Capítulo 4 Capítulo 4
Las palabras de Victoria quedaron flotando en el aire como una amenaza latente. Elena no bajó la mirada; simplemente asintió con la serenidad de quien conoce su valor y su responsabilidad.
—Tenga por seguro que mi único objetivo aquí es cuidar de Leo, Sra. Victoria —respondió Elena con tono pausado pero firme.
Victoria soltó una risita burlona, dando un pequeño sorbo a su taza de té.
—Eso espero, querida. Porque en esta casa las sirvientas que olvidan su posición duran muy poco.
El señor Sterling dejó caer la cubertería de plata sobre el plato con un golpe seco que hizo callar la mesa al instante. La miró directamente, con esos ojos dorados cargados de una autoridad que no admitía réplica.
—Suficiente, Victoria. La presencia de Elena aquí es mi decisión y cuenta con mi respaldo. Si tienes algún problema con la gestión de la casa, lo discutes conmigo en privado, no frente a mi hijo.
Victoria apretó la mandíbula, pero sabiendo que no le convenía desafiar al Alfa frente al personal, forzó una sonrisa fría y dio por terminada la conversación.
Durante las semanas siguientes, Elena se adaptó rápidamente a la rutina de la residencia Sterling. La mansión era enorme y a menudo solitaria, pero el vínculo con Leo crecía cada día más. El niño, que antes pasaba horas encerrado en su habitación en silencio o teniendo terribles rabietas con las anteriores niñeras, comenzó a sonreír, a jugar en el jardín y a comer con apetito.
Sin embargo, la presencia de Victoria seguía siendo una sombra constante. Cada vez que visitaba la propiedad, buscaba cualquier excusa para criticar el trabajo de Elena: la ropa que elegía para el niño, los horarios de los paseos o incluso la forma en que le hablaba. Elena respondía siempre con profesionalismo, evitando caer en las provocaciones, consciente de que lo más importante era mantener la paz para el pequeño.
Una tarde de lluvia, mientras Leo tomaba su siesta en la planta alta, Elena bajó a la biblioteca principal para devolver un libro de cuentos que le había estado leyendo. La estancia estaba en penumbra, iluminada solo por la tenue luz que entraba por los ventanales y el fuego bajo de la chimenea.
Al dar un paso dentro, se detuvo en seco.
Detrás del escritorio de nogal, Christopher Sterling trabajaba concentrado frente a su computadora, con la camisa arremangada a los antebrazos y la corbata floja. Parecía exhausto, pero la rigidez de sus hombros delataba la carga constante que llevaba sobre sus espaldas.
—Disculpe, señor Sterling... No sabía que estaba ocupado —dijo Elena dando un paso atrás con discreción.
El Alfa levantó la cabeza. Al verla, la dureza de su rostro se suavizó apenas un milímetro.
—Pasa, Elena. Solo estoy revisando unos informes de la manada —respondió, recostándose en su sillón—. ¿Leo sigue durmiendo?
—Sí, señor. Se quedó dormido hace un rato. Vine a dejar este libro.
Elena caminó hacia uno de los estantes laterales para colocar el volumen en su lugar. Sintió la mirada del señor Sterling fija en ella, no de una forma incómoda o invasiva, sino con una curiosidad seria y calculadora.
—La Sra. Marta me comentó que Leo no ha vuelto a tener pesadillas nocturnas desde que llegaste —comentó él, rompiendo el silencio del espacio—. Ninguna niñera había logrado eso en cinco años.
Elena sonrió suavemente sin darse la vuelta del todo.
—Leo solo necesitaba sentirse seguro y saber que alguien está ahí cuando despierta en medio de la noche. Es un niño muy sensible y muy inteligente.
—Es bastante difícil de llevar cuando se lo propone —admitió Christopher con un halo de cansancio en la voz—. A veces siento que no sé cómo comunicarme con él. Desde que... desde que nació, las cosas no han sido sencillas.
Había una nota de vulnerabilidad en las palabras del poderoso líder que tomó a Elena por sorpresa. Se giró a mirarlo y notó la profunda soledad en los ojos del hombre. Por un instante, la barrera entre el gran Alfa y la niñera pareció desvanecerse.
—Él lo admira mucho, señor Sterling —dijo Elena con sinceridad—. Solo necesita pasar más tiempo con su padre, sin horarios ni protocolos.
Christopher la observó en silencio durante un largo momento. La calma que transmitía esa joven era algo que él no experimentaba a menudo en su entorno rodeado de exigencias, política y la frialdad de su compromiso con Victoria. Había algo en su forma de hablar, una dignidad sencilla, que lo atraía de una manera difícil de explicar.
—Tal vez tengas razón —murmuró él, bajando la vista por un segundo antes de volver a fijarla en ella—. Gracias, Elena. Por todo lo que haces por él.
—Es mi trabajo, señor. Con su permiso.
Elena hizo una breve inclinación de cabeza y salió de la biblioteca a pasos tranquilos. Sin embargo, al cruzar el umbral del pasillo, se llevó una mano al pecho para calmar el latido acelerado de su corazón. No entendía por qué la cercanía del señor Sterling le provocaba una agitación tan profunda, pero sabía muy bien que debía mantener la distancia. En esa casa, las fronteras entre su mundo y el de los Sterling estaban marcadas con fuego.
