Capítulo 6 Capítulo 6
La presencia del Alfa paralizó la escena al instante. El aire en el porche se volvió denso, sofocante, cargado con el peso indiscutible del mando de Christopher Sterling. Sus pasos sobre la madera resonaban como un martilleo constante mientras avanzaba hacia el grupo, fijando sus ojos dorados en la mano alzada de Victoria y en la postura defensiva que Elena mantenía frente al pequeño Leo.
—Repito la pregunta —dijo Christopher con una voz baja, pausada, pero impregnada de una amenaza implícita que erizaba la piel—. ¿Qué está pasando aquí?
La Sra. Helena, acostumbrada al protocolo y al poder de su estatus social, intentó recomponer su compostura y dio un paso al frente con la barbilla en alto, desplegando una sonrisa ensayada.
—Christopher, querido —habló la mujer mayor con tono condescendiente—, solo estábamos poniendo orden. Victoria ha sido sumamente considerada al traer a Brigitte, una institutriz capacitada en las mejores academias de la capital, para que se haga cargo de la educación de tu hijo. Es momento de que este niño deje de ser criado por personal sin preparación.
Christopher no miró a la madre de Victoria. Sus ojos se clavaron directamente en su prometida.
—¿Y eso te da derecho a alzarle la mano a mi hijo o a gritarle en mi propia casa, Victoria?
Victoria palideció por una fracción de segundo, pero rápidamente disfrazó su sobresalto ajustándose el abrigo de piel.
—No le alcé la mano, Christopher, no exageres —mintió con fluidez, lanzándole una mirada venenosa a la niñera—. Simplemente estaba corrigiendo una pataleta. Esta empleada está maleducando a Leo, volviéndolo caprichoso y desafiante hacia mi autoridad. Solo estoy tomando las riendas de lo que pronto será mi hogar.
Elena mantuvo la respiración contenida. Sentía la pequeña mano de Leo apretando la tela de su uniforme con tanta fuerza que las uñitas del niño se clavaban en su pierna. El pequeño temblaba de impotencia y miedo. Elena no bajó la cabeza; miró al Alfa a los ojos, transmitiéndole sin palabras la verdad de lo que acababa de ocurrir.
Christopher bajó la vista hacia su hijo. Vio el terror en los ojos de Leo al mirar a Victoria y la forma en que se refugiaba instintivamente detrás de Elena, buscando un amparo que jamás había encontrado en su prometida. La comparación era brutal e innegable.
El Alfa dio un paso hacia Elena. Su imponente estatura la cubrió con su sombra, pero su gesto al inclinarse levemente hacia el niño fue inesperadamente suave.
—Leo —llamó Christopher con firmeza—. Ve adentro con la Sra. Marta. Elena se quedará aquí un momento.
El niño dudó, mirando a Elena con angustia.
—Ve, mi amor —le susurró Elena con una sonrisa reconfortante, agachándose a su altura por un segundo—. Todo está bien. Ve a lavarte las manos para comer.
Leo asintió despacio y corrió hacia el interior de la casa, buscando la seguridad de la cocina.
Una vez que el niño estuvo fuera de alcance, Christopher se erguí de nuevo y enfrentó a las tres mujeres que pretendían imponer su voluntad.
—En esta casa la única palabra que define quién entra, quién se queda y quién se va es la mía —sentenció el Alfa, marcando cada palabra con una frialdad cortante—. No he solicitado ninguna institutriz. Brigitte puede regresar a la capital en el mismo auto en el que vino.
La institutriz contratada dio un paso atrás, avergonzada, mientras la Sra. Helena abría la boca indignada.
—¡Christopher! ¡Esto es una afrenta para nuestra familia! —exclamó la mujer mayor—. ¡Victoria es tu prometida y la futura Luna de esta manada! ¡No puedes humillarla de esta manera por defender a una simple sirvienta!
—Victoria será la Luna cuando la boda se celebre, si es que se celebra —respondió Christopher sin inmutarse, lanzando un dardo directo al corazón del orgullo de su prometida—. Mientras tanto, la salud mental y el bienestar de mi hijo están por encima de cualquier arreglo social. Elena se queda exactamente en el puesto que le asigné. Y no quiero volver a ver a nadie amedrentando a mi personal ni alterando la paz de Leo.
Victoria apretó los puños con tanta rabia que las uñas perforaron el cuero de sus guantes. Ser rechazada y desautorizada frente a su madre y frente a una muerta de hambre era una humillación que su ego jamás olvidaría.
—Esto no se va a quedar así, Christopher —siseó Victoria con los dientes apretados, manteniendo una voz baja para no perder del todo las formas—. Estás ciego. Esa mujer tiene algún interés oculto, te está manipulando a través del niño y tú se lo estás permitiendo.
—Retírense —fue la única respuesta del Alfa, dándoles la espalda por completo.
