Capítulo 1 Capitulo 1
La casa olía a café recién hecho y a un perfume que no era mío.
Bajé la escalera con el cuaderno contra el pecho, descalza, porque los zapatos hacían ruido y a esa hora cualquier ruido parecía una falta. En la cocina, la luz entraba sesgada por la ventana y doraba la mesa solo hasta la mitad. La otra mitad quedaba en sombra. Luci estaba sentada en la parte clara, el pelo todavía húmedo, una camisa demasiado grande resbalándole de un hombro. Mi padre le había apartado la silla. Lo vi en el gesto, no en la intención: la mano en el respaldo, el cuerpo inclinado hacia ella, como si el día no pudiera empezar sin asegurarse de que Luci estaba cómoda.
A mí me quedó el extremo de la mesa. El café ya no humeaba.
—Alice, el suéter de tu hermana quedó en el sofá —dijo mi madrastra, sin levantar la vista del teléfono—. Recógelo antes de irte. No vamos a vivir en un desorden.
Luci no era mi hermana. Lo era en los papeles, en la misma edad, en la foto familiar donde yo aparecía medio paso detrás. En la boca de ellos, la palabra hermana servía para exigirme y para perdonarla. Tomé la taza. El borde estaba tibio, no caliente. Bebí igual.
—¿Dormiste bien? —preguntó mi padre.
No me miraba.
Luci sonrió, un poco perezosa, y le contestó que había estudiado hasta tarde. Él asintió, satisfecho, y le pasó la mantequilla antes de que ella la pidiera. Yo partí el pan con los dedos. La miga se me quedó pegada a la yema. Nadie lo notó. A veces pensaba que si me quedaba muy quieta, la casa terminaría por olvidar que también ocupaba una silla.
En el pasillo, el espejo me devolvió la cara sin arreglo. El pelo castaño, lacio, recogido de cualquier modo. Los ojos demasiado atentos para una mañana en la que nadie iba a preguntarme nada. Luci cruzó detrás de mí y el espejo la prefirió: la boca pintada a medias, el hombro desnudo, esa seguridad de quien sabe que la van a esperar. Misma edad. Otro aire. Tragué el resto del café frío y subí a buscar el suéter, porque si no lo hacía, el comentario me seguiría hasta la puerta.
La tela olía a su perfume. La doblé con cuidado, como si el cuidado pudiera convertirse en algo que me devolvieran.
En la universidad el patio estaba lleno. Octubre todavía guardaba un sol suave, de esos que calientan la nuca y no alcanzan a molestar. Luci caminaba unos metros delante, rodeada de voces. La gente se abría sin que ella lo pidiera. Yo iba por el borde, el bolso colgado de un solo hombro, contando las losetas para no contar las veces que alguien me rozaba y seguía de largo.
Entonces lo vi.
Ethan estaba junto a la columna del pabellón de letras, una mano en el bolsillo, la otra sosteniendo un vaso de café que ya no bebía. Llevaba el cuello de la camisa abierto. El viento le movía el pelo oscuro sobre la frente y él no se lo acomodaba. Me detuve sin decidirlo. El pulso se me adelantó, torpe, en la base de la garganta.
Hacía meses que lo miraba así. Meses de aprenderle la risa de lejos, el modo en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba, la línea de la mandíbula cuando se quedaba callado. Nunca me había mirado de vuelta. Yo lo había aceptado como se acepta el clima: algo que ocurre fuera de una, sin obligación de corresponder. Aun así, cada vez que aparecía, el día se me ordenaba alrededor de ese punto.
Hoy no miraba al patio.
Miraba a Luci.
Lo supe por la quietud. Ethan tenía una forma de quedarse inmóvil cuando algo le importaba, como si moverse pudiera espantar lo que deseaba. Los ojos se le fueron detrás de ella hasta que dobló hacia la biblioteca. Recién entonces parpadeó. Y entonces, solo entonces, me encontró a mí.
No fue un flechazo. Fue un cálculo que le cruzó la cara y se le aquietó en la boca. Me sostuvo la mirada un segundo más de lo casual. Yo sentí el calor subirme del cuello a las mejillas y no supe esconderlo. Bajé la vista. Cuando la levanté, él ya venía hacia mí.
El corazón me golpeó las costillas con una esperanza tan inmediata que me dio vergüenza.
—Alice, ¿no? —dijo.
Mi nombre en su boca sonó nuevo. Asentí. La voz no me salió a la primera.
—Creo que compartimos el electivo de los jueves. —Se pasó la mano por el pelo, un gesto lento, estudiado sin parecerlo—. Me faltó la lectura de la semana pasada. Dicen que tú tomas apuntes completos.
Nadie decía eso. Yo tomaba apuntes completos porque era la única manera de existir en una sala sin que me borraran. No lo corregí.
—Puedo pasártelos.
—¿Ahora?
Abrí el cuaderno. Las hojas temblaron un poco. Ethan se inclinó para ver y el olor de su café me llegó mezclado con el de su piel, limpio, cercano. Demasiado cercano para alguien que hasta esa mañana no había pronunciado mi nombre. Su hombro casi rozó el mío. No llegó a tocarlo. La ausencia del roce me ardió igual.
—Tu hermana también está en letras, ¿no? —preguntó, como si la frase se le hubiera ocurrido al pasar.
Luci. Siempre Luci, incluso ahí, incluso con su aliento a esa distancia.
—Es mi hermanastra —dije, y me arrepentí del matiz. Sonó a defensa.
Él sonrió apenas.
—Se parece a ti. —La mentira fue amable. No nos parecíamos—. Aunque ella parece… difícil de cruzar. Tú no.
Tragué. El elogio me entró por donde no tenía defensa: la idea de ser la versión accesible, la que no exigía esfuerzo. Quise que significara que me había elegido. El cuaderno pesaba entre los dos.
—Te los puedo enviar —ofrecí—. Si me das tu número.
Lo dije demasiado pronto. Lo supe en el silencio breve que siguió, en el modo en que sus ojos se aclararon, satisfechos. Sacó el teléfono. Yo dicté los dígitos con una voz que intentó ser firme y no lo fue. Cuando guardó el contacto, el pulgar se detuvo sobre la pantalla.
—Alice —repitió, probando el nombre otra vez—. Esta noche te escribo. No quiero llegar al jueves sin haber leído.
Asentí. No confié en abrir la boca.
Se fue sin tocarme. A los tres pasos ya no caminaba hacia la salida. La mirada se le fue, otra vez, hacia la biblioteca, hacia el ventanal donde Luci se había detenido a hablar con alguien. La buscó. La encontró. Y solo entonces siguió, con el teléfono en el bolsillo donde acababa de guardar mi número.
Me quedé junto a la columna. El sol me calentaba la nuca. El patio seguía lleno, indiferente. Apoyé el teléfono contra el pecho, debajo de la clavícula, donde el pulso no terminaba de bajar. La pantalla todavía no tenía ningún mensaje. No importaba. Ya imaginaba la luz encendiéndose más tarde, su nombre, una frase corta que yo leería más veces de las que iba a admitir.
Desde el ventanal, Luci rio. El sonido me llegó adelgazado por el vidrio. Ethan no se dio vuelta, pero supe, con una claridad que todavía no quería nombrar, que no se había acercado a mí para encontrarme.
Se había acercado porque yo era la puerta.
Y yo, con el teléfono temblándome contra las costillas, ya estaba deseando abrirme.
