Capítulo 7 Hermana de sangre
Clara apenas logró llegar al motel de mala muerte en las afueras. El muslo le ardía como si le hubieran clavado un hierro al rojo vivo y cada respiración le provocaba un latigazo en las costillas. Se derrumbó sobre la cama sin quitarse la ropa ensangrentada, con la pistola todavía apretada en la mano derecha. Durmió solo cuatro horas, atormentada por pesadillas donde Lucía se reía mientras ella se desangraba en el suelo.
Cuando despertó, la fiebre le quemaba la frente y el cuerpo entero le temblaba. Se miró en el espejo sucio del baño: tenía la cara hinchada, moretones y sangre seca pegada al cuello. Ya no reconocía a la mujer que la observaba.
—Bien —susurró con voz ronca—. Así es exactamente como quiero estar.
Se cambió las vendas improvisadas lo mejor que pudo, se tragó seis ibuprofenos de golpe y salió cojeando hacia el coche. No tenía tiempo para recuperarse. El odio no esperaba.
A las ocho de la mañana irrumpió en la casa de sus padres por última vez. Entró sin tocar, dejando un rastro de sangre en el piso. Su padre estaba en la cocina con una taza de café en la mano. Su madre bajaba las escaleras. Ambos se quedaron petrificados al verla.
Clara cerró la puerta detrás de ella con calma letal y sacó la pistola.
—Lucía me llamó anoche —dijo con la voz rota pero firme—. Me dijo que ustedes ya habían aceptado su dinero para desaparecer y dejarme sola como carnada. Quiero oírlo de sus propias bocas.
El silencio que siguió fue peor que cualquier bala.
Su madre se derrumbó en las escaleras, llorando.
—Nos ofreció cien mil dólares… —confesó entre sollozos—. Dijo que si nos íbamos del país y no te ayudábamos más, nos dejaría vivir. Teníamos tanto miedo, Clara. Nos juró que si seguías buscando, los Lobos te iban a torturar para obligarla a salir. Nosotros… solo queríamos sobrevivir.
Clara sintió que algo se rompía dentro de su pecho de forma definitiva e irreversible.
—Vendieron a su otra hija por cien mil dólares —repitió lentamente, saboreando cada palabra con asco—. La hermana que siempre fue la buena, la tonta, la que no sabía nada. La descartable. Mientras protegían a la traidora que robó veinte millones y mató a una inocente para fingir su muerte.
Su padre intentó hablar, pero Clara levantó la pistola y le apuntó directamente entre los ojos.
—Cállate. No quiero oír más excusas. Lucía siempre fue tu favorita. La lista, la inteligente, la que traía dinero aunque fuera sucio. Yo solo era el adorno. Y ahora me dejan tirada para que me maten.
Disparó al techo. El estruendo fue ensordecedor. Su madre gritó y su padre se encogió.
—Les doy veinticuatro horas para desaparecer de esta casa y de mi vida —continuó Clara con frialdad absoluta—. Si los vuelvo a ver, si me entero de que intentan contactar a Lucía o advertirle, los voy a cazar yo misma. Y les juro que voy a disfrutar cada segundo que tarde en matarlos.
Salió de la casa sin mirar atrás, dejando la puerta abierta y a sus padres destrozados en el suelo.
El dolor de las heridas era casi insoportable, pero Clara no se detuvo. Condujo hasta un cibercafé oscuro y sórdido en una zona peligrosa de la ciudad. Pagó en efectivo, se sentó en una computadora del fondo y pasó más de cinco horas buscando como una posesa. Usó contraseñas viejas de Lucía, correos que recordaba, foros de la dark web. Hasta que lo encontró.
Un mensaje encriptado de hacía tres semanas:
“Elena Vargas – Pasaporte nuevo – Vuelo 247 a Madrid – 18 de abril – 20 millones ya transferidos. Si la hermana sigue haciendo ruido, usarla como carnada final. Que sufra.”
Clara imprimió el papel y lo guardó en su chaqueta con manos que ya no temblaban de dolor, sino de pura determinación asesina.
Esa misma noche, a pesar de la fiebre y las heridas abiertas, Clara hizo lo que nunca imaginó que sería capaz de hacer.
Entró cojeando al “El Perro Negro”, el bar clandestino donde se reunían los sicarios y ejecutores de los Lobos Negros. El lugar apestaba a cerveza rancia, cigarro y muerte. Todas las conversaciones se detuvieron cuando ella apareció.
Se plantó frente a la mesa del hombre más temido del lugar: un calvo con tatuajes en la cara, cicatrices de bala en el cuello y mirada de quien ha matado a decenas.
—Tengo información fresca y verificable sobre Lucía Torres —dijo Clara sin titubear—. Sé su nueva identidad, su nuevo pasaporte, su vuelo exacto y la fecha. Quiero hacer un trato.
El sicario la miró de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y diversión.
—¿Y tú quién coño eres, niña?
—Soy su hermana. Y quiero estar presente cuando la maten. Quiero mirarla a los ojos mientras le meten las balas. Quiero que sepa que fui yo quien la entregó.
El hombre soltó una carcajada grave.
—Estás completamente loca.
—No —respondió Clara, inclinándose sobre la mesa con los ojos ardiendo de odio—. Estoy rota. Lucía me destruyó. Me usó como carnada desde el principio. Me dejó sangrando y sola mientras ella se escapaba con veinte millones. Quiero verla morir. Despacio. Sufriendo.
El sicario la estudió durante un largo rato. Finalmente sonrió con todos sus dientes de oro.
—Eres más hija de puta que ella. Me gusta. Tenemos un trato. Mañana te contactaremos con los detalles.
Le entregó un teléfono desechable y una dirección segura.
Cuando Clara salió del bar, llovía a cántaros. Se detuvo en medio de la calle, dejó que el agua fría le lavara la sangre seca de la cara y susurró hacia la oscuridad:
—Te lo advertí, Lucía. Ya no soy tu hermana.
Ahora soy tu verdugo.
