Capítulo 6 No quiere que la encuentres

Clara no volvió a su departamento. No porque tuviera miedo, sino porque ya no confiaba en ningún lugar que llevara su nombre.

Durante años había pensado que su casa era el único sitio donde podía bajar la guardia; un lugar donde las personas que la rodeaban querían protegerla. Pero en menos de cuarenta y ocho horas había descubierto que las personas que más amaba podían esconderle las verdades más importantes de su vida.

Su familia sabía que Lucía estaba viva. Sus padres habían permitido que llorara una muerte falsa, y alguien estaba dispuesto a hacerle daño para impedir que siguiera buscando respuestas. No era paranoia: era supervivencia.

Encontró un pequeño motel en las afueras de la ciudad, lejos de las zonas que conocía. Pagó en efectivo y pidió una habitación sin hacer preguntas. La mujer de recepción apenas levantó la vista cuando le entregó la llave.

La habitación 17 era exactamente lo que esperaba: pequeña, oscura e impregnada de olor a humedad y recuerdos de personas que habían pasado por allí sin dejar rastro.

Clara dejó la bolsa sobre la cama y se miró en el espejo del baño. Tenía el rostro cansado, los ojos rojos por la falta de sueño y una expresión que apenas reconocía. La mujer que había entrado allí esa noche ya no era la misma que había despertado con una llamada de madrugada preguntando qué había ocurrido con su hermana.

Esa Clara todavía creía que la verdad podía arreglar algo. La nueva sabía que algunas verdades solo destruían.

Se sentó en la cama y sacó el teléfono de Lucía. Lo sostuvo durante varios segundos antes de marcar. No esperaba una respuesta, pero necesitaba intentarlo.

Un tono. Dos. Tres. Nada. La llamada fue enviada directamente al buzón de voz.

Clara bajó la mirada. —Claro —susurró—. Sigues escondiéndote.

No sabía si estaba enfadada con Lucía por haberla dejado atrás o consigo misma por seguir esperando que su hermana tuviera una explicación que pudiera perdonarlo todo.

A las once de la noche, el teléfono vibró. Número desconocido. Clara sintió cómo todo su cuerpo se tensaba. Abrió el mensaje:

«Si quieres saber quién era realmente Lucía, ven sola.»

No había nombre. No había explicación. Solo una dirección: un viejo almacén en la zona industrial.

Durante varios minutos permaneció inmóvil mirando la pantalla. Sabía que podía ser una trampa. Sabía que ir sola era exactamente lo que alguien quería. Pero también sabía algo más: cada vez que había ignorado una pista, alguien más había decidido la historia por ella.

Tomó una chaqueta y salió.

El viejo almacén parecía abandonado desde hacía décadas. Las paredes estaban cubiertas de humedad y las ventanas rotas dejaban entrar el sonido del viento. No había luces encendidas, excepto una lámpara amarilla que colgaba del techo y parpadeaba constantemente.

Clara entró despacio. —¿Quién está ahí?

Su voz se perdió entre las paredes vacías. Durante unos segundos no ocurrió nada. Entonces una figura apareció desde el fondo.

Clara reconoció inmediatamente al hombre: el mismo que había contestado el teléfono de Lucía. Pero ahora parecía diferente; tenía una herida en el rostro, la ropa arrugada y una expresión de alguien que llevaba demasiado tiempo cargando con algo que no podía decir.

—Sabía que vendrías —dijo.

Clara no se movió. —¿Dónde está mi hermana?

El hombre soltó una respiración cansada. —Siempre pensé que Lucía tenía razón sobre ti.

La mirada de Clara se endureció. —No hables como si la conocieras mejor que yo.

—Quizá ese es el problema.

La frase la molestó más de lo que esperaba. —¿Qué significa eso?

El hombre la observó durante unos segundos. —Que tu hermana pasó años intentando mantenerte lejos de cosas que nunca debiste conocer.

Clara soltó una risa amarga. —Qué conveniente. Todos parecen tener una excusa para mentirme.

El hombre bajó la mirada. —No vine a defenderla —sacó un sobre del interior de su chaqueta—. Vine a entregarte algo que ella dejó preparado.

Clara no lo tomó inmediatamente. —¿Por qué?

—Porque sabía que ibas a encontrar la forma de llegar hasta ella.

Esa respuesta le dolió. Porque era verdad. Lucía siempre había sabido cómo era; siempre había sabido que Clara no abandonaba a las personas que amaba.

Tomó el sobre. Dentro había una fotografía. Su respiración se detuvo.

Lucía aparecía junto a su padre. Pero no era una fotografía familiar. No había sonrisas, no había una celebración. Parecía una conversación; algo importante, algo oculto.

Clara dio vuelta la imagen. Detrás había una fecha escrita: quince años atrás.

—¿Qué significa esto?

El hombre tardó unos segundos en responder. —Significa que la historia de Lucía no empezó cuando fingió su muerte.

Clara levantó la mirada. —Entonces ¿cuándo empezó?

El hombre la miró fijamente. —Cuando descubrió lo que tu familia llevaba años intentando ocultar.

Un silencio pesado cayó sobre el almacén. Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Mi familia?

El hombre asintió lentamente. —Lucía no huía solamente de quienes querían hacerle daño —hizo una pausa—. También huía de la verdad.

Antes de que Clara pudiera responder, su teléfono vibró. Un nuevo mensaje. Número desconocido:

«Deja de buscar a Lucía.»

Otro apareció segundos después:

«Ella intentó protegerte.»

Clara miró la pantalla. Después miró al hombre frente a ella.

Por primera vez desde que todo comenzó, no sintió rabia. Sintió miedo. Porque si alguien estaba dispuesto a amenazarla para mantenerla lejos de la verdad, entonces la desaparición de Lucía no era el final de una historia: era el principio.

Y Clara acababa de abrir una puerta que quizá nunca podría volver a cerrar.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo