Capítulo 1 Regreso
Dahira ajustó sus lentes oscuros y subió un poco más la enorme bufanda que le cubría el cuello. La peluca castaña y corta que llevaba puesta le picaba en la frente, pero era un precio bajo a pagar, porque no podía arriesgarse a que la reconocieran. Su Tía Elena caminaba a su lado con pasos firmes, aunque ambas sabían que por dentro temblaba más que la propia Dahira, pues su mano derecha apretaba con fuerza la de su sobrina.
Elena era su roca, la mujer que se hizo cargo de ella cuando apenas tenía doce años y el mundo se le vino abajo. Dahira todavía recordaba sus manos temblorosas limpiándole las lágrimas la noche en que asesinaron a su madre. Ese día su niñez terminó, y su padre, en un intento desesperado por mantenerlas a salvo, les ordenó subir a un avión con destino a Estados Unidos.
El padre de Dahira se encargó de cada responsable de la muerte de su esposa; y ahora que el camino estaba despejado, exigía el regreso de su hija cuanto antes porque quería recuperar el tiempo perdido.
—Tranquila, mi niña —le susurró Elena con discreción—. Ya estamos aquí. Todo va a estar bien.
Dahira asintió en silencio, tragándose el nudo que se le formaba en la garganta. Caminaron a pasos rápidos hasta llegar al final del salón del aeropuerto, y allí, junto a la acera de salidas, un auto negro de vidrios oscuros las esperaba.
Estaba blindado, de esos que parecían sacados de una película de acción. La puerta del conductor se abrió y un hombre de seguridad bajó rápidamente para tomar las maletas, pero los ojos de Dahira se desviaron de inmediato hacia la parte trasera. Su padre descendió del vehículo con esa postura seria que siempre lo caracterizaba. Habían pasado años desde la última vez que Dahira lo había visto cara a cara, pero no había cambiado tanto. Seguía siendo un hombre alto para sus cincuenta años, vestido con un traje impecable, su cabello ya no era tan negro, ahora estaba cubierto por hilos plateados que le daban un aire aún más frío y respetable, aunque ese detalle ya lo había notado en las videollamadas que mantenían a diario.
Al verla disfrazada, una sombra de sonrisa casi imperceptible cruzó su rostro. Se abrazaron por unos segundos que a Dahira le parecieron muy cortos, y luego él tomó su cara entre las manos.
—Dahira —le susurró con la voz cargada de nostalgia—. Es hora de volver a casa.
Los días pasaron lentos y aburridos para Dahira. Su padre no le permitía aún tener la vida social que se le arrebató al llegar a la ciudad, y eso la tenía sumergida en un estado de silencio absoluto.
Llevaba días sin ver a su tía, la cual conoció a un hombre que según le había contado en una llamada, era el cuarto amor de su vida.
Sentada en el borde de la ventana, con las rodillas pegadas al pecho mientras observaba el jardín frente a su habitación, ella solo podía hacer una cosa: pensar en todo lo que tuvo que dejar atrás y en como su vida había vuelto a cambiar por segunda vez. A veces, sentarse allí era el único momento del día en que se sentía real. Todo lo demás parecía una jaula de oro muy bonita, pero jaula al fin.
La puerta se abrió tras un par de golpes y su padre apareció en el umbral.
—Sigues en pijama —dijo con seriedad. Su voz nunca sonaba a enojo, pero era peor: puramente ejecutiva—. Los estilistas llegan en media hora.
Dahira suspiró, apoyando la mejilla en sus rodillas para mirarlo.
—Hola, papá. Yo también estoy muy bien, gracias por preguntar —respondió con sarcasmo.
Él ignoró la ironía con la facilidad de quien estaba acostumbrado a sus pequeñas rebeliones. Dio un par de pasos hacia el centro de la habitación, pero sus ojos permanecieron fijos en la pantalla de su teléfono. A veces Dahira se preguntaba si ese aparato recibía más atención que ella.
—La gala de beneficencia empieza a las ocho —continuó sin levantar la vista—. Asistirán los personajes más importantes de la industria del arte, incluidos los nuevos inversores de nuestras tres galerías principales. Necesito que estés lista, radiante y, sobre todo, puntual. Tu presencia no es negociable esta noche, Dahira. Y lo sabes.
—Pues no, no sabía que mi cara en las revistas fuera tan indispensable para cerrar tus negocios —replicó poniéndose de pie.
Su padre guardó el teléfono en el bolsillo y la miró directamente. Dahira sabía que la quería a su manera, pero le dolía ver esa fría convicción con la que asumía que todo, incluso la familia, era una inversión.
—Tu presencia allí demuestra estabilidad, Dahira. Demuestra que somos una familia con un legado, no solo gente con dinero en el banco —le explicó—. Ya está todo listo: tu vestido, los zapatos. Por favor, compórtate con los empleados y evita los dramas. Patrick te recogerá a las siete y media en punto.
Sin esperar respuesta se dio la vuelta y salió, dejando la puerta entreabierta. Dahira quería contestarle que su familia había dejado de serlo en el instante en que perdieron a su madre, pero no tuvo el valor de soltar una sola palabra.
Caminó lentamente hacia el vestidor y deslizó la cremallera de la funda de seda. Torció los ojos cuando salió a relucir el vestido de alta costura, el disfraz perfecto que la convertiría por primera vez, en el accesorio más caro del imperio de su padre.
(***)
—Si firmas esto, no hay vuelta atrás. Estás entrando a una jaula de lobos.
La advertencia del capitán fue clara mientras deslizaba el documento sobre la mesa de su oficina. Aquello era un boleto de ida al infierno sin retorno, pero Dan miró el papel un segundo, luego buscó la mirada del capitán y firmó sin rechistar.
—¿Cuándo empezamos? —preguntó.
—De inmediato. Esta tarde Charles abrirá una cuenta a tu nombre con fondos suficientes, y aquí tienes tu nueva identidad y tu currículum —explicó el capitán, entregándole una carpeta llena de papeles—. En cuanto llegues a tu nuevo apartamento, revisa el armario y elige lo que llevarás a la gala benéfica. Tienes cinco días para prepararte. Nuestro objetivo ya ha oído hablar de ti y ha pedido conocerte personalmente.
El capitán entrelazó las manos sobre el escritorio observándolo con seriedad. Para él, estar al mando de una operación de ese nivel resultaba demasiado arriesgado, pero Dan estaba dispuesto a asumir su rol con la profesionalidad que se esperaba de él. Llevaba años preparándose para algo así y no podía perder la oportunidad.
—Espero que me hayas conseguido todo lo necesario para mezclarme con la alta sociedad —comentó mientras daba una mirada rápida a las primeras páginas—. Lo quiero todo.
—Tranquilo, lo tenemos casi todo cubierto. Solo asegúrate de memorizar cada detalle y el juego será nuestro. Y Dan, por favor, ten cuidado.
—Siempre lo tengo, capitán —respondió Dan poniéndose de pie y recogiendo sus cosas—. Espero que me hayas dejado una buena recomendación.
—El mejor guardaespaldas del país —aseguró guiñándole un ojo con una media sonrisa. Dan sonrió de vuelta y se despidió con un saludo militar.
