Capítulo 1 METIDA DE PATA

Entré llena de emociones descontroladas al bar The Rusty Nail arrastrando los tacones, con el moño deshecho y el alma hecha pedazos. Me tiré sobre el primer taburete de la barra y le di un puñetazo a la madera.

—Ponme el tequila más fuerte que tengas, y no te atrevas a escatimar en el alcohol —le exigí al tipo del otro lado de la barra.

El hombre se me quedó viendo como si le hubiese salido otra cabeza… Mis ojos no dejaban de verlo. Él vestía una playera negra bien ceñida que marcaba un torso atlético, sostenía un trapo y tenía una sonrisa medio divertida, medio perezosa. Tenía unos ojos azules tan profundos que dolía mirarlos.

—Vaya entrada. ¿Se murió alguien o solo odias los jueves? —me preguntó sirviendo el tequila en un vaso corto.

—Ojalá se hubiera muerto alguien, así tendría una excusa digna para estar llorando —agarré el vaso y me lo tomé de un solo trago. El fuego me quemó la garganta, pero no fue suficiente—. Ponme otro. Mi vida es una completa desgracia. Tengo veintiocho años, ¡veintiocho! ¿Y sabes qué soy? La solterona oficial de la familia Dubois —lo último lo dije con un bufido.

Él me miró divertido, apoyando ambos codos sobre la barra mientras me servía el segundo shot.

—No pareces una solterona. Pareces una mujer al borde de un ataque de nervios, chica pecosa.

¿Chica pecosa?

¿Qué?

¡Es un atrevido!

—¡No me digas pecosa y no te rías de mi tragedia! —dije señalándolo con el dedo, sintiendo ya el calor del alcohol subiendo a mis mejillas—. Bueno, ya que te atreves a decirme así creo que te gustará la mejor parte… Mi hermana menor, Vanessa, ¡la santa Vanessa!, acaba de casarse con un multimillonario. ¡Un tipo que compró una isla el mes pasado para ponerle el nombre de su perro! Mis padres la adoran a ella por su marido, la adulan, y a mí me miran en las cenas familiares con esa lástima asquerosa. "Pobre Chloe, tan entregada a su trabajo de Recursos Humanos". ¡A nadie le importa Recursos Humanos!

Y zaz… Le conté mi vida a un completo desconocido.

—Sonaba muy dramático en tu cabeza, ¿verdad? —el tipo ladeó la cabeza, aguantando la risa.

—¡Es dramático! ¡Es una tragedia! —golpeé la barra otra vez—. Y para rematar mi patética existencia, el lunes llega el nuevo dueño de la empresa. El nuevo presidente. Un mirrey mimado, un parásito que heredó el imperio del papá. ¿Sabes cómo son esos tipos? Unos idiotas en traje caro que no saben ni dónde queda el baño de empleados. Apuesto lo que quieras a que llega exigiendo café importado a sesenta grados y pisoteando a todo el mundo. ¡Y a mí me va a tocar limpiar sus desastres!

—¿De verdad piensas eso del nuevo presidente? —preguntó él, arqueando una ceja.

—¡Lo sé! Los hombres poderosos son unos desalmados. Todos son iguales. O son unos estirados ególatras como ese futuro jefe mío, o son unos perfectos engreídos. ¡Estoy harta! Mi matriz se va a secar, me voy a quedar sola con siete gatos y voy a morir atragantada con comida para mascotas sin que nadie se entere hasta un mes después por el olor. ¡Sírveme otro!

—Tranquila, pecosa, creo que el tequila ya está hablando por ti —dijo él, pero volvió a llenar el vaso.

—¡Qué tranquila ni qué nada! Tú no entiendes nada porque eres... no sé, un barman que escucha desgracias ajenas toda la noche. Pero yo estoy atrapada en el infierno corporativo y en el infierno familiar. Mi mamá me regaló un rosario la semana pasada y me dijo: "Pídele a San Antonio, hija, a ver si hace el milagro antes de los treinta". ¡Me mandó a rezar por un novio! ¿Puedes creerlo?

Al final terminé haciéndolo para pedirle que mamá me dejara en paz.

—Bueno, los santos demoran mucho, pero cumplen —bromeó el tipo, sirviéndose un chorro de agua para él.

—¡No te burles! Eres insoportable. Guapo, pero insoportable —protesté, agarrando el tercer shot con las manos un poco torpes—. ¿Y sabes qué es lo peor? Que soy virgen. ¡Sí, dije virgen! A los veintiocho años. Soy una reliquia histórica. ¡Salud por mi patética pureza!

Me tomé el vaso entero. Todo a mi alrededor empezó a dar vueltas. Las luces del bar se multiplicaron por diez y mis piernas parecieron convertirse en gelatina. Esto sí era increíble.

—Oye... creo que ese último fue un error —murmuré, sintiendo que la cabeza me pesaba cien kilos.

—Te lo dije —escuché su voz grave muy cerca.

Intenté ponerme de pie, pero el suelo se movió violentamente hacia la izquierda. Solté un chillido. Antes de tocar el piso, dos brazos enormes y firmes me atraparon por la cintura.

—Tranquila, te tengo. Te pasaste de la raya, pecosa.

—Ojos azules... no me dejes caer... el piso se quiere comer mi dignidad —balbuceé, pegando la frente a su pecho. Olía increíblemente bien.

¿Qué estoy haciendo?

—No te vas a caer. Vamos, te voy a sacar de aquí.

—¡No! No quiero ir a mi casa... mi mamá me va a oler el tequila y me va a mandar al exorcista...

—Está bien, te llevaré a un lugar seguro —fue lo último que escuché antes de que el mundo se apagara por completo en una nube de mareo y oscuridad.

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Un dolor punzante en las sienes me despertó. Parpadeé varias veces, desorientada. La luz que entraba por una ventana gigantesca me cegó. Me froté los ojos y me di cuenta de dos cosas a la vez: la primera, no estaba en mi habitación. La segunda, la sábana que me cubría estaba demasiado suave... y yo no llevaba puesta ni una sola prenda de ropa.

—No, no, no... ¡Dios mío, no! —susurré, sintiendo un sudor frío recorriéndome la espalda.

Llevé la mano debajo de la sábana. Estaba completamente desnuda. Un dolor extraño y una sensación de pesadez entre las piernas me confirmaron lo peor.

—¡Mi virginidad! —chillé en un susurro aterrorizado—. ¡No puede ser! ¡Perdí mi virginidad!

Me giré bruscamente hacia el otro lado de la enorme cama. Ahí estaba él. El tipo del bar. Estaba acostado boca abajo, con la sábana bajada hasta la cintura, dejando al descubierto una espalda ancha, musculosa y completamente desnuda. Tenía el cabello despeinado sobre la almohada y respiraba de forma pausada, profundamente dormido.

¿Qué es todo esto?

¡No puede ser!

El pánico me atenazó la garganta. Salí de la cama de un brinco, tropezando con la sábana y cayendo de rodillas al suelo.

—Ay, ay, ay... qué he hecho, qué he hecho —murmuré desesperada, hiperventilando.

Busqué mi ropa con la vista. Mi vestido estaba tirado en una esquina, las medias rotas al lado de la mesita de noche y mis tacones amontonados cerca de la puerta. Me arrastré por el suelo pulido y me puse la ropa interior a la velocidad de la luz, temblando tanto que casi no podía abrocharme el sostén.

—¡Mamá va a morir!

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