La Sra. Helena tomó a su hija del brazo, bufando de rabia, y ambas caminaron a pasos agigantados hacia la salida, seguidas por la incómoda institutriz. El taconazo violento sobre el mármol del vestíbulo retumbó hasta que la enorme puerta principal se cerró de un golpe.
El silencio volvió a adueñarse del porche.
Elena soltó un largo suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Apoyó una mano contra el marco de madera de la entrada, sintiendo un leve mareo provocado por la descarga de adrenalina.
—Gracias, señor Sterling —dijo Elena con la voz ligeramente quebrada pero llena de gratitud—. No por mí, sino por Leo. Él realmente estaba asustado.
Christopher se giró para mirarla. La distancia entre ambos era corta. El Alfa observó el rostro de Elena: la determinación en su mirada, la suavidad de sus rasgos y esa dignidad inquebrantable que no se doblaba ni ante el poder de la élite.
—No tienes nada que agradecer, Elena —respondió él, dando un paso hacia ella. Su voz había perdido la dureza de mando y ahora sonaba grave, cercana—. Fuiste muy valiente al ponerte frente a Victoria. Pocas personas en esta manada se atreverían a desafiarla de esa manera.
—Un niño no debe presenciar violencia ni amenazas en su propio hogar, señor. No me importa quién sea la persona que intente lastimarlo; siempre me voy a interponer.
El Alfa la miró fijamente. Un extraño destello cruzó por sus ojos dorados, un pulso de calor en su pecho que amenazaba con derribar el muro de piedra con el que había protegido sus emociones durante años. Se fijó en la delicadeza de su cuello, en la sencillez de su presencia que llenaba la mansión de una calidez que nunca antes había existido en ese lugar.
Por un segundo, la necesidad de acercarse más, de tocarle el rostro y apartar un mechón de cabello de su frente fue casi abrumadora para Christopher. Pero obligó a su cuerpo a permanecer inmóvil, recordando las fronteras que los separaban.
—Eres una mujer excepcional, Elena —murmuró él, con un tono tan íntimo que hizo que a Elena se le erizara la piel—. Pero ten cuidado. Victoria no es una mujer que acepte la derrota fácilmente. A partir de hoy, vigilará cada uno de tus pasos.
—No le tengo miedo, señor Sterling —contestó Elena, sosteniéndole la mirada con firmeza—. Mientras me permita cuidar de Leo, soportaré lo que sea necesario.
Christopher asintió despacio, complacido por su respuesta.
—Cuento contigo. Ahora ve con Leo, te está esperando.
Elena hizo una breve inclinación y caminó hacia el interior de la casa. Al pasar a su lado, la brisa de la tarde llevó la suave fragancia de la joven hacia el Alfa. Christopher cerró los ojos por un instante, respirando hondo, sintiendo cómo ese aroma sencillo y fresco calmaba el rugido de su lobo interior.
Sin embargo, a varios kilómetros de allí, en la elegante residencia de la familia de Victoria, la prometida del Alfa caminaba de un lado a otro por su sala de estar, fuera de sí, arrojando una copa de cristal contra la chimenea.
—¡Maldita sea! ¡Maldita sea esa gata muerta de hambre! —gritaba Victoria con el rostro desencajado por la furia.
Su madre, sentada en un sillón de terciopelo, encendió un cigarrillo con parsimonia.
—Cálmate, Victoria. Perder el control solo te hace ver débil.
—¡No me pidas que me calme, mamá! ¡Christopher me desafió por esa sirvienta! ¡Nunca me ha mirado a mí como la miró a ella hoy! Hay algo en esa chica... el niño la adora y Christopher la protege. Si no la saco de esa casa rápido, voy a perder la oportunidad de ser la Luna de la manada Sterling.
—Entonces no intentes competir con ella en su terreno —dijo la Sra. Helena con una sonrisa fría y calculadora, soltando una humareda de humo—. Investígala. Todas estas chicas de clase baja vienen de familias con problemas, deudas o trapos sucios. Encuentra algo en su pasado que destruya su reputación, o fabrícalo. Cuando Christopher vea que es una delincuente o una mentirosa, él mismo la arrojará a la calle.
Victoria se detuvo en seco. La furia en sus ojos dio paso a una expresión malévola y fría.
—Tienes razón... —murmuró Victoria, esbozando una sonrisa retorcida—. Voy a contratar a un detective privado hoy mismo. Voy a escarbar en la vida de esa infeliz hasta encontrar el secreto más oscuro que tenga. Y cuando lo encuentre, la voy a destruir frente a toda la manada.
Sin sospechar la tormenta que comenzaba a gestarse en la sombra, Elena regresó a la cocina, donde Leo la esperaba sentado en la mesa con los brazos abiertos, listo para refugiarse en el único abrazo que le devolvía la paz.
