Capítulo 4 El guardaespaldas
Las miradas y comentarios hacían sentir a Dahira desnuda. Quería salir corriendo, esconderse en su habitación y no volver a salir jamás. Adriano Mendoza no entendía que su hija prefería aquella vida en la que nadie conocía su descendencia y el único público eran sus pocos amigos en Yale.
Aunque la única mirada que no la incomodaba era la del hombre que había conocido hacía unos minutos. Su postura rígida casi militar, y sus ojos fijos directamente en ella la mantenían atrapada. El salón estaba repleto de hombres con esmóquines caros, sin embargo, aquel desconocido destacaba sin siquiera intentarlo. Era muy alto, tanto que su cabeza sobresalía por encima de la mayoría de los invitados. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con rapidez, dejando que algunos mechones rebeldes cayeran de forma natural sobre su frente.
Al inclinar la cabeza para cambiar de apoyo, el cuello de su camisa blanca se desplazó apenas un milímetro, suficiente para dejar al descubierto un trazo de tinta negra que subía por el costado de su cuello. Dahira logró distinguir una fecha tatuada con números sencillos y oscuros. Se quedó mirándolo un segundo, preguntándose qué día de su vida habría sido tan importante como para grabárselo en la piel. Volvió a su rostro y él seguía mirándola con una intensidad analítica y calculadora que la ponía nerviosa. Aun así, le sostuvo la mirada, incapaz de apartar los ojos de aquel hombre misterioso que parecía leerle el pensamiento desde el otro lado del salón.
El discurso de su padre continuaba, pero para ella todo el ruido de la gala se había desvanecido. Solo quedaba ese hombre alto, de ojos azules y tinta en el cuello, que no dejaba de vigilarla. No sabía por qué lo hacía, pero no le molestaba en lo absoluto. Al contrario, porque esa noche comprendía por primera vez lo que implicaba ser el centro de atención de todo un país. Y no le gustaba.
Intentó concentrarse en encontrar algún pasillo por el cual escabullirse en cuanto su padre terminara, y cuando lo logró, la multitud comenzó a disiparse. Ella se apresuró a dar un paso lejos de las cámaras, pero Adriano la detuvo con un ligero apretón en el brazo.
—Debes aprender a lidiar con la prensa —susurró sin dejar de sonreír—. Ya formabas parte de mi mundo desde que naciste. Todo esto... —hizo girar su dedo índice abarcando la sala—. Es lo que somos, y debes acostumbrarte antes de que te devoren viva.
Dahira entendía perfectamente a qué se refería. Donde había dinero, había fama, y donde había fama, siempre había un reportero siguiéndole los pasos. Comenzó a ver borroso y limpió las lágrimas con rapidez para que nadie lo notara. Quería contestarle, decirle que no podía obligarla a formar parte de todo aquello, que solo deseaba ser una chica normal y libre de tomar sus propias decisiones, pero sabía que sería en vano.
Pronto comenzaron a saludar a varias personas interesadas en saber dónde había estado todos esos años. Las preguntas no se hicieron esperar, pero Adriano interrumpió con la misma frase de siempre: aseguró que enviarla a Estados Unidos había sido un acto de inteligencia, para que recibiera los mejores estudios. Nunca diría la verdad.
Mientras la abordaban ella solo podía divagar en sus pensamientos y fingir una sonrisa. Pero ni siquiera le estaba prestando atención a las conversaciones realmente.
—Dahira, tesoro...
—Sí, disculpa —intentó retomar la conversación, pero entonces él apareció otra vez.
—Te presento a Dan, el guardaespaldas del que tanto te he hablado estos días. Discúlpela, no está acostumbrada a este tipo de eventos —comentó su padre con cordialidad.
Dahira se dió cuenta de que frente a ella estaba el mismo hombre que había conocido en la galería lateral, el que la observaba con intensidad. Y ahora, según entendía, sería su guardaespaldas.
—Un placer, señorita Dahira —dijo Dan, extendiendo su mano e inclinando la cabeza en una sutil reverencia.
Cuando sus dedos se rozaron, ella no apartó los ojos de su rostro. Soltó una risa corta al notar cómo sus mares azules recorrían su figura de pies a cabeza. Le gustaban los hoyuelos que se formaban cuando ladeaba la sonrisa, pero decidió dejar de pensar en ello. Interesarse por ese hombre no tendría futuro ni lógica, especialmente bajo la mirada de su padre.
Dan ya no la miraba como cuando se conocieron, y su cambio de actitud fue una alarma para Dahira. Ella entendió que es hombre tenía el profesionalismo grabado en la frente como un tatuaje, y que a partir de ese momento sus ojos azules comenzarían a mirarla desde el respeto y la seriedad.
(***)
Dan cerró la puerta de su apartamento con llave, lanzó las llaves sobre la mesa de la entrada y se aflojó el nudo de la corbata con un suspiro de alivio. El silencio del lugar le vino bien para relajarse después de una noche que le había dejado la cabeza dando vueltas. Se sirvió un vaso de agua y se sentó en el sillón, mirando hacia la ventana. Su mente regresó a la gala de hacía unas horas. Se vio otra vez allí, en medio del lujo, cuando la música comenzó a sonar más suave a medida que se alejaban. Adriano Mendoza le indicó con un gesto que lo siguiera hacia un pasillo lateral, decorado con cuadros antiguos y grandes ventanales que daban al jardín.
—Bien, Dan —comenzó cruzando los brazos—. Sé que tu agencia es la mejor, pero quiero dejar los términos claros directamente contigo. No me importan tanto los papeles como el compromiso real. El sueldo es el que acordamos e incluye el seguro médico completo en caso de cualquier incidente.
—Entendido, señor —respondió Dan.
—Tu prioridad absoluta es Dahira —continuó Mendoza con seriedad—. No quiero que vaya a ningún lado sin ti. Si ella quiere cambiar de planes a última hora, tú eres quien decide si la zona es segura. Tu palabra está por encima de sus caprichos si se trata de su seguridad. ¿Estamos?
—Totalmente de acuerdo. La seguridad no se negocia —asintió Dan.
En ese momento intentaba dejar de pensar en la hija de aquel hombre, pero se le hacía imposible. Aún así se obligó a reaccionar. Ella era su jefa, y él sería el empleado. Si empezaba a sentir algo por ella, estaría acabado antes de empezar. Hizo un esfuerzo mental enorme para enterrar ese pensamiento bajo una capa de puro profesionalismo y volvió a concentrarse en la voz de Adriano.
—Y por último: confianza ciega. Si pasa algo, confío en que responderás. No te contrato para ser un guardaespaldas que se le pegue como una lapa; te contrato para que seas el muro invisible que mantenga a mi hija a salvo.
—No se preocupe, señor Mendoza —aseguró Dan—. Cuidaré de su hija con mi propia vida si es necesario. Puede estar tranquilo.
—Eso espero, Dan.
Después de eso, Dan había pasado el resto de la noche observando cada paso de Adriano: con quién hablaba, cuántas llamadas atendía, porque sabía que hasta el
mínimo detalle podía convertirse en una pista.
