Capítulo 2 Plan en marcha
Durante las siguientes noches Dan apenas durmió. Llevaba cuatro noches sepultado bajo una montaña de papeles que parecía no tener fin. Su memoria fotográfica ayudaba, claro, pero no le quitaba la sensación de que algo se le escapaba. Había demasiados cabos sueltos y los tipos detrás de todo aquello eran profesionales; sabían cómo borrar sus huellas y convertir cada pista en un callejón sin salida.
Cuando Dan se enteró del robo a las tres joyerías más famosas de Europa sintió que era su momento. Acababa de incorporarse al servicio y se moría por estar en un caso tan importante. Su padre había servido al país durante más de cuarenta años, y Dan había crecido limpiando sus medallas, viendo su foto en los periódicos y escuchando su nombre con respeto en los pasillos de la academia militar. Toda su vida había intentado llenar esos zapatos gigantescos, queriendo demostrarle –y demostrarse–, que podía ser como él. Ahora tenía la oportunidad que tanto había buscado, porque lo habían elegido para infiltrarse en un mundo en el que cada paso atraía al peligro.
¿Por qué lo eligieron a él?
La respuesta era sencilla:
Sabía perfectamente cómo funcionaba la mente de un hombre con miles de millones en la cuenta y un coeficiente criminal elevadísimo. Llevaba cuatro años especializándose en ese mundo y sus resultados eran satisfactorios a pesar de su corta edad.
Jhon le había contado que el objetivo empezaba a sospechar de la poca familia que le quedaba. No era secreto que el dueño de las mejores galerías de arte del país tenía negocios oscuros, y que las galerías eran solo la cobertura de su imperio. Cuando un hombre con ese poder dejaba de confiar en la gente que lo rodeaba, buscaba a alguien de fuera, alguien con un historial a la altura de tales responsabilidades. Su hija había regresado de Estados Unidos apenas unos días atrás. Había estado viviendo lejos del caos, de los negocios turbios y de las amenazas constantes; pero su regreso lo cambiaba todo. El padre sabía perfectamente que su presencia en el país no pasaría desapercibida y que, de inmediato, se convertiría en el mayor punto débil de su imperio.
Seguramente sus rivales estaban esperando el momento justo para golpear donde más le dolía, y una chica recién llegada, desacostumbrada a andar bajo seguridad, era el blanco perfecto.
Ahí entraba Dan.
En su cabeza, todo sonaba sencillo. Pero a pocas horas de tener a su objetivo cara a cara, la realidad lo golpeaba. No dudaba de su capacidad, pero el estómago se le apretaba igual. El primer paso ya estaba dado: tenía las tarjetas de crédito y una vida falsa que empezaba a sentirse extrañamente cómoda. Para él era pan comido.
Además, sabía que en la gala benéfica el hombre presentaría oficialmente a su hija ante los medios. Y esa era la llave de todo lo que necesitaba para llegar a la verdad.
Dos golpes secos en la puerta lo sacaron de sus pensamientos. Por puro instinto, su mano viajó a la cintura, asegurando el arma entre la camisa y el pantalón.
No conocía a nadie en esa ciudad, así que se acercó en silencio, giró el picaporte con recelo y abrió la puerta. Al otro lado, un chico con aspecto de nerd, aferrado a los tirantes de su mochila como si protegiera lo que llevaba dentro le dedicó una sonrisa tímida.
—Hola, me llamo Sean y... bueno, soy tu compañero. No sé si el capi te avisó, todo fue super rápido y a última hora, pero aquí estoy. Si no es mucha molestia y me dejas pasar, te puedo explicar todo lo que...
El chico hablaba a una velocidad ridícula. Dan sintió un pinchazo de dolor de cabeza y se frotó las sienes.
—¿Podrías, solo, callarte un segundo? —lo interrumpió haciéndose a un lado—. Acabo de ver el mensaje de Jhon. Pasa.
Sean suspiró aliviado y entró arrastrando los pies como un niño pequeño. Su cabello castaño despeinado se meneaba de un lado a otro y Dan arqueó una ceja, preguntándose qué shampoo usaría aquel sabelotodo. Definitivamente las noches en vela estaban aplicando su efecto.
Sacudió la cabeza para activar un poco de energía tras tanto agotamiento y cerró la puerta tras él, preguntándose seriamente cómo iba a sobrevivir los próximos meses con ese personaje al lado.
Entonces el teléfono sonó sobre la mesa del comedor y lo tomó para contestar.
—Sí, Jhon, ya llegó el nerd —informó sin ocultar su molestia.
—¡Perfecto! ¡Que comience la acción! No me decepcionen.
Dan colgó y observó a su nuevo compañero, quien ya había comenzado a sacar aparatos de su mochila con demasiada confianza. El chico lo miró espectante y con una sonrisa se sentó en el sofá.
—¿Entonces? ¿Dónde dormiré yo?
Dan torció los ojos, no le hacía gracia trabajar en conjunto, y menos con un sabelotodo que parecía tener no más de diecinueve años. El chico se veía demasiado novato y solo la idea de un error le alteraba los nervios a Dan.
Aún así, decidió otorgarle el beneficio de la duda y mantenerse tranquilo.
