Capítulo 4 ¡UN MILAGRO!

Mi mamá soltó un alarido de gozo desde el suelo, se levantó de un brinco desempolvándose las rodillas y corrió a abrazar a Ethan por el cuello, casi ahogándolo.

—¡Un novio! ¡Tiene novio! —gritaba mi mamá apretándole las mejillas a mi jefe—. ¡Y es guapo! ¡Tiene porte! ¡Tiene pelo completo! ¡Dios mío bendito, gracias San Antonio! ¡Pasa, pasa a la casa, hijo, te preparo un té, una cena, un banquete!

—Mamá, no, no es necesario, él ya se iba...

—Me encantaría pasar a cenar, Sra. Dubois —sonrió Ethan con la cara más lavada del mundo, ignorando por completo mis pellizcos en su costilla—. Traje un vino excelente en el auto.

—¡Es perfecto! —chilló mi mamá agarrándolo del brazo y arrastrándolo hacia la puerta—. ¡Arthur! ¡Arthur, baja ya mismo! ¡La niña trajo a un hombre a la casa y no es un cliente de Recursos Humanos!

Vanessa me miró con los ojos entrecerrados mientras nuestro supuesto "nuevo presidente" entraba a la casa como si fuera el dueño del lugar.

—¿Ethan Mercer? —me susurró Vanessa en la entrada, agarrándome del brazo—. ¿El Mercer de la firma de inversiones? ¿El multimillonario? Chloe, ¡ese tipo sale en las revistas de negocios! ¿Cómo demonios conseguiste a alguien así si el mes pasado estabas llorando porque un tipo de Tinder te canceló para ir a ver fútbol?

—Fue... un milagro de San Antonio, Vanessa, déjame en paz —mascullé zafándome de su agarre y entrando a la casa con ganas de tirarme por la ventana del segundo piso.

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Salí disparada por la puerta principal arrastrando a Ethan del brazo, casi tropezando con mis propios pies. Mi papá venía bajando las escaleras con el periódico en la mano y la ceja levantada, pero afortunadamente logré inventar una maraña de excusas absurdas a la velocidad de la luz.

—¡Nos tenemos que ir, papá, sí, emergencia de la empresa, fuga de gas en Recursos Humanos, nos vemos luego, adiós, te amo! —grité antes de azotar la puerta de la entrada, dejando a mi mamá con la boca abierta y la copa de vino a medio servir.

Llegamos al auto de él. Prácticamente, empujé a Ethan dentro del asiento del piloto y me metí al del copiloto. Me dejé caer contra el respaldo de piel sintiendo que el corazón me iba a estallar en el pecho.

Ethan encendió el motor con un rugido suave y potente. Nos alejamos de mi casa a toda velocidad. Yo estaba echando humo por los poros, apretando la correa de mi bolso con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

De pronto, un sonido grave y rasposo llenó la cabina. Miré de reojo. Ethan se estaba riendo.

—¿De qué demonios te ríes? —le espeté, girándome en el asiento con la cara roja de rabia—. ¡Esto no es gracioso, Ethan Mercer! ¡Acabas de arruinar mi vida! ¡Mi mamá va a empezar a mandar las invitaciones de la boda mañana por la mañana y mi hermana me va a investigar hasta las huellas dactilares! ¿Por qué hiciste esa estupidez de decir que eres mi novio?

Ethan soltó el volante con una mano para acomodarse el cabello hacia atrás, manteniendo la vista en el camino.

—Porque hablas demasiado mal de mí sin conocerme, pecosa —respondió con total frescura, inclinando un poco la cabeza hacia mi lado—. Dijiste que era un mirrey mimado, un parásito, un monstruo egoísta que no sabía ni dónde quedaba el baño de empleados. Tenía que darle una lección a la impulsiva jefa de Recursos Humanos. Además, admítelo... te salvé de la compasión de tu familia.

—¡No me salvaste de nada! ¡Me metiste en un problema diez veces peor! —exclamé levantando las manos al aire—. ¿Cómo se supone que voy a deshacer esto ahora? ¿Ah? "Ay, lo siento, mamá, mi novio multimillonario y yo terminamos porque en realidad solo era mi jefe que se estaba burlando de mi desgracia". ¡Van a internarme en un psiquiátrico!

—Podrías dejar de gritar por un segundo. Me estás dejando sordo —dijo Ethan, doblando a la derecha en una esquina con una maniobra impecable.

—¡Grito si quiero! ¡Estoy en mi derecho! ¡Apareces en mi casa, le mientes a mi familia, me acorralas contra tu auto y luego me... me...! —se me atascó la palabra en la garganta y sentí que la cara me ardía.

—¿Te beso? —completó él con una sonrisa calculadora dibujándose en sus labios rectos—. ¿Vas a negar que te gustó? Porque juraría que me devolviste el beso como si te estuvieras ahogando y yo fuera tu único tanque de oxígeno.

—¡Fue el pánico! —mentí descaradamente, cruzándome de brazos y mirando fijamente por la ventana para que no viera lo alterada que estaba—. ¡Un choque térmico! ¡Cualquiera se desorienta si un tipo de metro noventa la agarra a traición!

Ethan desaceleró el auto y lo orilló frente a una farmacia de veinticuatro horas iluminada con luces de neón blancas. Apagó el motor y el silencio dentro del auto se volvió denso, cargado de una tensión eléctrica que hacía que me costara respirar.

Se giró completamente hacia mí en el asiento. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas chispas doradas en sus ojos y sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

—¿De verdad fue solo pánico, Chloe? —murmuró con una voz grave, baja, que hizo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal. Estiró la mano y pasó la yema de su pulgar con suma lentitud por mi labio inferior, que todavía estaba sensible por el beso de afuera—. Porque a mí no me pareció pánico. Me pareció que te morías por tocarme exactamente igual que anoche.

Tragué saliva, sintiendo las piernas hechas gelatina. Intenté apartar la mirada, pero su dedo subió a mi mentón, obligándome a sostenerle los ojos.

—Dime una cosa... —dijo Ethan, reduciendo la voz a un susurro casi peligroso—. ¿No te duele?

Fruncí el ceño, confundida por el cambio de tema.

—¿Qué... qué me va a doler?

—Estar sentada ahí, fingiendo que no pasó nada —inclinó la cabeza hacia mí, acercando sus labios a un milímetro de mi oreja—. Me entregaste tu virginidad anoche, pecosa. Tu primera vez. Fuiste mía durante horas en esa cama y saliste huyendo cuando salió el sol como si hubieras visto a un fantasma.

El aire se me congeló en los pulmones. La palabra virginidad resonó en mi cabeza como una explosión.

—¡Cállate! ¡No hables de eso! —dije intentando alejarme, pero él agarró mi muñeca con firmeza, sin apretar, pero dejándome claro que no me iría a ninguna parte.

—No me voy a callar. Asume las consecuencias de tus actos, Dubois —dijo Ethan, clavando sus ojos en los míos con una seriedad que me dejó muda—. Fuiste tú la que se tomó tres shots de tequila, la que se me echó en los brazos y la que no dejó de pedirme que no la soltara. Y yo soy un hombre, no un santo.

Sentí que la culpa y la vergüenza me devoraban viva. Me mordí el labio superior, sintiendo que los ojos se me llenaban de lágrimas de frustración.

—Fue un error... un horrible error —susurré con la voz quebrada.

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