Capítulo 2 2
—Oihana, abre la puerta.
Me desperté de golpe.
Durante unos segundos no recordé dónde estaba.
Luego vi el papel tapiz oscuro, el dosel de madera sobre la cama y la lluvia golpeando la ventana.
Casa Izarra.
Y la voz de Roque al otro lado.
—Oihana.
Me incorporé.
El reloj de la mesita marcaba las dos y diecisiete.
Perfecto.
Nada bueno ocurría a las dos y diecisiete de la madrugada. Ni mensajes de exnovios, ni llamadas familiares, ni hombres guapos pidiéndote que abrieras una puerta después de advertirte expresamente que no lo hicieras.
Bajé los pies al suelo.
—¿Roque?
Silencio.
Me mordí la lengua.
Genial, Oihana. Primera noche y ya habías roto la regla más sencilla: no responder.
La madera crujió bajo mis pies cuando me acerqué.
—Necesito que abras.
La voz sonaba exactamente igual.
Grave. Controlada. Casi impaciente.
Apoyé la mano en el picaporte.
Entonces recordé sus dedos rodeando mi muñeca.
Sobre todo si soy yo.
Retiré la mano.
—Si realmente eres tú, tendrás que esperar hasta que salga el sol.
Algo arañó la puerta.
Una vez.
Dos.
Tres.
Retrocedí.
—Eso tampoco funciona conmigo.
El arañazo se detuvo.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después escuché una risa baja al otro lado.
No era la de Roque.
Corrí hacia la cama, me metí debajo de las mantas y decidí que la dignidad podía esperar hasta la mañana.
Dormí poco.
Me quedé sentada contra el cabecero, escuchando cada ruido de la casa. El viento golpeaba los cristales, las tuberías protestaban y, en algún lugar del pasillo, algo arrastraba un peso que avanzaba unos metros y se detenía. Intenté convencerme de que una mansión junto al mar tenía derecho a sonar como una anciana con artritis.
A las cuatro, encendí la lámpara y revisé el contrato.
Ninguna cláusula mencionaba voces.
Tampoco fantasmas, apariciones ni propietarios con antebrazos indecentemente atractivos.
Eso último, admití, habría sido difícil de redactar.
Pensé en llamar a Xiomara. Imaginé su respuesta: «Te dije que cobrar por adelantado era sospechoso».
Apagué el teléfono.
Prefería enfrentarme a una voz sin cuerpo que darle la razón antes del desayuno.
A las siete, alguien llamó.
Esta vez con los nudillos.
—Señorita Larrea —dijo Prudencia—. El desayuno está servido.
—¿Puede demostrar que es usted?
Hubo una pausa.
—Usted dejó sus botas embarradas en mi vestíbulo.
Me levanté.
—Prueba suficiente.
Abrí.
Prudencia miró mi cabello, mi camiseta torcida y el atizador de chimenea que sostenía con ambas manos.
—Veo que descansó bien.
—Como un bebé.
—Los bebés suelen llorar durante la noche.
—Exactamente.
Dejé el atizador.
Entonces vi el libro.
Estaba en el suelo, junto al marco de la puerta.
Era pequeño, encuadernado en cuero verde y cubierto de polvo.
—¿Eso es suyo?
Prudencia siguió mi mirada.
Su cara cambió.
Solo un segundo.
—No.
—Estaba aquí.
—No lo toque.
Naturalmente, lo toqué.
—Señorita Larrea.
—Soy restauradora. Decirme que no toque un libro es como poner queso frente a un ratón con problemas de autocontrol.
El cuero estaba helado.
No frío.
Helado.
Lo abrí.
Las primeras páginas estaban en blanco.
En la quinta apareció una frase escrita a mano.
La casa escogerá cuando llegue la hora.
Leí dos veces.
—Muy acogedor.
Prudencia me quitó el libro.
—Baje a desayunar.
—¿Quién lo dejó?
—Pregúntele al señor Roque.
Eso empezaba a convertirse en la respuesta oficial de la casa.
Encontré a Roque en el comedor, leyendo un periódico junto a una taza de café.
Llevaba camisa blanca, pantalón oscuro y las mangas remangadas hasta los antebrazos.
Aquello debería estar prohibido en mansiones embrujadas.
Una mujer necesitaba conservar alguna capacidad de análisis.
Él alzó la vista.
—Buenos días.
—Eso está por verse.
