Capítulo 7 Capítulo 7

Los días posteriores al enfrentamiento en el porche transcurrieron con una tensa y frágil calma. Christopher había dejado en claro su autoridad, pero el eco de su advertencia no hizo más que avivar el fuego del rencor en el corazón de Victoria.

Lejos de la mansión Sterling, en un despacho privado bañado por el humo denso de los cigarrillos y la luz tenue de una lámpara de escritorio, un hombre de mirada esquiva hojeaba los informes preliminares que Victoria le había encargado.

—Es difícil encontrar registros de personas comunes en los barrios periféricos, Sra. Victoria —explicó el detective privado, deslizando sobre la caoba un par de fotografías gastadas y una hoja de papel arrugada—. La mayoría de su familia se mueve en la más absoluta discreción... o en la miseria. Pero tirando del hilo correcto, siempre aparece algo.

Victoria inclinó el cuerpo hacia adelante, con los ojos brillando de una malicia calculadora.

—¿Qué encontraste?

—El padre de la muchacha, un hombre con un historial de deudas de juego y ludopatía crónica, desapareció del mapa hace cinco años por una temporada exacta —respondió el detective con una sonrisa cínica—. Coincide curiosamente con el año en que la chica dio a luz en una clínica pública de beneficencia.

Victoria frunció el ceño, intrigada.

—¿Dio a luz? ¿Y el niño?

—Ahí está el detalle jugoso —prosiguió el investigador, apoyando las manos en el escritorio—. Los registros del hospital indican que hubo un nacimiento, pero el certificado de defunción neonatal fue emitido apenas horas después, firmado por un médico de dudosa reputación que hoy ya no ejerce. Sin embargo, los rumores del vecindario y las deudas que el padre pagó al contado la semana siguiente cuentan otra historia. Ese bebé nunca murió. Fue vendido al mejor postor para saldar cuentas de apuestas.

Un silencio espeso llenó la habitación. Victoria se quedó inmóvil, procesando la información con la mente fría de una depredadora. No le importaba en lo más mínimo si la criatura había muerto o si había sido traficada; lo que le importaba era el peso moral y el escándalo que esa revelación traería si salpicaba a la mansión Sterling. Una niñera con semejantes antecedentes en su familia —un padre criminal y la sospecha de un hijo abandonado o vendido— era dinamida pura para la reputación del Alfa.

—Excelente trabajo —murmuró Victoria, esbozando una sonrisa triunfante mientras abría su bolso y arrojaba un sobre abultado con billetes sobre la mesa—. Pero necesito pruebas irrefutables. Documentos firmados, testigos o una confesión directa del padre. Tráemelo todo antes de que termine la semana.

Mientras la sombra de la traición comenzaba a tejerse en las afuerzas de la ciudad, dentro de la mansión el ambiente era completamente diferente.

Era una tarde fresca y el sol comenzaba a ocultarse pintando el cielo de tonos anaranjados y violetas. En la amplia sala de juegos de la planta alta, Leo reía a carcajadas mientras construía una torre de bloques junto a Elena. La transformación del niño era innegable: sus mejillas tenían color, su mirada ya no reflejaba el terror del abandono y su risa llenaba cada rincón de la estancia.

Christopher, que había regresado temprano de sus reuniones con los jefes de los clanes de la manada, se detuvo en el umbral de la puerta abierta. No encendió la luz; prefirió quedarse en silencio, apoyado contra el marco, observando la escena.

Ver a Elena interactuar con su hijo de una forma tan genuina, tan desinteresada y llena de un amor tan puro le provocaba un nudo en el pecho que no sabía cómo descifrar. Era una sensación extraña, un calor antiguo que su lobo reclamaba con desesperación, pero que su mente racional intentaba mantener a raya.

—Muy bien, capitán, si pones ese último bloque la torre se va a caer —advirtió Elena con una sonrisa divertida, sosteniendo la base con cuidado.

—¡No se va a caer, yo soy muy fuerte! —respondió Leo con orgullo infantil, colocando la pieza final con sumo cuidado.

La torre tambaleó por un segundo antes de venirse abajo entre risas y aplausos. El niño se arrojó a los brazos de Elena, abrazándose a su cuello con fuerza.

—Te quiero mucho, Elena. Ojalá nunca te vayas de esta casa —susurró el pequeño con inocencia.

Elena sintió que el corazón se le estrujaba de ternura. Le devolvió el abrazo con la misma intensidad, besando suavemente su coronilla.

—Yo tampoco me voy a ir a ninguna parte, mi pequeño valiente. Estoy aquí contigo —respondió ella, sin notar la presencia del Alfa en la puerta.

Christopher tragó saliva con dificultad. Las palabras del niño resonaron en su interior como un eco sagrado. “Ojalá nunca te vayas de esta casa”. Era exactamente lo mismo que su propio pecho, endurecido por años de soledad, estaba gritando en silencio.

Al girar la cabeza, Leo descubrió a su padre parado en la penumbra del umbral. El rostro del niño se iluminó con una sonrisa que pocas veces le regalaba.

—¡Papá! ¡Ven a ver nuestra torre! —llamó el pequeño, extendiendo una manita.

Christopher salió de su escondite y caminó hacia ellos con pasos firmes. Se arrodilló sobre la alfombra, quedando a la altura de su hijo y de la niñera. Por un momento, las rodillas de Christopher rozaron el vestido de Elena, y el aroma a lavanda y vainilla impregnó sus sentidos con una fuerza embriagadora.

—Veo que han hecho un gran trabajo destruyéndola —bromeó el Alfa con una inusual suavidad en la voz, atrayendo una risita cómplice de Leo.

Elena bajó la mirada, sintiendo el calor de la cercanía del hombre. La tensión entre ambos ya no era un secreto distante; era una corriente eléctrica latente que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

—El capitán del equipo ha sido muy valiente, señor Sterling —dijo Elena con voz suave, intentando mantener la compostura mientras recogía los bloques de madera desparramados por el suelo.

Christopher la ayudó a juntar una de las piezas, y al hacerlo, sus dedos rozaron por accidente la mano de Elena.

Un chispazo invisible recorrió la piel de ambos. Elena se congeló por una fracción de segundo, retirando la mano con delicadeza, mientras Christopher levantaba lentamente la vista para mirarla a los ojos. En esa mirada dorada ya no había órdenes ni distancias; había una pregunta silenciosa, un abismo de atracción que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

—Gracias, Elena —dijo él en un murmullo grave, tan cerca que ella podía sentir el calor de su aliento—. Por todo lo que haces... por traer la luz a este lugar.

Elena sintió que el aire le faltaba en los pulmones. Asintió despacio, incapaz de articular palabra, sabiendo perfectamente que cuanto más se adentraba en el mundo de los Sterling, más profundo era el precipicio sobre el que estaba caminando.

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