Capítulo 5 Ya no hay vuelta atrás

Clara no regresó a casa de sus padres porque quisiera hacerlo. Regresó porque necesitaba respuestas. Después de todo lo que había descubierto, seguir alejándose solo significaba permitir que otros continuaran decidiendo qué podía saber y qué no. Durante toda su vida habían tomado decisiones por ella bajo la excusa de protegerla. Y ya estaba cansada de ser la última persona en enterarse de su propia historia.

A las dos de la tarde estacionó frente a la casa familiar. El lugar que durante años había considerado un refugio ahora parecía una construcción desconocida. Las mismas paredes blancas. La misma puerta de madera. Los mismos árboles en el jardín. Pero nada era igual. Porque ahora sabía que detrás de aquella fachada existían secretos, y todos habían elegido mantenerla fuera de ellos.

Clara permaneció unos segundos dentro del coche, mirando fijamente la entrada. Entre sus dedos sostenía la fotografía que el desconocido le había entregado: Lucía junto a su padre. Una imagen sencilla, pero en ese momento parecía una amenaza.

Respiró profundamente y bajó del vehículo. No llamó. Empujó la puerta y entró.

—¿Mamá? ¿Papá?

Su voz recorrió la casa en silencio. Unos segundos después, su padre apareció desde el despacho. Al verla, su expresión cambió: primero sorpresa, después preocupación y finalmente miedo.

Clara lo notó. Y eso fue suficiente.

—Sabías algo.

Su padre frunció el ceño. —¿De qué estás hablando?

Clara levantó la fotografía. El rostro de su padre perdió color durante apenas un instante, pero ella lo vio.

—De esto.

El silencio cayó sobre la habitación. Su madre apareció detrás de él y, al ver la imagen, se llevó una mano al pecho. Ese pequeño gesto confirmó algo que Clara ya sospechaba: aquella fotografía no era una casualidad.

—¿Quién te dio eso? —preguntó su padre en voz baja.

Clara soltó una risa amarga. —Eso es lo primero que quieres saber —lo miró con decepción—. No si estoy bien. No si alguien intentó hacerme daño. No si descubrí algo que puede poner mi vida en peligro.

Dio un paso hacia él. —Solo quieres saber quién me contó la verdad.

Su padre bajó la mirada. Y por primera vez en su vida, Clara sintió que estaba mirando a un extraño.

—¿Qué pasó entre ustedes y Lucía?

Su madre comenzó a llorar en silencio. —Clara...

—No —su voz no fue fuerte, fue peor: fue cansada—. No quiero escuchar otra vez que intentaban protegerme. Esa frase ya no significa nada.

Se acercó un poco más. —Quiero saber por qué mi hermana desapareció. Quiero saber por qué fingieron su muerte. Quiero saber por qué me dejaron llorarla mientras ustedes sabían la verdad.

Su padre cerró los ojos. Parecía derrotado. —Lucía vino hace unas semanas.

Clara permaneció inmóvil. —¿Qué dijo?

—Que había descubierto algo.

—¿Qué cosa?

Su padre tardó demasiado en responder. —Algo relacionado con personas peligrosas.

Clara apretó la mandíbula. —¿Qué significa eso?

—Que tenía miedo.

—¿De quién?

Su padre no respondió. Y ese silencio fue una respuesta. Clara sintió un peso en el pecho.

—Ella sabía que algo iba a pasar.

Su madre levantó la mirada llena de lágrimas. —Sí.

Una sola palabra, pero fue suficiente.

—¿Y aun así me dejaron creer que estaba muerta?

Su madre cerró los ojos. —Lucía dijo que era la única forma.

—¿La única forma de qué?

Su padre respiró profundamente. —De mantenerte viva.

Clara guardó silencio. Durante un segundo quiso creerles. Quiso pensar que todo había sido una decisión terrible tomada por miedo.

Pero entonces recordó el teléfono, la voz desconocida, la amenaza, la fotografía... Demasiadas mentiras. Demasiadas piezas que no encajaban.

—Quiero hablar con ella.

Su padre levantó la mirada. —Clara...

—Quiero hablar con mi hermana.

—No sabemos dónde está.

Clara sacó el teléfono de Lucía. —Entonces espero que ella sí sepa dónde encontrarme.

Marcó el número. Un tono. Dos. Tres. La casa quedó completamente en silencio.

Entonces alguien respondió. Clara dejó de respirar.

—¿Hola?

No era un desconocido. No era una voz ajena. Era ella: Lucía.

—Clara...

Escuchar su nombre en la voz de su hermana fue más doloroso que cualquier amenaza. Durante días había imaginado ese momento; había imaginado abrazarla, llorar, preguntarle por qué. Pero ahora solo sentía una herida abierta.

—Estás viva.

Hubo silencio. —Sí.

Una palabra. Una confirmación. Su hermana estaba viva y había permitido que todos creyeran que estaba muerta.

—¿Por qué?

La voz de Lucía bajó. —Porque si sabías la verdad, iban a ir por ti.

Clara cerró los ojos. —Ya fueron por mí, Lucía —silencio—. Ya me mentiste. Ya me dejaste sola. Ya tuve que descubrir que mi propia familia sabía más de mi vida que yo.

—Clara...

—No —su voz se quebró ligeramente, pero no lloró—. No me digas que lo hiciste por mí.

Al otro lado de la línea no hubo respuesta. Y ese silencio dolió más.

—Dime la verdad —susurró Clara—. Solo una vez. Sin protegerme. Sin mentirme.

Pasaron varios segundos. Entonces Lucía habló.

—Mi error fue pensar que podía alejarte de esto.

Clara apretó el teléfono. —¿De qué?

La respiración de Lucía cambió, como si incluso decirlo fuera peligroso.

—De algo que comenzó antes de que tú y yo naciéramos.

Un escalofrío recorrió a Clara. —¿Qué significa eso?

Pero la llamada se cortó. La pantalla quedó negra. Solo permaneció durante unos segundos el nombre de su hermana: Lucía.

Clara levantó la vista. Sus padres seguían observándola en silencio.

Ya no estaba buscando solamente a su hermana. Ahora estaba buscando la verdad sobre su propia familia. Y por primera vez comprendió algo que la inquietó más que cualquier amenaza: quizá Lucía no había sido la única persona que había estado huyendo; quizá todos en aquella casa llevaban años escondiéndose de algo.

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