Capítulo 7 Prohibido enamorarse

Ethan extendió su mano grande y firme hacia mí. Por unos segundos me quedé mirándola con dudas hasta que, impulsada por los nervios, la acepté.

—Trato hecho —dijo, envolviendo mis dedos con los suyos. Una corriente eléctrica me subió por el brazo y se instaló en mi nuca—. Mañana te quiero en mi oficina a primera hora. Hablaremos de lo que haremos y diremos ante nuestras familias. Esta mentira tiene que ser cien por ciento creíble. Y la regla principal, pecosa: prohibido enamorarse. No soy de los que se enamoran.

Solté un bufido y le arrebaté mi mano.

No entiendo por qué esa última palabra me afectó. ¿Tendrá el corazón de una piedra? ¿No será humano?

Ash, siento que me estoy metiendo en la boca del lobo.

—Descuida, no eres mi tipo —solté de golpe.

Su sonrisa se ensanchó, arrogante, seductora y peligrosa.

—Aun así, me gustó mucho estar contigo anoche.

Sentí que la sangre me hervía hasta las orejas. Mi cara debía ser un tomate andante.

—¡Ni que estuviese urgida! —chillé, cruzándome de brazos y girando la cabeza hacia la ventana para que no viera mi bochornoso rubor.

Ethan soltó una carcajada ronca y profunda que hizo vibrar el interior del coche. Claro, le daba mucha gracia porque la noche anterior yo misma le había llorado mis penas de solterona. Maldito.

Sin borrar esa sonrisa de suficiencia, presionó el botón de encendido. El motor del auto rugió bajo nosotros como una bestia despertando. Pisó el acelerador y salimos disparados hacia la calle. El trayecto fue corto, pero el silencio dentro de esa cabina estaba tan cargado de tensión que casi no podía respirar. Yo iba aferrada a mi bolso como si fuera un salvavidas, viendo las luces de la calle pasar, mientras él conducía con una mano en el volante, relajado, dueño del mundo.

Frenó suavemente frente a la acera de mi casa. Ni siquiera esperé a que apagara el motor. Agarré la manija de la puerta, desesperada por huir, pero antes de que pudiera abrir, su mano caliente y pesada aterrizó de golpe sobre mi muslo. Peligrosamente cerca de mi entrepierna.

Di un respingo, aplastándome contra el asiento.

—Nos están viendo desde la ventana —murmuró él, inclinándose hacia mi rostro. Su colonia me inundó los sentidos—. Despídete de mí con un beso.

Parpadeé tres veces sin poder creerlo. Esbocé la sonrisa más plástica y fingida de mi repertorio.

¿Qué es lo que dijo?

—¿Es necesario? —pregunté entre dientes, con el corazón aporreándome las costillas.

—Sí. Muy necesario.

Tragué saliva. No puede ser… ¡Esto tiene que ser una broma! Respiré profundo, conté hasta cinco y al final me acerqué a él lentamente…

Cerré los ojos con tanta fuerza que me dolieron los párpados, contuve la respiración y me quedé tiesa. Literalmente como una piedra.

¡Que termine ya! ¡Dios, que termine pronto! ¡No sé hacer esto sin tres tequilas encima!

Sus labios atraparon los míos. Fue un roce firme, cálido y endiabladamente experto que me cortó el aliento de tajo.

En un segundo, la presión desapareció. Se alejó.

Yo seguía ahí, congelada, con los ojos apretados y el pico estirado en el aire como un pato ridículo esperando pan.

—Ya. Puedes irte —dijo él, arrastrando las palabras con pura diversión contenida.

Abrí los ojos de golpe, sintiendo que me moría de vergüenza al darme cuenta de mi estúpida pose.

¡Trágame tierra!

—Me voy... —balbuceé, empujando la puerta casi a patadas. Salté a la acera, pero me detuve en seco y me giré hacia él—. Espera. Si mi mamá me interroga ahora mismo... ¿desde cuándo se supone que salimos?

Ethan se encogió de hombros, recargándose con elegancia en el asiento de cuero.

—Puedes decir que desde hace meses. Y que hoy ambos decidimos que fuese formal. Algo así... —Me dedicó una última mirada que me revolvió el estómago de los nervios—. Nos vemos mañana, novia.

El rugido del motor del auto de Ethan se fue alejando por la calle, pero mis pies seguían clavados en la acera. Apreté el bolso contra mi pecho como si fuera un escudo antibalas o, más bien, porque adentro llevaba una prueba de embarazo y la pastilla del día después quemándome como material radiactivo, cerré los ojos con fuerza y empecé a rezar un Padre Nuestro a la velocidad de la luz.

Saqué todo el aire de mis pulmones en un suspiro tembloroso. Di media vuelta, esbocé la sonrisa más falsa, plástica y dolorosa que jamás había ensayado en mi vida, y caminé hacia la puerta de mi casa.

Si antes vivir bajo este techo era caminar sobre un campo minado de tensión por ser la “solterona oficial” de la familia, ahora sentía que caminaba directo a la guillotina. Acababa de venderle mi alma al diablo en forma de CEO multimillonario. Tenía un novio de mentira, un contrato verbal suicida y una familia que no se le escapaba una.

Ni siquiera tuve que levantar el puño para tocar. Mucho menos sacar las llaves.

La puerta se abrió de golpe como si estuviera impulsada por un resorte. Unas manos me agarraron de los hombros y me jalaron hacia dentro con la fuerza de un huracán.

—¡Hija de mi vida! —chilló mi mamá, asomando la cabeza hacia la calle vacía con los ojos desorbitados—. ¿Y él? ¿Y ese bombón de revista? ¿Dónde está mi yerno? ¿Por qué no entró? ¡Ya saqué la vajilla nueva que tu hermana nos regaló!

—Se… se tuvo que ir, mamá —tartamudeé, aferrándome a mi bolso con las uñas—. Surgió una emergencia corporativa de nivel rojo. Cosas de… de su trabajo. Ya sabes cómo es. Me pidió que les diera sus más sinceras disculpas, pero promete que regresará otro día con más tiempo.

Mi mamá cerró la puerta de un portazo, suspirando dramáticamente con una mano en el pecho.

—¡Ay, qué hombre tan ocupado e importante! Se le nota el porte a kilómetros, Chloe. ¡Pasa, pasa! Tu padre y tu hermana están a punto de infartarse en la sala. Déjame ayudarte con el bolso, mi amor, te ves tensa.

—¡NO! —grité, retrocediendo de un salto y abrazando el bolso como si fuera un bebé—. Digo… no, mamá, gracias. Pesa mucho. Llevo… documentos confidenciales de la oficina. Cosas aburridas.

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