Capítulo 2 Capítulo 2

Cinco años después

El viento frío de la tarde despeinaba el cabello de Elena mientras avanzaba por el camino de piedra rodeado de jardines impecables. Apretó contra su pecho la carpeta con sus cartas de recomendación. Había conseguido la entrevista a través de una agencia de empleo de alto prestigio para un puesto de niñera en la residencia de la familia Sterling. Para ella, solo era una oportunidad más para pagar el alquiler y salir adelante.

Al llegar a las imponentes puertas principales, una mujer de uniforme oscuro y rostro severo la recibió con una inclinación de cabeza.

—Soy la Sra. Marta, la ama de llaves —se presentó mientras la guiaba hacia el interior—. Acompáñame, por favor. El señor Sterling exige ver a todas las candidatas antes de que se acerquen a su hijo.

El interior de la mansión era imponente: techos altos, pisos de mármol y un silencio denso que parecía envolver cada rincón. La Sra. Marta la guió por un amplio pasillo hasta detenerse ante una puerta doble de madera oscura. Tocó suavemente.

—Adelante —resonó una voz grave y profunda desde el interior.

Elena entró a la habitación manteniendo una postura firme y profesional. Detrás de un escritorio de caoba se encontraba un hombre alto, de espaldas, vistiendo un traje a la medida. Cuando él se giró para enfrentar a la nueva candidata, la agudeza de su mirada dorada llenó el espacio con una presencia autoritaria e imponente.

—Sus recomendaciones son excelentes, Elena —dijo él, examinándola brevemente con frialdad calculada—. Sin embargo, mi hijo ha rechazado a todas las niñeras anteriores. Si él no se siente cómodo con usted en los primeros minutos, la entrevista habrá terminado. ¿Entendido?

—Entendido, señor Sterling —respondió Elena con voz tranquila.

El hombre caminó hacia la puerta que conectaba con una estancia contigua y la abrió.

En una esquina de la amplia sala de juegos, sentado en el suelo, se encontraba un niño de unos cinco años. Vestía con elegancia, tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado y mantenía la mirada fija en sus manos, ignorando por completo la presencia de los adultos.

—Leo —llamó el señor Sterling con tono suave.

El pequeño no respondió al principio. Estaba acostumbrado a ver pasar rostros extraños por esa habitación. Pero tras unos segundos de silencio, levantó lentamente la cabeza.

Cuando sus miradas se cruzaron, una sensación extraña y repentina le oprimió el pecho a Elena. Sin planearlo, se dejó caer de rodillas sobre la alfombra a una distancia prudente, mirándolo con una sonrisa cálida y serena.

El niño se le quedó viendo fijamente. La rigidez de sus hombros comenzó a ceder. Poco a poco, se puso de pie y dio un paso hacia ella, luego otro, hasta quedar a solo unos centímetros. Extendió su pequeña mano y, con timidez, rozó la mejilla de Elena.

Elena sintió un nudo en la garganta al ver la profunda soledad en los ojos del pequeño. Con delicadeza, le sostuvo la mano.

—Hola, Leo —susurró con dulzura.

El pequeño la miró a los ojos y apretó suavemente sus dedos.

—Hueles bonito... —murmuró el niño con voz pausada—. ¿Te vas a quedar?

Elena sonrió, sintiendo que algo dentro de ella se conmovía profundamente.

—Si tú quieres, me quedaré todo el tiempo que me necesites.

El señor Sterling observó la escena en un silencio absoluto. Su rostro, habitualmente impenetrable, reflejó una grieta sutil de asombro. Leo no permitía que nadie tocara su espacio, mucho menos una extraña en sus primeros minutos dentro de la casa. Las niñeras anteriores habían salido entre sollozos y gritos de rabieta, pero ahora el pequeño mantenía su mano pegada a la mejilla de Elena con una paz desarmante.

—Increíble... —murmuró la Sra. Marta desde el umbral de la puerta, llevándose una mano al pecho.

