Capítulo 2 Sangre en la familia
A las seis de la mañana, la casa familiar seguía despierta.
Clara llevaba casi tres horas sentada en la cama sin moverse. La luz gris del amanecer comenzaba a filtrarse por las cortinas, pero la noche aún no había terminado para ella. En sus manos sostenía el teléfono de Lucía. No había vuelto a marcar. No por miedo, sino porque intentaba encajar las piezas de una historia que no tenía sentido.
Un desconocido había respondido desde el número de su hermana muerta. La policía hablaba de un accidente, sus padres se amparaban en el silencio y, con cada intento de unir los hechos, aparecía una nueva grieta. Nada encajaba.
Lucía podía ser impulsiva y terca. Podía guardar secretos si creía que hacerlo protegía a alguien. Pero jamás habría conducido de noche por una carretera solitaria.
Clara se levantó despacio y salió al pasillo. Las paredes conservaban los mismos cuadros familiares de su infancia y el mobiliario antiguo de siempre, la escenografía de un hogar donde creyó que todos estaban de su lado. Ahora, cada recuerdo parecía una farsa.
En la cocina, su madre permanecía sentada frente a una taza de café intacta. Parecía haber envejecido diez años en una sola noche.
Clara se detuvo en el umbral. —¿Desde cuándo sabías que algo andaba mal?
Su madre levantó la mirada despacio. Tampoco preguntó a qué se refería. Ese gesto bastó.
—Clara...
—No intentes calmarme usando mi nombre.
La mujer bajó los ojos. —Tu hermana tenía problemas.
—¿Qué clase de problemas?
Silencio. Otra vez esa evasiva que empezaba a convertirse en una confirmación.
—Mamá.
—Lucía estaba preocupada —dijo apretando los labios.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Clara soltó una risa breve, desprovista de humor. —Mentira.
Su madre alzó la vista, sorprendida. —¿Qué dijiste?
—Dije que mientes. Anoche, cuando el inspector dijo que había otra persona en el coche, no pareciste sorprenderte.
Un matiz de culpa cruzó el rostro de su madre. Fue apenas un segundo, pero Clara lo captó.
—¿Quién era esa persona? —insistió.
—¡No lo sé! —exclamó con los ojos anegados en lágrimas—. Lucía dejó de contarnos cosas hace semanas. Estaba nerviosa. Recibía llamadas a deshoras y salía sin decir adónde iba.
A Clara la recorrió un escalofrío. —¿Y no hicieron nada?
—Intentamos ayudarla —respondió, cerrando los ojos.
—¿Cómo?
La mujer calló. En ese instante, Clara comprendió la verdad: sus padres no estaban conmocionados por la muerte de su hija. Estaban aterrorizados.
El motor de un coche entrando en la propiedad cortó la conversación. Por la ventana vieron descender al inspector Ruiz con una carpeta bajo el brazo. Clara sintió cómo la rabia volvía a encenderse en su pecho.
Salió al recibidor antes de que su madre pudiera detenerla y abordó al policía en la entrada.
—¿Viene a entregar el parte oficial de las malas noticias?
Ruiz la observó con evidente cansancio. —Señorita Torres...
—Ahórrese el trato. Dígame por qué alguien contestó al teléfono de mi hermana esta madrugada.
Por primera vez, la templanza del inspector flaqueó. Fue un detalle mínimo, casi imperceptible, pero suficiente.
—¿Quién le ha dicho eso?
—Entonces es verdad.
El hombre apretó la mandíbula sin responder.
—Gracias por la confirmación —añadió ella con amargura.
—Escúcheme —advirtió Ruiz en tono bajo—. Hay cosas que todavía no está preparada para saber.
—Explicándomelos se soluciona.
—No puedo.
—¿No sabe o no quiere?
El inspector la sostuvo con una mirada sombría. —Hay personas que no quieren que haga preguntas.
La advertencia quedó flotando en el aire. Clara sintió una ráfaga helada en la nuca.
—¿Me está amenazando?
Ruiz guardó silencio. Y ese mutismo fue la respuesta más clara.
Cuando el policía se marchó, Clara subió a la habitación de Lucía. Todo permanecía intacto: los libros alineados en las estanterías, la ropa doblada y las fotografías dispuestas sobre el escritorio, como si su dueña fuera a cruzar la puerta en cualquier momento.
Comenzó a registrar los cajones uno a uno. Buscaba un rastro, una prueba, cualquier indicio que le confirmara que no estaba perdiendo el juicio. En el fondo del último cajón dio con una libreta negra, sin títulos ni marcas.
En la primera página figuraba una única inscripción: la fecha de ayer.
Las hojas siguientes estaban repletas de nombres, cifras y anotaciones crípticas. Sin embargo, en el margen inferior de la última página, una sola línea hizo que le temblaran las manos:
«Si algo me ocurre, no confíes en nadie de la familia.»
Clara contuvo el aliento. Releyó las palabras una, dos, tres veces, antes de fijar la vista en la puerta abierta de la habitación.
La idea atravesó su mente con la precisión de un corte limpio y dolió más que el propio luto. Porque si Lucía había dejado una advertencia antes de desaparecer, era porque sabía que alguien cercano a ella era capaz de destruirla.
Y ahora Clara tenía una pregunta que ya no podía ignorar:
¿Quién dentro de su propia familia había querido ver muerta a Lucía?
