Capítulo 5 Capítulo 5

Los días siguientes transcurrieron con una calma tensa dentro de la propiedad. Elena continuó dedicada por entero al cuidado de Leo, ganándose no solo la devoción incondicional del niño, sino también el profundo respeto de la Sra. Marta y del resto del personal de servicio.

Sin embargo, el cambio más evidente, aunque sutil, se daba en la actitud de Christopher Sterling.

Siguiendo el consejo que Elena le había dado en la biblioteca, el Alfa comenzó a ajustar sus agendas. Empezó a cenar más seguido en la mansión y a dedicarle al menos media hora cada tarde a su hijo antes de que el pequeño fuera a la cama. Durante esos momentos, Christopher permanecía en la sala de estar observando cómo Elena le enseñaba a Leo a dibujar o a armar rompecabezas, compartiendo breves conversaciones con la niñera que, poco a poco, iban rompiendo el hielo entre ambos.

Para el señor Sterling, la presencia de Elena era como un oasis de serenidad en medio del caos del liderazgo de la manada. Para Elena, era un peligroso terreno donde la calidez de ese hombre distante amenazaba con derribar sus defensas.

La paz duró poco. Una mañana soleada, el sonido estridente de varios autos de lujo anunciando su llegada interrumpió la tranquilidad de los jardines.

Victoria había regresado a la mansión, pero esta vez no venía sola. La acompañaba su madre, la Sra. Helena, una mujer de la alta sociedad de rostro altivo, y una joven vestida con un impecable uniforme de institutriz europea.

Elena, que se encontraba en el porche trasero junto a Leo pintando con acuarelas, escuchó el taconazo decidido que se aproximaba.

—Aquí están —dijo la voz agudizada y despectiva de Victoria.

Elena se puso de pie de inmediato, limpiándose las manos en una toalla de tela y colocándose suavemente frente a Leo.

Victoria se detuvo a pocos metros, cruzada de brazos y con una sonrisa triunfante en el rostro. A su lado, la Sra. Helena examinó el entorno y a Elena con la misma frialdad aristocrática con la que se mira a un insecto.

—Veo que sigues perdiendo el tiempo con entretenimientos de baja categoría —comentó Victoria mirándola de arriba abajo—. Elena, te presento a Brigitte. Es la institutriz profesional que he contratado personalmente desde la capital para que se haga cargo de la educación formal de Leo.

El pequeño Leo, al escuchar las palabras de la mujer, apretó la mano de Elena con fuerza y se escondió detrás de su vestido.

—Sra. Victoria, el señor Sterling no me ha informado de ningún cambio en la rutina de Leo —respondió Elena manteniendo una compostura impecable, con voz firme pero educada.

—El señor Sterling está demasiado ocupado administrando la manada como para perder el tiempo en detalles domésticos —intervino la madre de Victoria con tono tajante—. Victoria será la futura Luna y Sra. de esta casa. Su palabra es ley en lo que respecta a la crianza del niño.

—Recoge tus cosas de la sala de juegos, niña —añadió Victoria, disfrutando cada segundo del momento—. A partir de hoy, Brigitte asumirá el control de las actividades del niño. Tú te limitarás a las tareas mecánicas de limpieza de su ropa o serás reubicada en el área de lavado.

—¡No! —gritó de pronto el pequeño Leo, saliendo de detrás de Elena con los puños apretados y el rostro rojo de coraje—. ¡Yo no quiero a esa señora! ¡Quiero a Elena!

—¡Leo, guarda silencio y compórtate! —lo reprendió Victoria dando un paso al frente con la mano alzada en actitud amenazante.

Instintivamente, Elena dio un paso firme hacia adelante, interponiéndose por completo entre Victoria y el niño, cubriéndolo con su cuerpo.

—No le alce la voz al niño, Sra. Victoria —dijo Elena, y por primera vez, sus ojos mostraron un destello de autoridad e instinto protector tan feroz que hizo que Victoria se detuviera en seco.

—¿Cómo te atreves a dirigirte a mí en ese tono en mi propia casa? —siseó Victoria, fuera de sí por la insolencia.

—¿Qué está pasando aquí?

La voz profunda, retumbante y cargada de una pesada aura de mando de Christopher Sterling resonó desde el pasillo del porche. El Alfa avanzó a pasos agigantados hacia ellos, con el ceño fruncido y una mirada dorada tan helada que hizo que hasta la madre de Victoria diera un paso atrás.

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