Capítulo 3 El cuerpo equivocado
Clara no esperó a que el sol terminara de salir. A las 7:40 de la mañana ya empujaba las puertas del hospital con la furia contenida de quien empieza a sospechar que toda su vida está construida sobre secretos. El olor a desinfectante le golpeó el rostro apenas cruzó la entrada. Era un aroma frío e impersonal, demasiado limpio para un lugar donde las personas acudían a despedirse de quienes amaban.
Caminó directamente hacia el mostrador de la morgue sin detenerse. —Quiero ver el cuerpo de Lucía Torres.
La empleada levantó la mirada, sorprendida por la firmeza de su voz. —¿Es familiar?
—Soy su hermana. Necesito verla ahora.
La mujer observó su rostro durante unos segundos. Quizá comprendió que aquella joven no había llegado allí para llorar una pérdida, sino para encontrar respuestas. Después de revisar unos documentos, llamó al asistente forense.
Diez minutos más tarde, Clara avanzaba por un pasillo iluminado por fluorescentes que zumbaban sobre su cabeza. Cada paso resonaba contra el suelo vacío. El asistente abrió una puerta metálica y la condujo hasta una pequeña sala de identificación. En el centro había una camilla cubierta con una sábana blanca.
Clara se quedó inmóvil. Durante un instante quiso creer que todo aquello era una pesadilla; que al levantar aquella tela encontraría a Lucía y que, de alguna forma imposible, todo tendría una explicación. Pero algo dentro de ella ya sabía la respuesta.
—Tómese el tiempo que necesite —murmuró el hombre.
Clara no respondió. Se acercó lentamente, sujetó la sábana y tiró de ella.
El mundo se detuvo. No era Lucía.
El rostro guardaba cierto parecido: el mismo tono de cabello, una complexión similar. Pero Clara conocía a su hermana demasiado bien; treinta años de recuerdos no podían equivocarse. La pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda no estaba. El lunar debajo de la mandíbula tampoco. La forma de la nariz era diferente. Los labios pertenecían a otra mujer. Era una desconocida. Una persona que alguien había colocado allí para que todos creyeran que era Lucía.
El dolor desapareció. Solo quedó la rabia.
—Esta no es mi hermana —dijo con una voz tan baja que casi parecía una amenaza.
El asistente tragó saliva. —Señorita Torres, la identificación fue realizada por sus padres y la documentación está en regla.
Clara se giró lentamente hacia él. —¿Me está diciendo que mis padres identificaron a una desconocida como mi hermana?
El hombre no respondió. Y ese silencio fue suficiente.
Alguien había muerto. Alguien había colocado ese cuerpo allí. Y alguien había construido una historia falsa alrededor de esa muerte. Clara salió del hospital sin firmar ningún documento. No lloró. No gritó. La tristeza seguía allí, pero había quedado enterrada bajo algo más fuerte: la necesidad de descubrir quién había hecho aquello.
Cuando llegó a la casa familiar, ni siquiera llamó a la puerta. Entró con tanta fuerza que el golpe hizo vibrar los cuadros del recibidor.
—¡¿Dónde están?!
Su padre apareció desde la sala con el rostro agotado. Parecía haber envejecido años durante una sola noche. Detrás de él apareció su madre, pálida, con los ojos llenos de miedo.
—Clara...
—No —levantó una mano para detenerla—. No quiero disculpas. No quiero explicaciones a medias. Quiero la verdad.
Su padre cerró los ojos durante unos segundos. —¿Qué pasó?
Clara soltó una risa amarga. —Fui a la morgue. Vi el cuerpo de Lucía —miró a ambos—. Y esa mujer no era mi hermana.
Su madre se llevó una mano a la boca. Su padre bajó la mirada. Ese gesto fue suficiente: ellos lo sabían.
—¿Desde cuándo? —preguntó Clara con la voz quebrándose de furia—. ¿Desde cuándo saben que esa mujer no era Lucía?
Nadie respondió.
—¡Díganmelo!
Su padre respiró profundamente antes de hablar. —Porque Lucía nos lo pidió.
Clara se quedó completamente inmóvil. —¿Qué?
Su padre se dejó caer en el sofá. —Hace tres semanas llegó a esta casa desesperada. Dijo que estaba en peligro. Que había descubierto información capaz de destruir a personas muy poderosas. Nombres. Cuentas. Movimientos de dinero. Secretos que podían hundir empresas enteras. Dijo que si esas personas la encontraban, no saldría viva.
Su madre rompió a llorar. —Nos dijo que la única manera de salvarse era desaparecer.
Clara retrocedió un paso. —¿Y ustedes aceptaron fingir su muerte?
—¡Es nuestra hija! —exclamó su madre entre lágrimas.
Clara la miró fijamente. —Yo también soy su hija.
La frase cayó sobre la sala como un golpe.
—Me dejaron creer que estaba muerta. Me dejaron despedirme de ella mientras ustedes sabían que seguía viva.
Su padre intentó acercarse. —Lucía quería protegerte.
Clara soltó una risa amarga. —¿Protegerme? —negó lentamente—. Anoche alguien respondió su teléfono. La policía está ocultando información. Hay un cadáver falso en una morgue y ustedes llevaban semanas sabiendo todo esto.
Se dirigió hacia la puerta. —Ya estoy dentro de esta guerra, papá. Y fue gracias a ustedes.
Sacó el teléfono de Lucía y marcó. Sus padres permanecieron inmóviles mientras escuchaban los tonos. Uno. Dos. La llamada fue respondida.
—Te dije que no volvieras a llamar —dijo la misma voz. La misma persona.
Clara apretó el teléfono. —Pásame con mi hermana.
Hubo un silencio. —No puedes hablar con ella.
—¿Dónde está?
La respuesta llegó después de unos segundos. —Ella no quiere verte, Clara.
Aquellas palabras dolieron más que cualquier amenaza. Pero ella no dejó que su voz cambiara.
—Entonces dile algo de mi parte —hizo una pausa—. Dile que voy a encontrarla —su mirada se endureció—. Y cuando la tenga delante, tendrá que mirarme a los ojos y explicarme por qué permitió que enterrara una mentira mientras yo creía haber perdido a mi hermana.
El silencio al otro lado fue la única respuesta. Después, la llamada terminó.
Clara bajó el teléfono lentamente. Miró a sus padres una última vez. —No sé quiénes son ustedes ahora. Pero ya no son mi familia.
Salió sin mirar atrás.
Afuera, el cielo estaba cubierto de nubes oscuras. Las primeras gotas comenzaron a golpear el parabrisas de su coche. Clara encendió el motor.
Ya no buscaba aceptar la muerte de Lucía. Ya no buscaba despedirse de ella. Ahora buscaba encontrarla. Porque su hermana estaba viva, su familia le había ocultado la verdad y alguien había intentado borrar a Lucía del mundo.
Clara apretó el volante. La encontraría. Y cuando lo hiciera, Lucía tendría que responder una sola pregunta:
¿Por qué la dejó sola en una guerra que apenas acababa de comenzar?
