Capítulo 3 La gala

La gala benéfica estaba resultando una tortura para Dan. No estaba acostumbrado a los salones repletos de gente refinada y reporteros haciendo preguntas incómodas, pero tenía claro que estaba haciendo su trabajo y debía fingir comodidad.

Decidió caminar un rato en lo que iniciaba el evento, y tras seguir un pasillo lateral, se encontró con una sala colmada de cuadros exclusivos. Habían pocas personas en la habitación, pero entre ellas una en específico captó su atención. Era una joven totalmente desconocida para él.

Ella estaba de pie, a solo un par de metros de distancia. Y mientras los demás invitados intentaban captar la atención de los fotógrafos, ella permanecía completamente deslumbrada con la pintura. La luz de una lámpara caía sobre su cuerpo, destacando su delgado cuello y el brillo de su cabello rojizo. Vestía con una elegancia sencilla para la ocasión, sin una sola muestra de joyas exageradas, y aquel vestido blanco con flores doradas y mangas de encaje la hacía parecer un ángel.

Dan se quedó inmóvil, atrapado por una belleza auténtica. Necesitaba concentrarse en otro cuadro porque sentía que el aire no circulaba en sus pulmones. Ella giró la cabeza despacio hacia él, como si hubiera intuido que la estaba mirando. Sus ojos se encontraron y en lugar de apartar la vista como él esperaba, ella sostuvo el contacto visual y le regaló una sonrisa genuina. La complicidad era tan evidente que Dan podría haber apostado a que ambos se habían escabullido hasta allí con el mismo propósito. Nunca había visto unos ojos verdes tan intensos.

—Es fascinante, ¿verdad? —dijo ella mientras lo veía acercarse—. Los trazos dicen nada y todo a la vez.

Dan tardó más de cinco segundos en reaccionar; nunca se había dedicado a pensar en eso.

—Pienso lo mismo —mintió, colocándose junto a ella y rompiendo el contacto visual hacia el lienzo—. Es una de las cosas más hermosas que he contemplado esta noche.

—Deberías comprarlo entonces.

—No he venido a eso —suspiró sin dejar de observar el cuadro—. Además, si lo hiciera, no tendría cómo pagar el taxi de regreso a casa.

Ella soltó una risa corta y dulce. Dan imaginó su rostro en ese instante, achinando los ojos y estirando los labios rojos en una sonrisa hermosa. La sensación de conocerla de toda la vida no se iba. No sabía qué le estaba pasando, pero tenía que detenerse cuanto antes.

Un empleado los interrumpió y le dijo algo al oído a la joven, pero ella ladeó la cabeza con resignación y asintió. Entonces miró a Dan una vez más a los ojos y le regaló una sonrisa tímida por primera vez.

—Tengo que irme, ha sido un placer dialogar con usted —bromeó, como si pronunciar esas palabras fuera una obligación.

—El placer es todo mío —respondió Dan imitando su actitud, y por tercera vez la sonrisa inundó su rostro.

Las personas comenzaron a agruparse en dirección a otra sala. Dan los siguió y se adentró en un salón lleno de sillas blancas alineadas. Mantuvo la postura relajada con la que había llegado, pero sus ojos no paraban de escanear todo el lugar. No podía olvidar que estaba allí por una razón: todas las pistas apuntaban al anfitrión de la gala.

Entonces Adriano Mendoza apareció de repente, caminando entre la multitud hacia la parte central de la sala y un aplauso unánime estalló entre los presentes. Dan lo observó con desconfianza, memorizando cada gesto y expresión. Al llegar al centro Mendoza levantó una mano, pidiendo silencio con superioridad.

—Queridos amigos, gracias por estar aquí. Sé que es imposible ignorar la tragedia mediática que nos ha rodeado estos últimos días... —hizo una pausa dramática—. Me refiero al lamentable robo en las tres joyerías. Un horrible crimen que ha dejado en duda la capacidad de quienes deben velar por la seguridad humana y material de este país.

Mendoza negó con la cabeza en un gesto de fingida indignación, y Dan apretó los dientes detrás de su sonrisa fingida; estaba convencido de que aquel hombre era el cerebro detrás de cada uno de los robos.

—Pero estas cosas pasan, y la vida debe seguir su curso —retomó Mendoza, transformando su seriedad en una sonrisa amplia—. Y esta noche no solo estamos aquí para recaudar fondos por una buena causa. También es una noche importante para mí. Como muchos de ustedes saben, siempre he sido un hombre celoso de la privacidad de mi familia, pero siento que ya es hora de que conozcan a mi hija.

Los flashes de los fotógrafos comenzaron a dispararse desorganizadamente. Al fin Dan conocería a la única pieza que hasta ahora le resultaba una incógnita, porque solo contaba con las fotografías de una niña de doce años, y la juventud de Dahira era un total misterio para todos los presentes, principalmente para Dan.

—Es para mí un orgullo presentarles por primera vez ante el mundo, a mi hermosa Dahira, la niña de mis ojos —anunció Mendoza, extendiendo la mano hacia la escalera.

El salón entero contuvo el aliento. Los rumores eran ciertos: aquel hombre había mantenido a su hija oculta de la luz pública durante toda su vida, y su presencia era toda una noticia de escándalo. Dan la reconoció al instante y su pecho se hinchó de decepción. Dahira bajó la escalera con una serenidad envidiable. Por una fracción de segundo, sus ojos se encontraron con los de Dan, y su mirada reflejó una búsqueda de seguridad. Su trabajo acababa de complicarse, porque el plan original comenzó a tambalearse desde el instante

en que esa mirada atravesó la suya.

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