Capítulo 2 ¡No puede ser!

—Si se entera de esto se va a morir de un infarto, me va a desheredar y me mandará directo al infierno sin escala —decía una y otra vez entre dientes mientras me metía el vestido a tirones—. ¡Me acosté con un desconocido! Un tipo que trabaja en un bar... ¡un hombre que ni siquiera es hijo de Dios! Bueno, trabaja sirviendo alcohol de noche, ¡obviamente no es un hombre de fe! ¿Qué dirá el padre Mateo en la iglesia cuando me confiese? "Padre, pequé, le entregué mi flor sagrada a un barman de ojos azules cuya identidad desconozco". ¡Me van a excomulgar!

¡Soy una maldita pecadora!

—Debo salir de aquí. Ahora mismo. Esto nunca pasó. Borrón y cuenta nueva. Diosito, por favor, olvida lo de anoche, te prometo que voy a ir a misa todos los domingos a partir de hoy —susurré persignándome rápidamente.

Agarré mi bolso del suelo, eché una última mirada a la habitación de lujo, que ni de chiste parecía la casa de un barman, pero mi cerebro en pánico no estaba para analizar la decoración, abrí la puerta con el mayor cuidado del mundo y salí corriendo descalza por el pasillo antes de que pudiera despertar.

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Llegué a la empresa tambaleándome sobre mis propios tacones, sosteniéndome la cabeza que me retumbaba como si tuviera un grupo de músicos tocando dentro de mi cerebro. El sol de la mañana me perforaba los ojos. Caminé directo a mi oficina en Recursos Humanos, me dejé caer en el sillón ejecutivo y cerré los ojos esperando que el piso dejara de moverse.

En ese segundo, la puerta se abrió de golpe.

—¡Por fin llegas! —chilló Sarah, mi asistente, entrando con una taza humeante en la mano—. Te ves pésima, Chloe. Pareces un cadáver rescatado del río, pero tómate esto antes de que te dé un colapso.

Ella es mi secretaria de confianza y mi amiga.

—No me grites, Sarah, por favor, siento que el cráneo se me va a abrir en dos —murmuré agarrando el café con las manos temblorosas—. ¿Qué hora es? Mi alarma no sonó y mi vida es una ruina.

—Son las diez de la mañana —respondió Sarah viéndome con los ojos desorbitados.

—¿¡Las diez!? —escupí un sorbo de café y me puse de pie de un salto, sintiendo que el estómago se me salía por la boca—. ¡Dios mío! ¿Por qué no me despertaste? ¿Por qué llegué tan tarde? ¡Nadie en esta empresa llega a las diez!

—¡Te está esperando…! —dijo Sarah dándose un manotazo en la frente—. Chloe, ¡el nuevo presidente quiere verte!

Me quedé helada con la taza a medio camino de la boca.

—¿Qué? ¿De qué estás hablando? El nuevo presidente llega hasta el lunes. Hoy es viernes, Sarah. Hoy no viene nadie.

—¡Se adelantó! —gritó Sarah agarrándome por los hombros—. Llegó hace una hora de sorpresa, armó un zafarrancho increíble y convocó a todos los directores a la sala de juntas. ¡Todos están allá arriba esperando y faltas tú! ¡Tú eres la jefa de Recursos Humanos!

—¿¡Por qué no me lo dijiste antes!? —le grité desesperada, tirando la taza sobre el escritorio y agarrando mi libreta a las carreras.

—¡Porque no estabas aquí y no contestabas el celular! —contestó ella persignándose—. Corre, Chloe, corre antes de que ese tipo te corte la cabeza. Dicen que es un monstruo.

Salí disparada de mi oficina como si me persiguiera el mismo demonio. Mi resaca desapareció por completo, reemplazada por un terror puro y visceral. Me metí al ascensor, le di al botón del piso ejecutivo diez veces seguidas como si eso fuera a hacer que subiera más rápido, y me miré en el espejo de la cabina. Tenía el pelo despeinado, las pecas resaltadas por la palidez de la cara y los ojos verdes inyectados en sangre.

"Tranquila, Chloe", me dije a mí misma intentando no hiperventilar. "Solo entra, sonríe, dile que estabas atendiendo una emergencia laboral y reza para que no te huela a tequila rancio".

Las puertas del ascensor se abrieron con un ding estridente. Corrí por el pasillo alfombrado hasta la oficina presidencial. La secretaria del director general, una señora de cincuenta años con cara de pocos amigos, me vio llegar sofocada y me hizo un gesto apurado con la mano.

—Llegas tardísimo, Dubois —me susurró con severidad—. Pase a la sala de juntas de una vez. Está a la mitad de su discurso y no le gusta que lo interrumpan.

—Gracias, Martha, te debo la vida —susurré de vuelta.

Puse la mano en el picaporte de la puerta de cristal esmerilado, tomé un aire profundo que no me sirvió de nada y abrí despacio. Entré con la cabeza baja, encogiendo los hombros para hacerme lo más pequeña posible. La sala de juntas principal estaba hasta el tope: directores, gerentes, supervisores y ejecutivos, todos sentados en la enorme mesa de caoba, perfectamente trajeados.

Nadie me miró porque toda la atención estaba concentrada en el frente. Me escurrí en silencio pegada a la pared y me acomodé en una esquinita al fondo, tratando de no respirar fuerte.

—...y por esa razón, los reportes trimestrales de evaluación de personal van a cambiar a partir de hoy —estaba diciendo una voz masculina, profunda, firme, con un tono dominante que hizo que se me erizara la piel.

Fruncí el ceño. Esa voz. Esa bendita voz me retumbó en los oídos y me dio un latigazo en la memoria.

"Esa voz yo la conozco...", pensé, sintiendo que un sudor frío me recorría la nuca. "No, no puede ser. Estoy alucinando por la resaca. Es la culpa que me está haciendo oír cosas".

Levanté la vista despacio, entrecerrando los ojos para enfocar a la persona que estaba de pie al frente de la sala, junto a la pantalla de proyecciones. El tipo vestía un traje elegante, perfecto. Se giró despacio hacia el resto de la mesa para tomar un sorbo de agua.

Cerré los ojos de golpe. Los volví a abrir.

Ojos azules penetrantes. Cabello negro peinado hacia atrás. Una mandíbula marcada que yo había tenido a centímetros de mi cara unas horas antes.

—No... no, no, no —murmuré en un soplo de aire que casi se me ahoga en la garganta.

Era él. El tipo del bar. El supuesto bartender. El hombre con el que me había emborrachado, al que le había contado que era virgen, al que le confesé sobre el nuevo presidente que insulté llamándolo mirrey mimado y con el que me había despertado desnuda en una cama de lujo hacía apenas tres horas.

En ese preciso instante, todo el mundo a mi alrededor pareció desvanecerse y la realidad se me vino encima como un piano cayendo desde un décimo piso. El estómago se me cayó hasta los tobillos.

El director de Finanzas apareció a mi lado sin darme cuenta. Él se inclinó ligeramente hacia mí y me susurró al oído con voz aterrorizada:

—Llegaste justo a tiempo para la masacre, Chloe. Él es Ethan Mercer, el nuevo presidente. Es un tipo absurdamente prepotente. Llegó hace una hora, destruyó el plan de trabajo del año pasado y nos dejó a todos como unos ineptos. Cero empatía. Es un monstruo.

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