Capítulo 3 ¡SOY EL NOVIO!
¡NO PUEDE SER!
Sintiendo que las piernas me temblaban tanto que en cualquier momento iba a colapsar sobre la alfombra, me pegué más a la pared.
—¿Él... él es Ethan Mercer? —susurré con la voz completamente quebrada.
—El mismísimo —asintió el de Finanzas—. Y cuida tu puesto, porque dicen que lo primero que va a reestructurar es Recursos Humanos.
En ese momento, como si el universo disfrutara torturándome, Ethan dejó la carpeta sobre la mesa, paseó su mirada intensa por toda la sala de juntas y detuvo los ojos exactamente en la esquina donde yo estaba escondida.
Nuestras miradas se cruzaron.
Sus ojos se abrieron un milímetro por la sorpresa, pero en menos de un segundo, una sonrisa de suficiencia, lenta, calculadora y endiabladamente atractiva se dibujó en sus labios. Arqueó una ceja exactamente igual que lo había hecho en la barra del bar.
—Veo que finalmente estamos todos completos —dijo Ethan con voz clara, sin quitarme los ojos de encima mientras el resto de la sala se giraba a mirarme—. Bienvenida a la reunión, jefa de Recursos Humanos. Estaba ansioso por empezar a trabajar con usted.
Me quedé congelada, deseando con todas las fuerzas de mi alma que el suelo se abriera y me tragara directa al infierno.
—G-gracias, señor presidente —logré articular con un hilo de voz, sintiendo que la cara me ardía de la vergüenza.
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Terminé mi turno sin problemas. Antes de salir de la empresa, envié a alguien por mi auto; lo había dejado en el bar.
Salí rogándole a Dios no encontrármelo. ¡No puede ser! Todavía sentía que la cabeza me retumbaba por la resaca acumulada y por lograr escapar de la junta.
Me bajé de mi auto apretando las llaves contra la palma de la mano. Iba a cerrar la puerta cuando escuché el rugido pesado de un motor a mis espaldas. Un Porsche negro metálico se estacionó justo detrás de mi vehículo, tapándome la salida.
—¿Pero quién demonios...? —murmuré, volteándome con cara de pocos amigos—. ¿Tú...?—se me atascó la voz en la garganta justo al verlo salir.
¡El bartender!
Noooo… ¡Es el presidente!
Miré aterrada hacia la puerta de la casa de mis padres. La luz del porche estaba encendida. Corrí hacia él antes de que mi madre tuviera la menor oportunidad de asomarse por la ventana.
—¡¿Qué haces aquí?! —le espeté en un susurro chillón, poniéndole las manos en el pecho para intentar empujarlo de vuelta a su auto, aunque el tipo ni se movió un milímetro.
—Así que aquí vives, pecosa —dijo Ethan, paseando la mirada hacia mi casa—. Bonito barrio. Un poco ruidoso, pero acogedor.
—¡No evadas mi pregunta! ¡¿Qué haces aquí?! —exclamé apretando los dientes—. ¡Estás demente! ¡Esta es la casa de mis padres! Bueno, es mi casa, pero… ¡Ya! Mejor dime ¿qué haces aquí?
—Dado que te me has estado escondiendo en la empresa, usando a tu asistente como escudo humano y descolgando el teléfono de Recursos Humanos cada vez que marco desde mi extensión... no me dejaste otra opción —dijo dando un paso hacia mí, acorralándome contra la puerta de su auto.
—¡Estaba ocupada trabajando!
—Estabas huyendo. Y sabes perfectamente que tenemos una conversación pendiente. Una conversación muy específica sobre lo que pasó en mi apartamento.
—¡Tú! —lo señalé con el índice, echando chispas por los ojos verdes—. ¡Tú me mentiste! ¡No eras el bartender! ¡Eras el maldito presidente de la compañía! ¡Me dejaste hacer el ridículo de mi vida chillando sobre mi matriz seca y sobre cómo me voy a quedar sola con siete gatos! ¡Eres un desalmado, Ethan Mercer! ¡Un absoluto demonio!
—Te dije tres veces que no trabajaba ahí, pecosa, pero tenías tanto tequila encima que juraste que yo era tu paño de lágrimas —se burló, inclinándose hacia mí hasta que su aliento cálido me rozó la mejilla—. Y por cierto, soy tu jefe. Deberías mostrar un poco más de respeto.
—¡Me importa un bledo que seas el rey de Inglaterra! ¡Vete de mi casa antes de que mi mamá...!
No pude terminar la frase.
Ethan me sujetó de la cintura con un brazo de acero, me pegó firmemente contra su cuerpo y me estampó los labios en un beso voraz, ardiente y posesivo que me dejó sin aire instantáneamente. Solté un gemido ahogado contra su boca. Mis manos, que se suponía debían empujarlo, terminaron enredándose en su cabello.
—Bésame —murmuró entre labios, rozando su boca con la mía mientras me apretaba más fuerte contra su torso—. Bésame y sígueme el juego si quieres dejar de ser la solterona oficial de la familia. Tu madre y tu hermana acaban de salir al porche, ¿o son tus vecinas?
—¿Q-qué...? —balbuceé, ebria por el beso y el choque eléctrico que me recorrió el vientre.
—Solo hazlo, pecosa —susurró, y volvió a devorarme la boca con una pasión que me hizo temblar las piernas.
Acepté. Dios mío, acepté sin pensarlo. Le devolví el beso con el mismo calor desesperado, aferrándome a sus hombros inflados mientras sentía que el mundo alrededor desaparecía. Cuando finalmente me soltó, dejándome los labios hinchados y la respiración destrozada, me guiñó un ojo.
—Me debes esto y mucho más —me susurró al oído con voz ronca.
Me giré sobresaltada hacia la entrada.
Ahí estaban. Mi madre, Eleanor, con un plato de galletas en la mano que estuvo a punto de caerse al suelo, y mi hermana Vanessa, con los brazos cruzados y la boca tan abierta que casi le tocaba el suelo.
Cerré los ojos con fuerza. "Tierra, trágame. Trágame ahora mismo y no me escupas nunca", rogué en mi mente.
—¡No puede ser! —chilló mi madre, tirando la franela que llevaba en el hombro al suelo—. ¡Es un milagro! ¡Un milagro del Santísimo San Antonio!
Mi mamá corrió por el caminito de entrada, se dejó caer de rodillas sobre el césped y levantó las manos al cielo con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Gracias, Señor! ¡Escuchaste mis plegarias! ¡Mi hija no morirá sola entre las garras de los felinos! ¡Alguien la besó en la vía pública!
—¡Mamá, levántate del pasto, por favor, me estás avergonzando! —chillé sintiendo que la cara me ardía en un fuego abrasador.
Vanessa caminó hacia nosotros con paso elegante, ajustándose el anillo de diamantes gigante que le había comprado su esposo multimillonario. Miró a Ethan de arriba abajo, escaneando su ropa, el reloj de lujo y esa postura dominante que el tipo no podía ocultar ni aunque quisiera.
—A ver, a ver... ¿quién eres tú? —preguntó Vanessa frunciendo el ceño, entre sorprendida y molesta por romper su monopolio de atención familiar.
Ethan no se inmutó. Extendió una mano impecable hacia mi hermana, mientras con el otro brazo me sujetaba con firmeza por la cintura, pegándome a su costado.
—Un placer. Soy Ethan Mercer —dijo con una voz impecable, segura y aplastante—. Y soy el novio de Chloe.
—¡¿EL QUÉ?! —gritamos Vanessa y yo al mismo tiempo.
