Capítulo 2 La desconocida, la entrega.
Narra Damián:
Fruncí el ceño al introducir despacio mi miembro, sintiendo cómo la presión de su cuerpo, tan caliente y estrecha, me rodeaba por completo. Sus uñas, apenas crecidas, se encajaron con fuerza en mi espalda. La mezcla de ese contacto punzante y la calidez de su interior me provocó una oleada de placer que rozaba el dolor, una sensación que me hizo perder el aliento. Esta mujer era una completa desconocida que había entrado a mi habitación, y, quizás, era un malnacido al aprovecharme de su clara confusión, pero no pude resistirme…
—Agh… —gemí con la voz ronca, incapaz de contenerme.
Escuché su grito ahogado, un «Ahhh…» que se transformó en un sollozo mientras la invadía. Sus uñas rasgaron mi piel, y pude sentir cómo brotaba la sangre, pero lejos de frenarme, el ardor solo avivaba mi instinto. Me quedé inmóvil un segundo, aturdido. Era virgen. Acababa de reclamar aquel tesoro que ella había guardado con tanto celo; era pura, completamente pura, y el hecho de ser yo el primero en ella me embriagó con una satisfacción poderosa, casi posesiva.
La fricción era intensa para ambos, pero al ver cómo una capa de sudor cubría su cuerpo y notar el escozor de las heridas en mi espalda, me obligué a detenerme. Sin embargo, toda aquella presión apretándome me hacía imposible seguir así por mucho tiempo.
Salí despacio de su cuerpo y la escuché jadear, presa del dolor. No pude resistirlo más: me enterré de nuevo en ella con una estocada profunda. Un par de lágrimas pesadas resbalaron por sus mejillas mientras apretaba los ojos, pero no se apartó. Su calor interior y esa estrechez extrema me obligaron a jadear constantemente contra su oído, hundiendo mi cuerpo en el suyo con una intensidad que se volvía una necesidad urgente, una droga.
Ella ya no podía soltarme; el placer y el dolor se habían fundido en algo que la paralizaba. Sus manos quedaron pegadas a mi espalda, sin fuerza para luchar. Me detuve un instante, intentando darle una tregua, pero el éxtasis que seguía al dolor era demasiado evidente en sus jadeos y en la forma en que se entregaba, avergonzada pero incapaz de huir de su propio deseo.
La necesité más. Busqué sus labios y gemí contra ellos mientras mis embestidas se volvían rítmicas y demandantes. Sentía sus manos, a veces torpes y otras veces desesperadas, subiendo por mi espalda o apretando mis piernas, sintiendo cada caricia de mis manos toscas sobre sus senos. Era consciente de su entrega, de cómo, aunque se esforzaba por rechazarme en silencio, su cuerpo me reclamaba tanto como yo a ella.
—Eres deliciosa —confesé con la sangre ardiendo.
Ella negó con el rostro, negándose a creerle a un gigoló, pero su reacción física me decía la verdad: se estaba descubriendo a sí misma a través de este placer. Ante nuestra unión, su cuerpo comenzó a lubricarse, volviendo cada estocada más satisfactoria. Incrementé el ritmo y la profundidad, hundiéndome en ella casi por completo, sintiendo cómo cada choque de nuestros cuerpos le arrancaba el aire y la dejaba al borde del desmayo.
La penetré con fuerza una vez más, arrancándole un gemido largo y ahogado. Mis manos, grandes sobre sus hombros, hacían que sus senos se movieran con cada embiste. Su mirada, desenfocada y vidriosa, me dio la seguridad que necesitaba.
—Mujer… —le dije, sintiendo el peso de mis palabras. — desde este momento, me perteneces. A mí, y tan solo a mí. —
Fui egoísta; me negué a parar. Cuando escuché su débil «Por favor…», supe que estaba al límite. Jadeé con intensidad y, con una última estocada que dolió como la primera, me derramé por completo en su interior. Me dejé caer sobre ella, abrazando su cintura con un brazo mientras mi aliento caliente chocaba contra su cabello oscuro, que se desparramaba como seda sobre las sábanas.
Mi miembro siguió palpitando dentro de ella unos segundos más, liberando la última carga de excitación. Cuando el arrebato se disipó y la conciencia regresó, mi orgullo seguía intacto. Me aparté lentamente, dejando que el silencio llenara la habitación. Mientras me acomodaba los pantalones, la observé. Ella se mantenía en silencio, reacomodándose el vestido y el sostén con movimientos temblorosos, soportando los restos de dolor y esa vergüenza que aún la embargaba. No dije nada. No hacía falta.
Aquella noche, la entrega fue desesperada y pasional, un puente de piel y susurros donde el tiempo dejó de importar. Mientras ella intentaba arrebatarle su destino a quienes querían subastarla, yo, envuelto en una neblina de deseo, me aseguré de dejar mi marca, convirtiendo aquella visión efímera en algo que, a partir de ese momento, reclamé como mío.
