Capítulo 5 El lado oscuro despierta

Nunca me gustó compartir, desde niño, cuando algo me atraía, lo reclamaba como mío sin importar a quién tuviera que arrebatarlo. Juguetes, atención, respeto… o miedo. El miedo siempre fue el más fácil de conseguir, bastaba con mirar fijo, con clavar mis palabras como cuchillos invisibles en el pecho de los demás, para que entendieran que no debían cruzar ciertos límites.

Pero con Elena era distinto, Elena no era un juguete ni un trofeo, era mucho más, era mi obsesión, mi propósito, mi aire. Desde que la vi aquella mañana soleada en los pasillos de la facultad, supe que había nacido para pertenecerme. No importaba que me sonriera con cortesía ni que después pusiera distancia con palabras educadas.

Eso no era un rechazo, no podía serlo. Era una prueba, una forma de medir hasta dónde llegaría por ella.

Y yo estaba dispuesto a todo.

Lo que no calculé fue el atrevimiento de los demás, el mundo estaba plagado de insectos que osaban acercarse a lo que me pertenecía. Y uno de ellos cometió el error de probar mi paciencia.

La tarde había sido tranquila hasta ese instante, la universidad hervía de estudiantes yendo de un lado a otro, cargando libros, risas, prisas. Yo había seguido a Elena a cierta distancia, como siempre, ella no lo sabía, pero cada paso suyo lo conocía de memoria, su ruta habitual, las cafeterías donde prefería sentarse, las horas en que estudiaba en silencio en la biblioteca. Ese día, sin embargo, algo cambió.

Un idiota, un mocoso de tercer año cuyo nombre apenas recordaba, Javier o Julián, qué más daba, se le acercó mientras caminaba hacia la explanada. Lo vi detenerla con una sonrisa estúpida, esa sonrisa nerviosa y torpe de los que creen que merecen algo que jamás podrán sostener.

Me quedé observando desde la sombra de un pilar, Elena, amable como siempre, sonrió con dulzura y le permitió acompañarla unos pasos. Yo me mordí la lengua. La paciencia es un arte, me repetí, ella no lo hacía por interés, era su bondad natural. Sí, tenía que ser eso.

Pero entonces sucedió.

Él, sin derecho alguno, sin pedir permiso, sin siquiera considerar que ella no era suya, se inclinó y le besó.

Un beso.

Una marca invisible.

Una ofensa directa contra mí.

El corazón me martilló en los oídos, Elena no se apartó, no lo rechazó, le sonrió con timidez y ese idiota, volvió a besarla. Cuando se separaron mi sangre hervía, nadie toca lo que es mío.

Lo seguí hasta el anochecer, Javier, o como se llamara, ni siquiera notó mi presencia. Se fue a beber con unos amigos en un bar cercano a la residencia estudiantil. Reía, se jactaba, hablaba de Elena como si ese insignificante roce le diera algún tipo de poder. Sus amigos lo celebraban, borrachos y ciegos.

Yo no bebí, no hablé, no reí, solo esperé.

La espera es un veneno dulce, mientras más tiempo pasa, más se concentra en la sangre. Cuando finalmente salió tambaleando hacia la calle oscura, sentí la calma de quien está a punto de completar un ritual.

Lo alcancé en un callejón sin salida, apenas iluminado por una farola parpadeante. Su risa se congeló cuando me oyó detrás de él. Se giró con lentitud, reconociéndome apenas.

—¿Octavio? ¿Qué haces aquí?—balbuceó.

No respondí, solo avancé, cada paso resonando en la penumbra, él retrocedió hasta chocar con la pared húmeda.

—Mira, si es por Elena… yo… no fue nada, ¿de acuerdo? Solo… solo una tontería.

“Solo una tontería.”

La frase se repitió en mi mente como un eco grotesco.

—No —dije al fin, fue una falta de respeto.

Mi voz baja, controlada, como la de un juez dictando sentencia.

Él levantó las manos en señal de paz, yo ya había dejado de verlas como manos. Eran alas de mosca batiéndose en vano antes de ser arrancadas.

No recuerdo exactamente el primer golpe, sé que mis nudillos ardieron al estrellarse contra su pómulo, que el sonido hueco de su cráneo me produjo una euforia casi placentera. Javier gritó, intentó cubrirse, pero yo no le di tregua.

Cada golpe era una respuesta.

Cada grito suyo era música.

Cada gota de sangre confirmaba lo que siempre supe, yo tenía el control.

Lo arrastré por el suelo como a un muñeco roto, su respiración se volvió entrecortada, sus ojos abiertos de par en par, suplicantes. Ese miedo… ah, ese miedo era pura gloria. No era odio lo que sentía en ese instante. No, era algo más profundo: un gozo primitivo, una sensación de poder absoluto.

Me incliné sobre él y susurré..

—Nunca vuelvas a mirarla, nunca vuelvas a nombrarla. Elena no es para ti… ni para nadie más.

Su sollozo fue la confirmación, yo sonreí.

Caminé de regreso a mi apartamento con las manos aún manchadas de rojo. El frío de la madrugada no logró apagar el calor que hervía en mis venas. En el espejo del baño, mis ojos parecían más oscuros que nunca, casi negros, y había una curva en mis labios que jamás antes había visto: la sonrisa de alguien que había descubierto su verdadero rostro.

Esa noche dormí como nunca.

No tuve pesadillas, no tuve remordimientos.

Tuve un sueño vívido, perfecto, Elena, en mis brazos, agradeciéndome por protegerla de los insectos que osaban acercarse.

Los días siguientes, Javier no apareció por la universidad. Decían que había tenido un accidente, que lo habían asaltado en la calle, nadie sospechó de mí, nadie se atrevió siquiera a mirarme demasiado tiempo. El rumor de la violencia quedó flotando como un secreto sucio en los pasillos, pero yo… yo disfrutaba de cada mirada esquiva, de cada silencio incómodo.

Me había convertido en algo más que un simple estudiante.

Me había convertido en una sombra, en un espectro que nadie quería provocar.

Y me gustaba.

El lado oscuro que siempre había dormido en mí había despertado por completo. Y ya no había marcha atrás.

Porque comprendí algo esencial,

Elena podía seguir rechazándome, podía seguir ignorándome… pero yo no necesitaba su aprobación para ser parte de su vida.

Lo único que necesitaba era eliminar, uno por uno, a quienes intentaran interponerse entre nosotros.

Y el mundo estaba lleno de candidatos.

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