Capítulo 1 Capítulo 1
El dolor no empezó como un dolor físico; empezó como un aviso siniestro en la parte baja de la espalda, una presión sorda que poco a poco se transformó en una tenaza de hierro ardiendo.
Elena apretó los dientes hasta sentir que los molares le crujían. El colchón raído sobre el que yacía olía a humedad y a abandono. Estaba en una choza olvidada en los límites de la ciudad, un lugar que su padre había elegido a propósito para que nadie escuchara lo que allí iba a suceder. Apenas tenía diecinueve años, pero esa noche sentía que sobre sus hombros caía el peso de un siglo de desgracias.
—¡Abre las piernas y deja de quejarte, niña! —gruñó la partera clandestina, una mujer de manos toscas y aliento a aguardiente a la que su padre le había pagado con unas cuantas monedas.
Elena lanzó la cabeza hacia atrás. Las paredes de madera carcomida pañadas por la humedad simulaban sombras monstruosas bajo la luz parpadeante de un foco amarillo. Con cada contracción, sentía que su cuerpo se desgarraba en dos. Sudor frío le pegaba los largos mechones de cabello oscuro a la frente y al cuello, mientras el pulso le retumbaba en los oídos como un tambor de guerra.
En medio del tormento, la mente de Elena traicionó su dolor trayéndole el único recuerdo que la mantenía con vida: el aroma a pino silvestre, a tierra mojada y a tormenta imminente. El aroma de él. El Alfa.
Recordó la noche de la fiesta clandestina de la manada, la forma en que esos ojos dorados la habían fijado entre la multitud y la intensidad brutal con la que la había tomado en la penumbra de aquel balcón. Para el poderoso líder, Elena había sido solo una tentación pasajera, una joven humilde cuya existencia olvidó al salir el sol. Pero para Elena, esa noche lo había cambiado todo. De esa entrega desmedida había nacido la semilla que ahora luchaba violentamente por salir al mundo.
—¡Ahí viene! ¡Veo la cabeza! —exclamó la anciana, presionándole el vientre con una brusquedad que le sacó un alarido desgarrador a Elena.
—¡aaaaah! —el grito de Elena rasgó la noche, un sonido puro de agonía que pareció detener el tiempo.
Apretó las sábanas sucias con las manos temblorosas, reuniendo hasta el último aliento de vida que le quedaba en los pulmones. Hizo un esfuerzo sobrehumano, sintiendo un ardor insoportable que quemaba sus entrañas, hasta que, de pronto, una sensación de vacío inmenso la invadió.
El dolor cesó de golpe. Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación durante un segundo que pareció una eternidad. Y entonces, rompiendo la penumbra... un llanto.
Un llanto agudo, fuerte, lleno de una vitalidad salvaje.
Un torrente de lágrimas cálidas brotó de los ojos de Elena. Todo el sufrimiento, el miedo y la humillación de los meses pasados se disolvieron en un segundo.
—Dámelo... por favor... déjame verlo —suplicó Elena con la voz completamente quebrada, extendiendo los brazos agotados.
La partera, con gesto seco, cortó el cordón, envolvió al recién nacido en una manta raída y lo depositó sobre el pecho desnudo de su madre.
En cuanto el pequeño sintió el calor y el latido del corazón de Elena, su llanto cesó de inmediato. Elena ahogó un sollozo. Pegó su rostro al diminuto cuerpo, respirando el aroma dulce y puro de su bebé. Era lo más hermoso que jamás había visto. El niño tenía una piel suave, cejas tupidas y, cuando abrió lentamente los ojitos, Elena sintió que el corazón se le salía del pecho: en sus pupilas brillaba un destello dorado indudable. La marca de la sangre del Alfa.
—Mi amor... mi vida —murmuró Elena, besando la coronilla del bebé mientras sus lágrimas le mojaban las mejillitas—. Eres tan fuerte... Nadie nos va a separar jamás, te lo prometo. Te vas a llamar Alexander. Serás mi pequeño rey.
