Capítulo 4 Primer rechazo
Nunca olvidaré la forma en que me miró aquella tarde. No fue un simple gesto, ni un desdén casual de esos que uno recibe a diario y se borran con el paso del tiempo. No, esa mirada suya estaba cargada de algo más profundo, una mezcla de dulzura y firmeza, un límite invisible que pretendía imponerme. Fue el momento en que Elena me mostró que no compartía mi visión de lo que éramos. Y aunque muchos habrían entendido aquella advertencia como una negativa rotunda, yo lo tomé como una prueba que el destino ponía ante mí.
Me engañaba con la convicción de un profeta.
El día comenzó como cualquiera en la universidad de Madrid, en esos pasillos impregnados de voces, pasos y libros. Yo ya había calculado cada detalle, el lugar donde debía coincidir con ella, el tono de mi voz, incluso las frases sueltas que iba a pronunciar para que parecieran casuales, cuando en realidad eran piezas de un guion cuidadosamente ensayado.
Elena había sido asignada conmigo en un proyecto de Literatura Comparada, y durante semanas yo había aprovechado la oportunidad para hacerme indispensable.
Conseguí que un profesor pospusiera la entrega de un trabajo, convencí a un par de compañeros para que no pudieran estar disponibles y organicé las reuniones en lugares estratégicos donde solo nosotros dos coincidiéramos. Ella creía en las casualidades; yo sabía que nada en su vida lo era desde que la conocí.
Ese día, tras una sesión en la biblioteca, reuní el valor para hablarle con más franqueza. Me había convencido de que era el momento de dar el paso definitivo. Tenía todo a mi favor, mi dedicación, mi aparente amabilidad, incluso la forma en que me aseguraba de tener siempre lo que ella necesitaba antes de que lo pidiera. Era imposible que no reconociera que yo estaba destinado para ella.
—Elena , llevo tiempo queriendo decirte algo,—comencé, cuando guardaba sus libros en el bolso.
Ella me miró, con esos ojos claros que me atravesaban como cuchillas y a la vez me acariciaban el alma. Sonrió, como siempre hacía, con esa educación impecable que la volvía aún más irresistible.
—¿Qué ocurre, Octavio? —preguntó, con la voz serena.
Yo respiré hondo, en mi mente, ese instante era el preludio de lo inevitable, el inicio de una historia que se contaría durante generaciones.
—Tú y yo... Hemos compartido tantas horas, tantas ideas. No puedo evitar sentir que entre nosotros hay algo más.—balbuceé, buscando palabras que no sonaran demasiado bruscas.
Lo dije con la seguridad de quien sabe que no puede fallar.
Pero entonces sucedió lo inesperado, Elena dejó de sonreír, sin perder la cortesía, y bajó un poco la mirada. Sus labios se entreabrieron con suavidad y su respuesta fue un puñal envuelto en terciopelo.
—Octavio, te aprecio mucho, eres un gran compañero y me has ayudado bastante... pero yo solo te veo así, como un amigo de clase.
Su tono no tenía crueldad, pero sí una claridad que helaba, era una línea trazada con firmeza, un muro.
Muchos habrían sentido vergüenza, habrían retrocedido con la cola entre las piernas. Yo no, yo la observé, grabando cada matiz de su voz, cada pequeño temblor en sus dedos al sostener la correa de su bolso. Y lo entendí todo, Elena no me rechazaba por falta de interés, sino porque temía lo que sentía. Su negativa era una defensa, un disfraz de su verdadero deseo.
La mente humana tiene la capacidad de moldear la realidad. Yo lo hice en ese instante, transformé sus palabras en un desafío, una prueba de fidelidad al amor que yo estaba dispuesto a ofrecerle.
—Lo entiendo ...Y lo respeto.—respondí, con calma fingida.
Pero en mi interior, un fuego ardía.
La vi alejarse por el pasillo, con su andar ligero, sin volver la vista atrás. Y mientras otros estudiantes reían y charlaban a nuestro alrededor, yo solo escuchaba el eco de su rechazo repitiéndose en mi cabeza. No era un “no”. Era un código secreto, un acertijo que debía descifrar.
Ese mismo día, mi obsesión dio un giro. Ya no se trataba de atraerla con detalles, de ganarme su simpatía a través de manipulaciones sutiles. Ahora se trataba de algo mayor, conquistar su voluntad, moldearla hasta que reconociera lo que yo ya sabía.
Por la noche, en mi habitación, escribí en mi cuaderno:
El amor verdadero siempre se prueba con obstáculos. Ella me está probando. Si cedo, si me retiro, perderé. Si persisto, venceré.
La idea me dio paz, como un rezo.
A la mañana siguiente, cambié de estrategia. Dejé de ser el amigo servicial para convertirme en el observador silencioso. Si ella quería convencerme de que solo me veía como un compañero, yo iba a demostrarle que la conocía más de lo que se conocía a sí misma.
Volví a seguirla, con cuidado, descubriendo a qué cafetería solía ir después de clases, a qué horas prefería estudiar en la biblioteca, qué calles recorría cuando salía a caminar sola. Tomaba notas, analizaba patrones, memorizaba cada detalle.
No era acoso, me decía, sino amor verdadero. Un amor que exige sacrificios y vigilancia.
Una tarde, la vi conversar con un chico de otro curso, riendo con una naturalidad que me resultó insoportable. No sentí celos, sino una ira fría. ¿Cómo podía ella desperdiciar su sonrisa con alguien que no la merecía? En ese instante decidí que también debía controlar su entorno, manipular las piezas del tablero para alejar a todo aquel que intentara interponerse entre nosotros.
Si Elena creía que podía vivir sin mí, yo le demostraría que estaba equivocada.
El rechazo había sido solo el inicio. Ahora estaba en juego la verdadera conquista.
En mi mente, no había duda, ella y yo éramos uno. Y nada, ni siquiera sus palabras, podían cambiarlo.
Ese día comprendí que la voluntad humana puede quebrarse, moldearse, como se dobla el hierro al fuego. Y yo estaba dispuesto a convertirme en el fuego que quemaría todas sus resistencias.
El primer rechazo verdadero no me derrotó. Me convirtió en algo más peligroso: en un hombre decidido a no aceptar un final distinto al que yo había escrito para los dos
