Capítulo 6 Persecución
Dan comenzaba a acostumbrarse a la rutina. Cada mañana en el mismo lugar, con las manos puestas en el volante, manteniéndo la vista fija en el retrovisor, y observando la entrada de la mansión Mendoza. Había pasado una semana desde que lo contrataron. Una semana bastante monótona, para ser sincero. El plan de Dahira se resumía en una rutina aburrida y casi asfixiante: de la casa a la universidad, de la universidad a la casa, y directo a encerrarse en su habitación. No salía con amigos, no iba a fiestas, y apenas le dirigía la palabra.
La puerta del copiloto se abrió y Adriano Mendoza, el “señor perfección” en persona, se deslizó en el asiento. Traía esa expresión de fastidio de quien estaba acostumbrado a controlar imperios pero no podía con su propia hija.
—¿Cómo la ves hoy, Dan? —preguntó, ajustándose los botones de la camisa sin mirarlo directamente.
—Tranquila, señor. Lista para sus clases —respondió Dan con su mejor tono profesional, el mismo que usaba para ocultar que, en realidad, pasaba las noches memorizando cada rincón de la casa y de las galerías para sus reportes.
Adriano soltó un suspiro de frustración y negó con la cabeza.
—Seamos sinceros, está insoportable. Una semana entera en la que solo pisa la universidad y luego se encierra en su cuarto a calentar la cama. No sé qué le pasa, ¡ni que esto fuera una prisión!. Vigílala bien hoy, Dan. No quiero que use esa actitud de rebelión como excusa para descuidar sus estudios.
—Entendido, señor. Descuide.
Adriano bajó del auto con la prisa típica de quien llegaba tarde a una reunión, y en su lugar apareció Dahira, que se subió al asiento trasero. Se limitó a dar los buenos días con una voz apagada, casi en susurro, y se colocó los auriculares mientras miraba por la ventana.
Dan la observó por el espejo retrovisor. Había algo en su mirada, una mezcla de apatía y profunda soledad que empezaba a incomodarlo más de lo que un agente encubierto debía permitirse. Ya tenía demasiado trabajo como para dedicarse a descubrir lo que pasaba por la cabeza de Dahira.
La dejó en la entrada principal de la universidad y condujo un par de calles más para vigilar desde el auto.
"Otro día aburrido de rutina". Pensó.
(***)
Para Dahira caminar por el campus se había convertido en su único escape de la casa, aunque tampoco tenía muchas ganas de socializar. Llevaba una semana sintiéndose como una sombra, y no sabía si las miradas raras que le lanzaban dos hombres en las afueras de la cafetería, siendo las seis de la tarde, formaban parte de la paranoia que también la acompañaba esos días. Eran dos hombres con chaquetas oscuras. No llevaban mochilas, ni libros, ni carpetas. Solo la observaban con discreción.
Dahira apretó el paso hacia uno de los edificios, pero cuando miró de reojo, se dio cuenta de que ellos también aceleraban. Sintió que el aire se le congelaba en el pecho. Definitivamente no eran estudiantes.
Su padre siempre decía que la gente exageraba con el peligro, pero en ese momento el instinto le gritaba que debía correr. Así que con los dedos temblorosos sacó el teléfono, marcó a su padre, pero como siempre la llamada fue directo al buzón de voz. Desesperada, buscó el único número que podía servirle en ese momento aunque no quisiera admitirlo luego: Dan.
—¿Dahira? ¿Pasa algo? —su voz sonó al instante, firme y extrañamente calmada.
—Dan... hay dos hombres —susurró, tratando de que no se le cortara la voz por el llanto que ya sentía en la garganta—. Llevan chaquetas oscuras. Me están mirando y ahora... ahora caminan detrás de mí. No son de esta universidad, Dan. Estoy segura.
—Mantén la calma —ordenó él. Escuchar su seguridad le dio un segundo de oxígeno y apretó los ojos buscando fuerzas internas—. ¿Dónde estás exactamente?
—Cerca del edificio que está al lado de la cafetería. No sé hacia dónde voy, estoy caminando rápido y no quiero detenerme.
—No corras. Si corres, van a apurar el paso. Camina hacia la biblioteca, hay más gente y cámaras de seguridad allí. Voy para allá. No me cuelgues.
Pero cuando entraba en pánico Dahira no entendía de razones. Volteó y notó que los hombres acortaban la distancia a pasos agigantados, y sus piernas reaccionaron solas. Empezó a correr como loca doblando por un pasillo lateral que conectaba la biblioteca con otro edificio. Entró sofocada a un callejón completamente desierto.
No sabía cómo guiar a Dan hasta allí. Llevaba solo una semana en esa universidad y no conocía todas las direcciones.
—¡Dahira! —la voz de Dan salió del altavoz de su teléfono, pero ya no pudo responderle.
Un hombre alto y robusto apareció doblando la esquina del pasillo, cortándole el paso. Dahira dio un grito ahogado e intentó retroceder, pero el otro ya tapaba la salida.
—Tranquila, hermosa. Solo queremos hablar —dijo el más alto.
Antes de que pudiera gritar otra vez, la sujetó del brazo con una fuerza brutal que le hizo soltar el teléfono. El aparato golpeó el suelo y se rompió en pedazos.
—¡Suéltame! ¡Déjame! —forcejeó con todas sus fuerzas, pero era como intentar mover un muro de piedra.
Las lágrimas le nublaban la vista mientras el hombre la arrastraba hacia una puerta de emergencia trasera. Acabaron dentro de un cuarto de servicio oscuro, y solo podía escuchar su respiración agitada mientras la colocaban contra una pared.
Pero la puerta de metal se abrió de golpe. En un pestañeo, Dan entró como un ciclón. El segundo hombre se abalanzó sobre él e intentó meter la mano bajo la chaqueta, pero Dan se movió con una velocidad inhumana. En tres movimientos rápidos estuvo sobre él: un golpe seco en la barbilla que lo levantó del suelo, seguido de una patada directa al estómago que lo hizo caer doblado de dolor.
El tipo que sujetaba a Dahira la soltó al ver que Dan venía en su dirección. Le lanzó un puñetazo salvaje, pero Dan esquivó el golpe ladeando la cabeza como si supiera exactamente hacia dónde iba. Le atrapó el brazo, con la otra mano lo tomó de la parte trasera del cuello y estrelló su cabeza contra la pared de concreto. El impacto sonó brutal. La sangre comenzó a derramarse en el suelo por de la gravedad del golpe, y Dahira quedó paralizada, de espaldas contra la pared para no ver las condiciones de los dos delincuentes que yacían en el suelo.
Temblaba de la cabeza a los pies, porque lo que acababa de presenciar no era una pelea normal, sino algo militar, preci
so, letal.
¿De dónde había salido su guardaespaldas?
