño?— cuestiona la anciana ingresando en la habitación donde se encuentra la niña.

—No lo entiendo, mi mami ya debería haber llegado, me prometió venir a buscarme para que vivamos juntas, ¡ella lo prometió!, ¿es que ya no me quiere?— dice la niña mientras llora desconsoladamente.

La madre superiora suelta un suspiró agotado, sintiendo mucho remordimiento al ver a la niña tan triste y afligida. Ninguna niña de siete años debería vivir así. Ya ha pasado un año desde la muerte de Katherine, convencer a la niña de que todo está bien es cada vez más difícil, ella sabe que la niña comienza a presentir que su madre no volverá, y eso la hace sentir tan impotente ante una niña que siempre está enojada. Y la actitud del resto de los niños hacia ella no ayuda.

—Cariño, no tienes que atormentarte de esa forma, sabes que a ella no le gustaría verte triste.

La mujer se muestra tranquila, mientras avanza hacia la cama para posteriormente sentarse en el borde de la misma, observa a la pequeña y esboza una tierna sonrisa, aunque por dentro la consume una terrible culpa por no poder decir la verdad. Se inclina hacia la niña y tiernamente limpia sus lágrimas con su dedo pulgar.

—Mi mami prometió que me buscaría, dijo que vendría a cantarme y no regresó— dice la niña entre sollozos, su rostro se torna rojo por el esfuerzo que hace por no romper en llanto, aunque le es inútil.

Ningún niño debería pasar por eso, ella debería saber de la pérdida, aunque eso signifique que tenga que perder el brillo y la alegría que tanto la caracteriza para limitarse a ser una niña triste como los niños que llegan al orfanato luego de la muerte repentina de sus padres. No quiere eso, es una niña de siete años.

— Algo tuvo que haberla retrasado tesoro —le susurra acariciando su mejilla con ternura.

— ¿Usted cree que vuelva? —pregunta mirándola a los ojos con una chispa de esperanza.

—Sé que volverá.

Siente un gran alivio al ver el brillo en los ojos de la pequeña, quien se lanza sobre ella abrazándola con fuerza, no sabe porqué, pero siente una gran responsabilidad con esa niña, no ha tenido el valor de darla en adopción ni de separarse de ella.

Siente que se lo debe a Kath.


— Madre superiora, tenemos que hablar —sor Edith aborda a la mujer cuando sale de la habitación al ver que Katy se ha quedado profundamente dormida.

—Ahora no sor Edith—responde sin ánimos mientras camina a paso lento hacia las escaleras para ir a la planta baja.

—No comprendo porqué tanto interés en esa niña, ¡no le da ese trato especial a ningún otro niño de este orfanato!

—Sor Edith, ¡ya basta! —grita la mujer frustrada—. Ya no estoy en edad para tener que lidiar con estas cosas.

—No es correcto, esa niña está cada vez más malcriada, por eso ningún padre la ha querido adoptar.

—El comportamiento de la niña no ha tenido nada que ver, ¡yo no la he querido dar en adopción! —confiesa.

Sor Edith abre los ojos de manera exagerada, sorprendida ante las palabras que declara la mujer. Esto no tiene sentido para ella, ¿Por qué retener a una niña en el orfanato? Si la razón principal de estar en él es para ser adoptados.

—Es por lo de su madre ¿No? —pregunta con indignación.

La anciana alza las cejas ante la cuestión, frunce el entrecejo y decide ignorarla para avanzar hacia el inicio de las gradas.

—Tiene prohibido hablar sobre eso. No quiero escucharla más.

—Madre superiora, la madre de esa niña está muerta, jamás volverá y todo esto no sería necesario si usted no hubiese prohibido desde hace un año que se le dijera la verdad— le encara con mucho enojo.

—La niña está bajo mi responsabilidad.

—No es así, madre superiora, nuestra responsabilidad es buscarles un hogar.

— No entiendo porqué tanto rencor hacia una pobre niña, ¿será porque su historia no fue igual a la de ella? —pregunta frunciendo el ceño en dirección a la mujer, quien se tensa por completo al escucharla.

Ella no diría que es rencor, solo piensa que todos los niños del orfanato deberían ser tratados de igual manera, ella no tuvo un trato especial cuando vivió en un orfanato durante toda su niñez, ella no tuvo una madre que rompiera las reglas con tal de verla y cantarle por las noches, es más, ni siquiera conoció a sus padres. Pero eso no la derrumbó, ella salió adelante y cree que así debería de ser Katy también, superar el abandono y fortalecerse.

—No tengo ningún rencor hacia la niña, madre superiora— dice sin fijar su mirada en la mujer, la falsedad detrás de sus palabras es muy notoria.

— Bien, no se vuelva a tocar el tema— ordena bajando las gradas y dejando sola a sor Edith.

Una vez que la anciana se marcha, sor Edith suelta un grito de frustración mientras aprieta sus manos en puños. Es un verdadero fastidio para ella el no poder intervenir, esa mujer no merece el cargo de “Madre Superiora”, su capacidad para llevar las riendas del lugar es muy limitada.

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