Capítulo 3 Capítulo 3

La noche transcurrió en completo silencio. Elena durmió en la pequeña habitación de servicio contigua a la de Leo, atenta a cualquier movimiento. El niño descansó plácidamente durante toda la noche, algo que no ocurría desde hacía meses en esa enorme y fría mansión.

A la mañana siguiente, el sol apenas comenzaba a iluminar los jardines. Elena se levantó temprano, se vistió con su uniforme sencillo y arregló su cabello en una coleta ordenada. Al revisar la habitación de Leo, vio que el pequeño ya se había despertado.

—Buenos días, Leo —saludó Elena con una sonrisa dulce.

El niño la miró desde la orilla de la cama y, por primera vez en mucho tiempo, no hubo llantos ni desconfianza al despertar. Dejó que Elena lo ayudara a vestirse y bajó con ella hacia la planta baja.

En la cocina, la Sra. Marta preparaba el desayuno. Al ver entrar al niño tranquilo y de la mano de Elena, la ama de llaves se llevó las manos a la boca, sorprendida.

—Vaya... Definitivamente tienes un talento natural, Elena —comentó la mujer madura con alivio—. El señor Sterling me indicó que los acompañes a desayunar en el comedor principal. Quiere evaluar cómo se comporta Leo en tu presencia durante las mañanas.

—Está bien, Sra. Marta. Muchas gracias —respondió Elena, dispuesta a cumplir con su trabajo de la forma más profesional posible.

Minutos después, Elena guió a Leo al gran comedor. La mesa estaba impecablemente servida. En la cabecera se encontraba Christopher Sterling, revisando unos documentos en su tableta mientras tomaba café. Su presencia era dominante y distante, enfocado únicamente en sus asuntos. Para él, Elena era simplemente la empleada contratada el día anterior que había logrado que su hijo no hiciera un berrinche.

—Siéntense —ordenó el señor Sterling con voz serena y ejecutiva, sin levantar del todo la mirada de sus papeles.

Elena ayudó a Leo a acomodarse en su silla y ella se sentó a su lado para estar pendiente de que comiera sus alimentos.

Antes de que pudiera servirle el jugo al niño, el sonido firme de unos tacones resonó en el piso de mármol del vestíbulo. Una mujer alta, de cabello rubio perfectamente peinado, vestido oscuro de diseñador y postura rígida entró al comedor.

Era Victoria, la prometida del magnate, que acababa de regresar de un viaje.

—Buenos días, Christopher —dijo la mujer, acercándose a darle un beso superficial en la mejilla al señor Sterling, quien apenas asintió con la cabeza.

Victoria dirigió de inmediato su atención hacia la mesa. Su mirada fría y despectiva recorrió la vestimenta sencilla de Elena de arriba abajo, para luego posarse en Leo, quien instintivamente se encogió en su asiento al verla.

—¿Y esta quién es? —preguntó Victoria con tono cortante y molesto, cruzándose de brazos—. Pensé que habíamos quedado en que yo me encargaría de buscar a una niñera calificada en la capital, Christopher. No entiendo por qué sigues metiendo a cualquiera a la casa.

El ambiente en el comedor se volvió tenso al instante. Elena mantuvo la calma, guardando la compostura frente a los desprecios de la mujer, mientras apoyaba suavemente una mano en la espalda de Leo para darle tranquilidad.

El señor Sterling dejó la tableta sobre la mesa y miró a su prometida con frialdad.

—Las agencias locales no daban resultados, Victoria, y esta joven logró que Leo estuviera tranquilo en diez minutos. Se queda.

Victoria apretó los labios, visiblemente molesta por no haber tenido la última palabra, y fijó sus ojos amenazantes directamente en Elena.

—Espero que sepa cuál es su lugar en esta casa —siseó la mujer con veneno—. Aquí hay reglas muy estrictas, y no tolero la incompetencia.

—Ella es agradable y huele bien, me gusta —dijo el niño, mirando fijamente a la niñera con los ojos muy abiertos y sinceros, totalmente ajeno a la tensión que crepitaba en el ambiente.

Victoria se quedó congelada un segundo, apretando los cubiertos de plata con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Que el niño, que siempre la había ignorado y rechazado con frialdad, le demostrara tanto afecto a una simple empleada en su primer día era una humillación directa para su orgullo.

—Leo, no seas imprudente. Es solo una sirvienta —siseó Victoria, intentando suavizar su tono, aunque el veneno en su mirada dirigida a Elena era inconfundible.

Elena no se dejó intimidar. Se mantuvo erguida, manteniendo una expresión profesional y serena. Con suavidad, acomodó la servilleta en el regazo de Leo y le regaló una sonrisa tibia que el pequeño respondió de inmediato.

—Muchas gracias, Leo. Yo también estoy muy feliz de cuidar de ti —murmuró Elena con dulzura, concentrándose únicamente en el bienestar del niño.

Christopher Sterling observó la interacción sobre el borde de su taza de café. Sus ojos dorados se desviaron de la escena para posarse en Victoria, cuya molestia era casi palpable, y luego en Elena. La postura de la joven era impecable: no bajaba la cabeza por sometimiento, pero tampoco buscaba conflicto. Había una dignidad natural en ella que resultaba difícil de ignorar.

—El tema está resuelto, Victoria —sentenció el señor Sterling con su habitual voz de mando, poniendo fin a la discusión—. Elena se queda a cargo de Leo. Sus horarios, su dieta y sus actividades diarias serán coordinados directamente con la Sra. Marta.

Victoria apretó los dientes, pero sabiendo que no debía presionar más frente al Alfa, esbozó una sonrisa helada y falsa.

—Por supuesto, mi amor. Solo quiero lo mejor para nuestro hogar —respondió la mujer, dando un pequeño sorbo a su té antes de clavar sus ojos de serpiente en Elena—. Espero que estés a la altura del puesto, niña. En esta mansión, los errores se pagan muy caro.

—Dará lo mejor de sí, Sra. Victoria —respondió Elena con voz tranquila y firme—. Si me lo permite, llevaré a Leo al jardín para su paseo matutino.

—Adelante —autorizó Christopher con un asentimiento de cabeza.

Elena le dio la mano al pequeño, quien la tomó sin dudarlo ni un segundo, y juntos caminaron hacia las grandes puertas de cristal que daban al patio trasero.

Mientas se alejaban, Elena sintió la mirada helada de Victoria clavada en su espalda. Sabía que esa mujer se convertiría en un gran obstáculo en su nuevo trabajo, pero al sentir los pequeños dedos de Leo apretando los suyos, una fuerza inexplicable la llenó por dentro. No sabía por qué, pero estaba dispuesta a proteger la tranquilidad de ese niño a cualquier precio.

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