El Alfa dio un paso hacia adelante. Su imponente figura proyectó una sombra sobre la alfombra, pero su voz, al hablar, bajó un tono, perdiendo la dureza cortante de hace unos instantes.

—Parece que has conseguido en tres minutos lo que nadie logró en meses, Elena.

Elena se puso de pie despacio, asegurándose de no romper bruscamente el contacto con el niño. Leo no la soltó; en lugar de eso, se apegó al costado de su vestido, escondiendo medio rostro con timidez.

—Los niños solo necesitan sentir que se les escucha, señor Sterling —respondió Elena, manteniendo una postura humilde pero serena.

Él la observó durante unos segundos eternos. Sus ojos dorados se entrecerraron ligeramente, como si intentara descifrar un enigma. Había algo en la presencia de esa joven, un destello casi imperceptible en su mirar o una extraña familiaridad que amenazaba con activar algún recuerdo distante en su memoria, pero el pensamiento se disipó tan rápido como llegó. Para él, era simplemente una muchacha necesitada de trabajo con un talento inesperado con su hijo.

—El puesto es tuyo —sentenció el Alfa con firmeza—. La Sra. Marta te mostrará tus aposentos. Te instalarás aquí a partir de hoy. Tendrás los fines de semana libres, y tu única prioridad será la seguridad y el bienestar de Leo.

—Muchas gracias, señor. Le aseguro que estará en las mejores manos.

—Eso espero. En esta casa, las fallas no se toleran.

El hombre dio media vuelta y caminó hacia su despacho, dejando tras de sí una atmósfera densa. En cuanto la puerta de roble se cerró, Leo tiró suavemente del vestido de Elena.

—¿Te vas a quedar a dormir aquí? —preguntó el pequeño con los ojos muy abiertos.

Elena se agachó de nuevo a su altura, esbozando una sonrisa sincera que le iluminó el rostro.

—Sí, Leo. A partir de hoy voy a estar aquí para cuidarte, jugar contigo y leerte cuentos antes de dormir.

Un pequeño hoyuelo se dibujó en la mejilla del niño, regalándole la primera sonrisa real que la mansión Sterling presenciaba en años.

Horas más tarde, la noche cayó sobre la enorme propiedad. Un silencio sepulcral envolvía los pasillos iluminados por tenues luces de pared.

Elena terminó de acomodar sus pocas pertenencias en la habitación de servicio asignada, un cuarto sencillo pero impecable en el mismo ala de la suite del pequeño Leo. Se cambió por una bata cómoda y se acercó a la ventana para observar el denso bosque que rodeaba la mansión.

Por alguna razón, el aire en ese lugar pesaba en su pecho. No era miedo, sino un estremecimiento extraño, una opresión en el vientre que no lograba comprender. Se llevó una mano al pecho y suspiró. Pensó en su pasado, en la choza, en la mentira de su padre y en la profunda herida de haber perdido a su recién nacido. Cinco años..., pensó con tristeza. Cinco años intentando llenar un vacío que jamás se cerrará.

Un leve crujido en el pasillo la sacó de sus pensamientos.

Elena abrió la puerta con cuidado. A unos metros, iluminado solo por la luz de la luna que entraba por el gran ventanal del pasillo, el pequeño Leo caminaba descalzo, arrastrando una pequeña manta de felpa.

—¿Leo? —susurró Elena acortando la distancia.

El niño se detuvo y la miró con los ojitos entreabiertos por el sueño.

—Tuve un sueño feo... —murmuró levantando los brazos.

Sin dudarlo un segundo, Elena lo cargó en sus brazos. El niño acomodó instintivamente la cabeza en el hueco del cuello de Elena, respirando hondo. Un calor intenso le recorrió la piel a Elena; la sensación de sostener ese cuerpecito en su pecho envió una descarga eléctrica directo a su corazón. Era una emoción desmedida, un instinto protector tan feroz que la dejó sin aliento por un instante.

—Tranquilo, mi amor, ya estoy aquí —le susurró al oído, acunándolo suavemente mientras caminaba de vuelta a la habitación del niño.

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