Capítulo 2 Sombra en los pasillos
El primer “no” que salió de sus labios no fue violento ni tajante, fue suave, casi tierno, como si estuviera cuidando de no herirme. Pero lo que Elena no entendió fue que, al hacerlo, clavó la semilla de un deseo que no podría arrancar jamás.
La recuerdo, en ese pasillo de la universidad, con sus carpetas contra el pecho y ese gesto nervioso que hacía con los labios cuando no sabía cómo decir algo desagradable.
—Octavio… eres un buen chico, pero no estoy interesada —me dijo con esa voz serena que parecía una melodía en mi cabeza.
Un buen chico, aquello me repugnó y me fascinó al mismo tiempo. ¿Quién era ella para juzgarme, para reducirme a una etiqueta insípida? Pero también… ¿quién era yo para recibir de su boca cualquier palabra, aunque fuera un rechazo? La amabilidad de su negativa me confundió. Durante unos segundos, creí que había esperanza, que quizá era una prueba.
Me marché con una sonrisa forzada, asentí como si lo aceptara, pero dentro de mí algo había cambiado. Fue como si me hubieran arrancado una capa de piel y debajo solo quedara carne viva, ardiente, vulnerable, obsesionada.
Desde ese día, la universidad ya no fue un lugar de estudios, fue un tablero de ajedrez, y yo comencé a mover piezas para acercarme a ella.
El descubrimiento de sus rutinas
Elena tenía costumbres, todos las tienen, pero en ella eran como rituales sagrados que yo debía conocer, memorizar, respetar.
Llegaba siempre quince minutos antes a clase de Historia del Arte, con un café humeante entre las manos. Se sentaba en la tercera fila, junto a la ventana, y desplegaba sus bolígrafos de colores como si fueran armas para conquistar el conocimiento.
A la salida, casi siempre se dirigía a la biblioteca, ocupaba la misma mesa en la esquina y se recogía el cabello en un moño desordenado. A veces tarareaba muy bajo, una costumbre que solo alguien observador o alguien como yo, podía notar.
La seguí sin que se diera cuenta, caminaba dos pasos detrás, a veces cambiaba de rumbo para adelantarla y observarla de frente, fingiendo casualidad. Aprendí dónde vivía, una residencia femenina, con portones altos que me impedían la entrada. Eso no me detuvo, me quedaba en la acera de enfrente, fumando, observando qué horas tenía libres, con quién hablaba, cómo reía.
El veneno del rechazo
Cada vez que la veía sonreír con otro, una ira irracional me corroía el pecho. ¿Por qué ellos sí merecían verla reír y yo no? ¿Qué tenían que yo no pudiera darle multiplicado por mil?
Intenté hablarle de nuevo una semana después de aquel rechazo, pero su mirada fue clara, firme, decidida.
—Octavio, de verdad… mejor no insistas.
No me gritó, no me humilló, fue delicada, como quien aparta una flor marchita para que no estorbe a las frescas. Ese gesto, ese maldito gesto, me hizo sentir invisible.
Invisible.
Esa palabra me dolía más que cualquier bofetada y, yo no podía permitirlo.
Las sombras se vuelven aliadas
Empecé a manipular, primero a sus compañeras de clase. Algunas eran fáciles, bastaba con mostrarme atento, ayudar en tareas, compartir apuntes. Poco a poco, conseguí que me mencionaran cuando estaban con Elena. Que dijeran “Octavio es muy amable”, “Octavio me ayudó mucho”. Sembraba mi nombre como un virus en su entorno, para que ella no pudiera escapar de él.
Conseguí también que un profesor me asignara como líder en un proyecto en el que Elena participaba. Recuerdo la primera reunión, ella me miró con sorpresa, como si el destino jugara en mi favor. No sabía que ese destino era yo, moviendo los hilos en las sombras.
Durante ese proyecto, logré observarla aún más de cerca. Su forma de inclinarse sobre los papeles, el brillo en sus ojos cuando discutía con pasión sobre un cuadro, la manera en que se mordía el labio inferior cuando estaba en desacuerdo. Todo era mío, porque yo lo registraba, lo memorizaba, lo guardaba.
Elena creía que era libre, pero ya estaba atrapada.
El laberinto de mi mente
Las noches eran peores, la imaginaba en su cuarto, con la lámpara encendida, leyendo algún libro de poesía. Me preguntaba cómo dormiría, si usaba camisón o camiseta, si el roce de las sábanas le arrancaba un suspiro.
La obsesión era un fuego que me devoraba y que solo podía saciar siguiéndola, respirando el mismo aire que ella.
Hubo una noche en que me quedé más de tres horas frente a la residencia, esperando verla a través de alguna ventana. Cuando finalmente apareció, cerrando las cortinas, sentí que me dejaba una migaja, un regalo secreto para mí.
En mi mente, ella sabía que yo estaba allí, en mi mente, ella lo aceptaba.
El poder de la manipulación
No tardé en dar un paso más. Conseguí acercarme a uno de los chicos que solían rondarla. Un imbécil risueño que creía tener oportunidades con ella. Me gané su confianza, lo invité a beber, lo escuché despotricar sobre cómo Elena lo trataba “como a un amigo”. Y, en lugar de aconsejarlo, sembré dudas, pequeñas frases envenenadas.
—Quizá no te toma en serio porque hablas demasiado.
—He visto cómo mira a otros… tal vez ya tiene a alguien.
Lo suficiente para apartarlo de su camino, para reducir las distracciones.
Cada obstáculo que desaparecía me acercaba más a ella.
El segundo encuentro
Recuerdo una tarde lluviosa, cuando fingí olvidar un cuaderno en la biblioteca y me acerqué a su mesa. Ella levantó la vista, sorprendida.
—¿Otra vez tú? —preguntó con una sonrisa ligera.
Ese “otra vez” me taladró el cerebro. ¿Significaba molestia? ¿O acaso estaba resignada a que yo formara parte de su vida?
Me senté frente a ella, fingie
ndo indiferencia.
—Parece que coincidimos mucho —dije, como si fuera casualidad, como si no hubiera trazado cada movimiento para que así ocurriera.
Hablamos de banalidades, de tareas, de profesores. Ella se mostró cortés, distante, pero yo sabía que detrás de esa distancia había una grieta. Y yo era experto en colarme por las grietas.
El despertar de la obsesión
Esa noche no pude dormir, su voz, su risa apagada, incluso el olor de su perfume flotaban en mi memoria. Era como una droga que ya corría por mis venas.
Me prometí que no habría un tercer rechazo, no lo aceptaría.
Elena Navarro sería mía., no importaba cuánto tuviera que manipular, mentir o incluso destruir.
Yo no veía un futuro sin ella. Y, si tenía que convertirme en su sombra para lograrlo, lo haría con gusto.
Porque las sombras, al final, siempre se adhieren a quien iluminan.
Y yo ya era su sombra.
