Capítulo 5 Primer día
Dan se levantó temprano para terminar de ajustar el traje. Mientras se abrochaba los puños de la camisa frente al espejo de su habitación, su compañero tecleaba a toda velocidad en la laptop sobre la mesa del comedor. Sean era un genio para esas cosas, el típico nerd capaz de convertir cualquier aparato en un sistema de espionaje militar.
—Toma, Dan, no te vayas a olvidar de esto —dijo Sean, estirando el brazo sin apartar los ojos de la pantalla.
En la palma de su mano había un audífono milimétrico y tres lentes del tamaño de la cabeza de un alfiler.
—El micrófono va directo al cuello de la camisa, ya lo sincronicé con tu teléfono —explicó, acomodándose los espejuelos—. Y estas mini cámaras son para que las coloques estratégicamente en los puntos ciegos de la planta baja de la mansión. Nadie las va a notar, parecen tornillos.
—Buen trabajo, Sean. No te salgas de la pantalla en todo el día, por si acaso —pidió Dan, guardando los dispositivos en el bolsillo interno del saco antes de salir.
Frente a la mansión Mendoza, Dan observó las ventanas con cristales blindados que pasaban desapercibidos a simple vista. Cruzó el portón de hierro pintado de blanco y sintió las miradas acusadoras de los hombres armados que custodiaban los pasillos, pero decidió ignorarlos. La ama de llaves lo hizo pasar y le pidió que esperara en la sala principal. El lugar era enorme, y Dan aprovechó esos minutos a solas para dejar dos de las mini cámaras ocultas de manera sutil: una entre las hojas de una planta enorme cerca de la entrada delantera y otra en la repisa de la chimenea, apuntando directo a una ventana que mostraba el jardín.
Estaba por sentarse cuando escuchó unos pasos en la escalera. Era Dahira, que bajaba de su cuarto. Llevaba ropa cómoda para ir a la universidad, el cabello rojizo suelto y unos libros en la mano. Al verlo se detuvo un segundo y lo saludó con una sonrisa ligera, aunque en su mirada se notaba cierta incomodidad. No debía ser fácil asimilar que un desconocido la seguiría a todos lados a partir de ese día.
—Hola, Dan. Buenos días —lo saludó acomodándose la correa de la mochila.
—Buenos días, señorita Mendoza. Cuando guste, el auto ya está listo —respondió él manteniendo el tono formal.
Dahira notó que su guardaespaldas era demasiado serio, la hacia sentir demasiado pequeña, pero aún así lo siguió hasta el auto.
En el trayecto a la universidad ella se mantuvo en silencio mirando por la ventanilla mientras el aire le despeinada el cabello. A Dan le provocaba ansiedad que estuviera tan callada, y se dió cuánta de que el primer día juntos había comenzado algo tenso, así que decidió romper el hielo mientras conducía.
—Creo que anoche no pudimos hablar bien con tanto alboroto en la gala —comentó mirándola de reojo antes de concentrarse en el camino—. Soy Dan. Y a partir de hoy, estoy a cargo de su seguridad.
—Dahira —respondió ella, intentando sonar relajada—. Aunque bueno, eso ya lo sabes.
—Así es. Y precisamente por eso, Dahira, quiero dejar algo en claro desde el primer día: nuestra relación va a ser estrictamente profesional. Estoy aquí para asegurarme de que no te pase nada. Siempre estaré a una distancia prudente, pero necesito que ante cualquier situación extraña, incomodidad o sospecha, me llames de inmediato. Aquí tienes mi número directo—. Le pasó una tarjeta pequeña. Ella la tomó, la miró por un segundo y luego suspiró, recostándose en el asiento.
—Mira, Dan... te agradezco, pero la verdad es que no me gusta tener guardaespaldas —admitió mirándolo de frente—. De hecho, hoy prefiero regresar sola a casa después de la universidad. Así que hazme el favor y no le cuentes nada a mi padre. No tiene por qué enterarse.
Dan no pudo evitarlo y soltó una pequeña risa. Ante su reacción ella lo miró con el ceño fruncido y claramente un poco ofendida.
—¿De qué te ríes? —preguntó.
—De que eso es completamente imposible, Dahira —contestó él, manteniendo la vista al frente pero con un tono relajado—. Me pagan por hacer un trabajo, y ese trabajo consiste en no perderte de vista ni un solo segundo. Tu papá se enteraría antes de que cruzaras la esquina. Así que, lo siento, pero vas a tener que acostumbrarte a mí.
Dahira abrió la boca para protestar, pero ante la expresión decidida de Dan, decidió que no valía la pena discutir con un desconocido que nunca entendería lo que ella sentía. Mientras el auto se movía en la carretera, Dahira se dedicó a mirar por la ventanilla pensando en todo lo que cambio en su vida solo en cuestión de semanas. Extrañaba Estados Unidos, extrañaba aquella tranquilidad, aquel ambiente dónde podía ser ella misma y podía disfrutar sin miedo a ser asesinada. Allá nadie sabía quién era ella, y ahora sí rostro aparecía en miles de revistas junto a su padre. Oficialmente era una Mendoza.