Me senté frente a él.
—Anoche alguien llamó a mi puerta.
Su taza se detuvo antes de llegar a su boca.
—¿Respondió?
—Depende de su definición de responder.
—Oihana.
—Sí.
La dejó sobre el plato.
—Le dije que no lo hiciera.
—También me dijo que no abriera. Felicíteme por la mitad del trabajo bien hecho.
No sonrió.
—¿Qué escuchó?
—Su voz.
La tensión le endureció la mandíbula.
—¿Qué dijo?
—Que abriera.
—¿Algo más?
—Se rio.
Roque apartó la mirada.
Aquello me inquietó más que cualquier arañazo.
—¿Qué fue?
—La casa tiene corrientes de aire.
Lo miré.
—¿Las corrientes de aire ahora imitan voces masculinas?
—Es una propiedad antigua.
—Y yo nací ayer.
Prudencia entró con café y dejó el libro verde junto a Roque.
Él perdió el color.
—¿Dónde estaba esto?
—Frente a su habitación —respondió Prudencia.
Roque me miró.
—¿Lo abrió?
—Estoy empezando a sentirme injustamente juzgada por mi profesión.
Se levantó.
—No vuelva a tocarlo.
—¿Por qué?
—Porque se lo estoy diciendo.
—Esa explicación tampoco mejoró durante la noche.
Sus ojos bajaron a mi boca un instante.
Fue rápido, pero lo vi.
Y mi cuerpo, traidor sin principios, también.
Roque rodeó la mesa hasta detenerse frente a mí.
—Hay cosas en esta casa que no entiende.
—Entonces explíquemelas.
—No.
—Magnífico sistema educativo.
Me puse de pie.
Quedamos demasiado cerca.
Yo apenas le llegaba al hombro, detalle irritante porque obligaba a levantar la barbilla para discutir.
—Me contrató para restaurar una biblioteca. Si aparecen libros antiguos frente a mi puerta, forman parte de mi trabajo.
—Ese no.
—¿Por qué?
—Porque no pertenece a la biblioteca.
—¿A quién pertenece?
Roque apretó la mandíbula.
No respondió.
—Eso pensé.
Tomé una tostada y salí antes de que su cara consiguiera hacerme olvidar que estaba enfadada.
La biblioteca resultó ser una distracción excelente.
Pasé la mañana midiendo humedad, revisando lomos y tomando fotografías de daños. Había suficiente trabajo para seis semanas y suficiente belleza para justificar varias decisiones cuestionables.
A media mañana intenté alcanzar un volumen del estante superior.
La escalera corrediza se movió.
—Mierda.
Una mano se cerró alrededor de mi cintura.
Roque me sujetó antes de que perdiera el equilibrio.
Mi espalda quedó contra su pecho.
Su otra mano se apoyó en mi cadera.
Durante un momento ninguno habló.
Noté su respiración junto a mi oreja.
—Podría pedir ayuda —murmuró.
—Podría arreglar la escalera.
—También.
No me soltó inmediatamente.
Giré la cabeza.
Demasiado cerca.
Su boca estaba a pocos centímetros.
—¿Siempre toca así a sus empleadas?
—Solo a las que intentan romperse el cuello antes del almuerzo.
—Qué alivio.
Sus dedos se tensaron apenas sobre mi cintura.
Mi estómago decidió participar en una conversación a la que nadie lo había invitado.
Roque bajó la mirada a mis labios.
Esta vez no fingió que no lo había hecho.
Yo tampoco.
—Debería soltarme.
—Probablemente.
—No parece convencido.
—No lo estoy.
El calor me subió por el cuello.
Entonces algo cayó detrás de nosotros.
Nos separamos.
El libro verde estaba sobre la mesa.
El mismo que Prudencia había dejado en el comedor.
Lo miré.
Luego miré a Roque.
—¿Lo trajo usted?
—No.
Abrí el volumen antes de que pudiera impedírmelo.
Había una frase nueva.
Debajo de la anterior.
Ya ha entrado.
Roque me arrancó el libro de las manos.
—Suba a su habitación.
—Ni hablar.
—Oihana.
—Quiero saber qué significa.
Él cerró el libro.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía asustado.
—Significa que esta casa ya sabe quién es usted.
—¿Y eso qué tiene de malo?
Roque me sostuvo la mirada.
—Que llevaba treinta años esperando que llegara.
