Capítulo 7 Secreto
Dan se giró hacia Dahira y a ella no le sorprendió que apenas estuviera despeinado. Luego le extendió la mano con la mirada un poco más relajada. Cuando sostuvo sus manos, la atrajo hacia su cuerpo, sujetó ambos lados de su cara y la escaneó como si fuese un doctor revisando a su paciente.
—¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? —Dahira solo alcanzó a negar con la cabeza, aún muda por el shock—. Tenemos que irnos. Ya.
Él la tomó de la mano y tiró hacia afuera. Su agarre era firme, cálido y, por primera vez en toda la semana, ella se sintió completamente segura. Corrieron hacia la salida esquivando a unos pocos estudiantes curiosos y se subieron al auto. Dan arrancó a toda velocidad dejando atrás el campus y Dahira comenzó a respirar con normalidad.
Ya en la autopista, seguía temblando tanto que sus manos no lograban meter el cinturón de seguridad en la hebilla. Dan, sin decir una palabra, estiró la mano derecha y lo abrochó por ella. Su cercanía le devolvió un poco de calma y lo agradeció.
—Gracias... —susurró abrazándose a sí misma—. Dan... ¿quiénes eran ellos? ¿Por qué querían hablar conmigo?
Dan mantuvo la vista fija en la carretera, con la mandíbula tensa.
—No lo sé, Dahira. Pero por ahora, te sugiero que no le digas nada de esto a tu padre.
Ella lo miró, confundida.
—¿Por qué? Él tiene derecho a saberlo... Te contrató precisamente para que lo mantengas informado y me protejas.
—Tu papá está bajo mucha presión con el negocio de las galerías, ya lo viste esta mañana, tenía que atender asuntos importantes —explicó Dan, mirándola de reojo con preocupación—. Si le dices que te atacaron en la universidad, lo primero que hará será prohibirte volver. Te encerrará en la casa con diez guardias armados y no volverás a tener una vida social. Déjame investigar primero de quién se trata. Confía en mí, Dahira. Te prometo que te mantendré a salvo.
Ella lo miró a los ojos. No sabía si hacerle caso, pero en medio del caos y el miedo que aún la recorría, la seguridad y la firmeza de Dan eran lo único real a lo que podía aferrarse.
—Está bien —asintió en un susurro sellando así su primer secreto compartido.
Entraron a la casa por la puerta lateral que daba al jardín, intentando esquivar al personal. Pero tuvieron la mala suerte de encontrarse con Mateo, el primo de Dahira. Estaba en medio del comedor, con un vaso de whisky en la mano y revisando unos papeles. Mateo siempre había sido el ojo derecho de Adriano en los negocios. Desde que Dahira regresó de Estados Unidos, él la miraba como si fuera una intrusa que venía a quitarle lo que por derecho creía que le correspondía.
Al escucharlos llegar, levantó la vista. Sus ojos recorrieron primero la ropa de Dahira –ligeramente sucia por el forcejeo– y luego se detuvieron en Dan, analizando su postura tensa.
—Vaya, la princesa de Yale regresa de clases —se burló dando un sorbo a su vaso—. ¿Qué te pasó en la blusa, Dahira? No me digas que en América no te enseñaron a tener cuidado por dónde pisar.
Dahira sintió un vuelco en el estómago. Dan dio un paso al frente, pero mantuvo el control, a un paso detrás de ella. Sabía perfectamente cómo lucir como una sombra cada vez que estaban juntos.
—Fue mi culpa, señor Mateo —intervino con una voz tan educada que Dahira casi no lo reconoció—. Llevaba audífonos cuando la señorita bajaba del auto, y suponiendo que ya se había bajado, aceleré. La señorita Dahira cayó de bruces en el suelo.
Ella tuvo que contener la risa; no sabía que Dan podía ser tan creativo. Mateo entornó los ojos claramente insatisfecho con la respuesta, caminó despacio hacia ellos y se detuvo a solo unos centímetros de Dan.
—Un guardaespaldas que lleva audífonos, más concentrado en la música que en sus deberes, es un guardaespaldas inútil —soltó con veneno, buscando la reacción de Dan. Pero él ni siquiera parpadeó y su rostro permaneció inmutable—. Mi tío te paga demasiado bien como para que seas tan torpe.
—No seas metiche, Mateo —interrumpió Dahira cruzándose de brazos—. Fue un accidente. Y espero que no molestes a mi papá con esas tonterías, ya tiene suficiente trabajo en la empresa como para oír tus quejas de niñato inmaduro.
Mateo la miró fijamente, buscando algún rastro de verdad que lo convenciera. Por un segundo, Dahira temió que pudiera ver el pánico detrás de sus ojos, o el hecho de que su corazón latía a mil por hora.
—Claro —murmuró con una sonrisa de lado que le dio escalofríos—. Tu papá está muy ocupado... de hecho, han sido días muy tensos para las galerías de la familia.
Se dio la vuelta y subió las escaleras con fingida lentitud. En cuanto se perdió de vista, Dahira soltó el aire que contenía. Miró de reojo a Dan. Él seguía mirando hacia la escalera, con la mandíbula apretada y una intensidad en la mirada que no parecía la de un simple guardaespaldas preocupado por su empleo. Era la mirada de un cazador que acababa de ver a su presa.
—¿Puedes quedarte esta noche aquí? —preguntó
ella en tono de súplica.
—Claro, señorita.