Alexander soltó un pequeño suspiro, acomodando su carita contra el cuello de Elena. Fueron apenas diez segundos. Diez segundos de una felicidad pura, absoluta e indestructible.
Hasta que la puerta de la choza se abrió de un golpe seco.
Ernesto, su padre, entró en la habitación. Tenía la mirada extraviada, la cara demacrada por los vicios y una sonrisa nerviosa que le heló la sangre a Elena. Detrás de él, en el umbral, se recortaban las siluetas de dos hombres de traje oscuro, con porte militar y rostros fríos como el hielo.
—Llegó la hora. Entrégalo —dijo Ernesto, acercándose a la cama con pasos rápidos.
—¿De qué hablas, papá? ¿Quiénes son ellos? —preguntó Elena, sintiendo una alarma instintiva que la hizo abrazar a Alexander con todas sus fuerzas.
—No hagas esto más difícil, Elena. Ese bastardo solo nos iba a traer hambre y vergüenza. Además, ya está hecho —respondió él sin mirarla a los ojos.
Sin la menor piedad, Ernesto metió las manos bruscas y le arrebató al bebé.
—¡NO! ¡PAPÁ, NO! ¡¿QUÉ HACES?! —gritó Elena intentando levantarse, pero su cuerpo devastado por el parto no respondió. Cayó de rodillas sobre la cama, sintiendo un mareo feroz y un hilo de sangre caliente correr por sus piernas.
—¡Cállate! —le ordenó Ernesto.
El bebé, asustado por los tirones y los gritos, rompió a llorar desconsoladamente. Elena vio con horror cómo su padre caminaba hacia la puerta y le entregaba al pequeño Alexander envoltorio a uno de los hombres de traje. A cambio, el otro hombre le tendió un maletín de cuero negro. Ernesto lo abrió con manos temblorosas, contemplando los fajos apretados de billetes de cien dólares. Era una auténtica fortuna.
—¡DEVUÉLVEMELO! ¡ES MI HIJO! ¡MALDITO SEAS, ES MI HIJO! —alucinada por la desesperación, Elena se arrastró fuera de la cama, cayendo pesadamente al suelo de madera. Se arrastró con los codos, estirando la mano hacia la puerta mientras veía cómo se llevaban a su bebé hacia un auto de lujo estacionado en la oscuridad.
El llanto de Alexander se perdía a lo lejos, apagándose con el rugido del motor.
Ernesto guardó el maletín, regresó a la habitación y cerró la puerta. La partera ya se había esfumado. Miró a su hija tirada en el suelo, ensangrentada, llorando y arañando las tablas de madera.
Se agachó, la tomó del cabello con rudeza y le levantó la cara para obligarla a mirarlo.
—Escúchame bien, desgraciada —le siseó al oído con voz de veneno—. Te vas a grabar esto en la cabeza si no quieres que te mueras tú también. Tu bebé nació muerto. ¿Entendiste? Venía ahogado con el cordón umbilical. Nació sin vida.
—¡Mentira! ¡Yo lo tuve en mis brazos! ¡Lo vi sonreír, lo vi abrir los ojos! ¡Se lo vendiste a esos hombres! —chilló Elena con las pocas fuerzas que le quedaban en el alma.
—¡NACIÓ MUERTO! —le cruzó la cara con una bofetada brutal que le dejó el sabor a metal en la boca—. Si el Alfa se entera, si la manada sospecha o si alguien pregunta, el niño no sobrevivió. Si abres la boca, te juro por Dios que te mato con mis propias manos. Olvídate de que tuviste un hijo. Ese mocoso no existe.
La mente de Elena no pudo soportar más. La hemorragia del parto, el dolor del golpe y, sobre todo, la devastación inhumana de haber perdido a su hijo en sus propios brazos la empujaron a un abismo negro.
—Alexander... mi bebé... —alcanzó a susurrar, mientras las lágrimas le cegaban la vista y el conocimiento se le escapaba.
Lo último que vio antes de caer en la inconsciencia fue la figura de su padre contando los billetes bajo la luz amarillenta, ajeno por completo al llanto fantasma que quedaría grabado para siempre en la memoria de la joven.
