Capítulo 7 La deuda de Lucía

El silencio dentro de El Perro Negro era más pesado que el humo que flotaba bajo las luces amarillentas del techo.

Nadie apartaba la mirada del cuerpo que yacía en el suelo. Nadie hablaba. Los hombres de Javier Morales observaban a Clara con una mezcla de sorpresa y desconfianza, como si intentaran decidir si acababan de ver a una mujer desesperada o a alguien mucho más peligroso.

Clara seguía apuntando hacia la puerta por donde había entrado el desconocido. Solo cuando estuvo segura de que nadie más aparecería bajó el arma.

No sintió orgullo. No sintió satisfacción. Solo un vacío extraño.

Horas atrás había sido una mujer que lloraba frente a una fotografía de su hermana. Ahora estaba en un bar lleno de criminales, con sangre en las manos y una pistola que apenas sabía usar. Y lo peor era que una parte de ella empezaba a entender que ya no podía volver atrás.

Javier se levantó lentamente de su asiento. No miró al hombre muerto; miró a Clara.

—Hay algo que me interesa de ti.

Clara apretó la mandíbula. —¿Qué?

—Que sigues hablando de Lucía como si la odiaras.

Javier caminó alrededor de la mesa, observándola con atención.

—Pero llevas más de un día arriesgando tu vida para encontrarla.

Clara sintió una punzada en el pecho. —No confundas las cosas.

—¿Ah, no? —Javier se detuvo frente a ella—. Si realmente quisieras verla muerta, habrías dejado que los Lobos la encontraran. Pero estás aquí. Buscando respuestas.

Clara guardó silencio. Porque sabía que tenía razón: la rabia era más fácil que admitir la verdad. Todavía quería encontrar a Lucía porque seguía siendo su hermana, aunque la hubiera traicionado, aunque hubiera dejado que creyera que estaba muerta, aunque ahora no supiera si abrazarla o golpearla cuando la tuviera enfrente.

—¿Qué sabes de ella? —preguntó Clara.

Javier volvió a sentarse. Hizo una señal a uno de sus hombres, que retiró el cuerpo del suelo sin decir una palabra. Después sacó un cigarro y lo encendió.

—Sé que Lucía nunca fue una víctima.

Clara no reaccionó. Ya había escuchado esa frase antes.

—Continúa.

—Trabajó para los Lobos Negros durante cuatro años. No era una simple contadora; era la persona que sabía dónde estaba cada dólar, cada nombre y cada secreto —Javier soltó el humo lentamente—. Pero hace seis meses empezó a cambiar.

—¿Cambiar cómo?

—Empezó a hacer preguntas.

Clara frunció el ceño. —¿Preguntas sobre qué?

Javier la observó durante unos segundos. —Sobre tu familia.

La respuesta la dejó inmóvil. —¿Mi familia?

—Sí.

Por primera vez desde que entró al bar, Clara sintió algo más fuerte que la rabia: miedo.

—¿Qué tiene que ver mi familia con los Lobos?

Javier apoyó los brazos sobre la mesa. —Eso es lo que intentaba descubrir Lucía.

Clara negó lentamente. —No tiene sentido.

—Muchas cosas no tienen sentido cuando tus padres han pasado años mintiéndote.

Las palabras golpearon donde más dolía. Clara apartó la mirada.

Sus padres. La fotografía. El miedo de su madre. La reacción de su padre. Todo volvía al mismo punto.

—¿Qué encontró Lucía?

Javier tardó en responder. Demasiado.

—Encontró documentos antiguos.

—¿De qué tipo?

—Documentos que demostraban que los Lobos Negros no comenzaron como una organización criminal.

Clara esperó. —¿Entonces cómo empezaron?

Javier apagó el cigarro contra el cenicero. —Como una empresa familiar.

El corazón de Clara dio un golpe. —Eso es imposible.

—Tu padre trabajó para ellos.

El mundo pareció quedarse en silencio. Clara lo miró fijamente.

—No.

—Sí.

—Mi padre era empresario.

Javier sonrió sin humor. —Todos los hombres peligrosos tienen una versión oficial de su vida.

Clara retrocedió un paso. —Estás mintiendo.

—Ojalá.

Javier abrió un cajón de la mesa y sacó una carpeta vieja. La dejó frente a ella.

Clara no quiso tocarla, pero algo dentro de ella sabía que ya no podía seguir evitando las respuestas. Abrió la carpeta.

Dentro había fotografías antiguas, documentos, transferencias, nombres... Y una imagen que hizo que el aire desapareciera de sus pulmones.

Su padre, mucho más joven, de pie junto a tres hombres. Uno de ellos era Javier Morales. El otro era alguien que Clara no conocía. Pero había una cuarta persona en la fotografía: una mujer que reconoció inmediatamente.

Lucía.

Solo que la fotografía tenía una fecha: era de hacía diez años, cuando Lucía apenas tenía veinte.

Clara levantó la mirada lentamente. —¿Por qué mi hermana estaba con ustedes?

Javier no respondió. Se limitó a observarla.

—Porque Lucía no descubrió los secretos de tu familia por accidente, Clara —el silencio fue absoluto—. Ella nació dentro de ellos.

Clara sintió que algo se rompía dentro de ella. —¿Qué estás diciendo?

Javier tomó la fotografía y señaló a Lucía.

—Tu hermana no estaba huyendo de los Lobos Negros —pausa—. Estaba huyendo de lo que tu padre construyó.

Clara dejó caer la fotografía sobre la mesa.

Durante días había pensado que Lucía era la traidora. Que Lucía había destruido a su familia. Que Lucía era el monstruo del que todos hablaban. Pero ahora una posibilidad mucho peor empezaba a tomar forma: quizá Lucía no había sido quien abrió la puerta del infierno; quizá solo había sido la primera en descubrir que ya estaban dentro.

Javier la miró fijamente. —Ahora entiendes por qué tu hermana quería mantenerte lejos.

Clara tragó saliva. —¿Dónde está Lucía?

Javier guardó silencio. Y cuando finalmente respondió, su voz fue apenas un susurro:

—Si todavía está viva... no está huyendo de los Lobos —pausa—. Está huyendo de tu padre.

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