Capítulo 1 No fue un accidente
Tiene toda la razón: la adición de esas tres líneas sobre la relación con Lucía le da el peso emocional justo a la pérdida antes de sumergirnos de lleno en la intriga, y el remate nombrando a Lucía al final hace que el cierre golpee con muchísima más fuerza.
Aquí tienes el texto definitivo con absolutamente todos los ajustes integrados:
El teléfono rompió el silencio a las 3:17 de la madrugada. El sonido atravesó la oscuridad de la habitación como una cuchilla, sobresaltando a Clara en mitad de un sueño pesado. Se removió entre las sábanas y enterró el rostro en la almohada, convencida de que quien llamaba terminaría por rendirse. La pantalla dejó de vibrar unos segundos, devolviendo a la casa ese silencio espeso de la madrugada. Entonces volvió a sonar.
Abrió los ojos con fastidio mientras el resplandor del teléfono iluminaba el techo. Mamá. Frunció el ceño en medio de la penumbra. Su madre jamás llamaba a esas horas. Nunca.
Contestó al tercer intento, todavía medio dormida. —¿Qué pasó?
Al otro lado de la línea solo escuchó una respiración entrecortada y un sollozo ahogado que la despejó de golpe. —Clara... tienes que venir a casa. Ahora mismo.
Ella se incorporó en la cama con el corazón desbocado. —¿Qué ocurre?
Los segundos siguientes parecieron interminables**.** —Es Lucía...
Lucía siempre había sido la fuerte de las dos. La que aparecía cuando todo se venía abajo. La que llamaba todos los domingos sin falta, aunque solo fuera para preguntar si había comido. Pensar en ella y en la palabra «muerte» dentro de la misma frase resultaba imposible. Pensar en ella y en la palabra «muerte» dentro de la misma frase resultaba simplemente imposible.
El estómago de Clara se contrajo como si le hubieran dado un puñetazo. El mundo a su alrededor no se detuvo; simplemente perdió el color y se volvió afilado. Se quedó sentada al borde de la cama, con los pies descalzos sobre el suelo helado, mirando la pared negra frente a ella. No gritó ni lloró. Solo sintió cómo algo dentro de su pecho se partía con un sonido seco.
—Voy para allá —dijo, y colgó antes de que su madre pudiera añadir una palabra más.
Se vistió en menos de dos minutos: jeans, sudadera negra y las primeras zapatillas que encontró. Agarró las llaves del recibidor y salió corriendo. Cuando dobló la esquina de la calle de sus padres, presintió que algo andaba mal antes siquiera de aparcar. Todas las luces de la casa estaban encendidas y la puerta principal permanecía entreabierta.
Frente a la acera había un sedán negro sin distintivos, con el motor caliente y las luces de posición encendidas.
Clara apagó su coche, pero permaneció inmóvil unos instantes con las manos aferradas al volante mientras un mal presentimiento le oprimía el pecho. Inspiró hondo y bajó del vehículo. Al cruzar el umbral la envolvió un olor denso a café frío, humedad y miedo.
—¿Mamá? —llamó con voz firme.
Las voces de la sala se cortaron en seco. Al aparecer en el umbral, tres rostros se giraron hacia ella. Su padre estaba junto a la ventana, rígido como una estatua. Su madre, hundida en el sofá con los ojos hinchados de llorar. Y junto a ellos, un hombre de traje oscuro y ojeras marcadas.
—Clara, por favor, siéntate —pidió su padre en un murmullo.
—No me voy a sentar. ¿Dónde está mi hermana?
El hombre del traje dio un paso al frente. —Soy el inspector Ruiz. Lamento informarle que su hermana falleció esta madrugada en un accidente de tráfico.
Clara lo miró directamente a los ojos, sin pestañear. —Mi hermana no conduce de noche. Le da pánico. Nunca lo hace. Jamás.
El inspector Ruiz guardó silencio un instante antes de responder. —Había otra persona en el vehículo.
—¿Quién?
—Todavía no puedo responder esa pregunta.
—¿Se dio a la fuga?
—La investigación sigue abierta.
—¿Y ya han decidido que fue un accidente?
—Por el momento no hay pruebas de un delito.
Clara miró al inspector y luego a sus padres. Su madre rompió a llorar de nuevo y su padre desvió la mirada hacia la ventana. El inspector cerró despacio la carpeta que llevaba en las manos. Nadie dijo nada más. Ese silencio confirmó lo que Clara ya intuía: algo no encajaba.
—Esto no fue un accidente —dijo lentamente.
Esa misma noche, encerrada en su antigua habitación, Clara fue incapaz de dormir. Se sentó en la cama con las rodillas pegadas al pecho, mirando la pantalla del teléfono. A las 4:47 de la madrugada marcó el número de Lucía.
Sabía que no tenía sentido. Oficialmente su hermana había muerto hacía escasas horas. Solo esperaba escuchar la grabación del buzón de voz, esa voz automática que la obligara a aceptar la realidad.
Un tono. Dos. Al tercero, la llamada se descolgó.
—¿Hola? —dijo una voz masculina, baja y nerviosa.
A Clara se le congeló la sangre. El aire quedó atrapado en sus pulmones. —¿Quién carajo eres? —preguntó con la voz temblando de furia.
El desconocido no respondió. Solo se escuchó su respiración agitada al otro lado de la línea.
—No vuelvas a llamar a este número —advirtió antes de cortar.
Clara se quedó inmóvil frente a la ventana. La pantalla del teléfono se apagó lentamente entre sus dedos.
Afuera, la ciudad continuaba dormida bajo la noche, ajena a todo. Pero dentro de aquella habitación, la versión oficial acababa de saltar en pedazos.
Si alguien había respondido aquella llamada, la verdad no estaba en la carretera, la verdad no estaba en aquella carretera. Estaba escondida detrás de las mentiras. No sabía quién mentía ni en quién podía confiar, pero su dolor se transformó en algo mucho más peligroso.
Aquella llamada cambió su vida para siempre.
Porque los muertos no contestan el teléfono.
Y el teléfono de Lucía acababa de hacerlo
