Capítulo 4 Si sigues buscando

Clara no esperó a que la lluvia terminara. A las once de la mañana ya estaba sentada dentro de su coche, observando fijamente el mensaje que había recibido una hora antes.

Un número desconocido. Una dirección. Y una sola frase:

«Si quieres saber qué pasó con Lucía, ven sola.»

No había nombre. No había explicación. Tampoco una garantía de que aquello no fuera una trampa. Pero Clara había aprendido algo en las últimas horas: las respuestas nunca aparecían cuando uno las buscaba desesperadamente. Aparecían cuando alguien decidía entregarlas.

El lugar estaba en las afueras de la ciudad, en una zona industrial abandonada donde las viejas fábricas permanecían en silencio, como enormes esqueletos de una época que ya nadie recordaba. Aparcó a varios metros del punto indicado y permaneció dentro del coche durante unos minutos. No porque sintiera miedo, sino porque una extraña sensación le advertía que había alguien más observándola.

Miró por el espejo retrovisor. Nada. Solo una carretera vacía, edificios deteriorados y el sonido lejano de la ciudad continuando su vida sin saber que la de ella acababa de cambiar.

Clara bajó la mirada hacia el teléfono de Lucía que sostenía entre sus manos. Su hermana había construido una vida rodeada de sombras. Y ahora Clara estaba descubriendo una a una las piezas de un mundo que Lucía había intentado ocultarle. Y lo peor era que cada respuesta parecía abrir una pregunta todavía más peligrosa.

Bajó del coche.

El hombre la esperaba bajo el techo oxidado de un viejo almacén. No era como Clara había imaginado: no parecía un asesino ni alguien peligroso; parecía alguien agotado. Como si llevara demasiado tiempo huyendo de algo que nunca dejaba de perseguirlo. Tendría unos treinta y cinco años, la barba de varios días, la ropa sencilla y una mirada inquieta que revisaba constantemente los alrededores.

Cuando la vio acercarse, soltó un suspiro. —Sabía que vendrías.

Clara se detuvo a unos metros de distancia. —¿Quién eres?

El hombre dudó antes de responder. —Alguien que intentó ayudar a tu hermana.

La expresión de Clara se endureció. —Eso ya lo escuché antes.

El hombre frunció ligeramente el ceño. —¿De quién?

—De todos. Mis padres también dijeron que intentaban protegerla.

Aquella respuesta pareció afectarle. Bajó la mirada durante unos segundos.

—Lucía sabía que si te contaba la verdad, ibas a ir detrás de ella.

—Entonces sabía que iba a ponerme en peligro.

—No. —La respuesta salió inmediata—. Sabía que no ibas a abandonarla.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Porque Clara odiaba admitirlo, pero era cierto. Podía sentirse traicionada, podía estar furiosa, pero seguía allí. Seguía buscando a su hermana.

—¿Dónde está Lucía?

El hombre permaneció callado demasiado tiempo. Ese silencio fue una respuesta antes de que pronunciara una sola palabra.

—No puedo decirte dónde está.

Clara soltó una pequeña risa sin humor. —Entonces explícame por qué estoy aquí.

El hombre sacó un sobre del interior de su chaqueta. —Porque antes de desaparecer, Lucía dejó esto preparado.

Clara no lo tomó inmediatamente. —¿Para quién?

El hombre sostuvo su mirada. —Para ti.

Esa respuesta le provocó un nudo en el pecho. Finalmente extendió la mano y tomó el sobre. Dentro había una fotografía antigua. Durante unos segundos no entendió lo que estaba viendo, hasta que reconoció el rostro: Lucía. Y junto a ella… su padre.

Clara sintió cómo el aire abandonaba lentamente sus pulmones. —¿Qué significa esto?

El hombre no respondió enseguida. La observó como si supiera que las próximas palabras iban a destruir algo dentro de ella.

—Significa que tu hermana no estaba huyendo solamente de alguien desconocido.

Clara levantó la vista. —¿Entonces de quién huía?

El hombre guardó silencio. Y por primera vez, Clara comprendió que quizá la respuesta era mucho peor de lo que imaginaba.

En ese instante, su teléfono vibró. Un mensaje nuevo. Número desconocido:

«Deja de buscar a Lucía.»

Antes de que pudiera reaccionar, llegó otro:

«La próxima vez no será una advertencia.»

Clara observó la pantalla. Después miró al hombre frente a ella. Por primera vez desde que todo había comenzado, sintió algo diferente al enojo.

Miedo.

No por ella. Por lo que estaba descubriendo.

Porque si alguien estaba dispuesto a amenazarla para que dejara de buscar a Lucía, significaba que su hermana no había desaparecido para protegerse. Había desaparecido porque había descubierto algo. Algo que alguien estaba dispuesto a destruir para mantener enterrado.

Y Clara acababa de cruzar la misma línea que Lucía intentó evitar.

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