Capítulo 2 Capitulo 2
El mensaje llegó cuando la casa ya estaba en silencio.
Estaba sentada en la cama, con el cuaderno abierto y la lámpara baja, fingiendo que estudiaba. El teléfono vibró contra el muslo. El nombre de Ethan iluminó la pantalla y durante un segundo no me atreví a tocarlo, como si la luz pudiera apagarse si yo respiraba mal.
«¿Sigue en pie lo de los apuntes? Mañana, después de las tres, en el café de la esquina del campus. Si puedes.»
Podía. Habría podido aunque tuviera fiebre. Le respondí que sí, que ahí estaría, y luego borré dos frases de más antes de enviarlo. Dejé el teléfono boca abajo. El corazón no entendió la orden de calmarse. Cada vez que cerraba los ojos veía su mano guardando mi número, el segundo de más en que me había mirado, la mentira amable de que me parecía a Luci. La giré hasta que sonó a otra cosa: a que me había visto.
Dormí poco. Amanecí con el mismo café frío de siempre y con un cuidado nuevo en las manos, como si el día pudiera notarse en la piel.
Luci bajó tarde, otra vez. Mi padre le preguntó si había descansado. Mi madrastra deslizó hacia mí la lista de la compra sin mirarme.
—Y no tardes —añadió—. Tu hermana tiene gente esta noche.
No discutí. En el espejo del pasillo me recogí el pelo dos veces. La segunda quedó peor. Salí antes de que alguien me preguntara por qué me había puesto la blusa clara, la única que no me quedaba como prestada.
El café olía a canela y a leche quemada. Ethan ya estaba en una mesa del fondo, de espaldas a la ventana, desde donde se veía la puerta. Cuando entré, levantó la vista enseguida. Esa prontitud me atravesó el pecho. Me hizo un sitio con la mano, no con la voz, y yo crucé el local sintiendo que cada paso se oía demasiado.
—Llegaste —dijo.
Como si hubiera dudado. Como si mi sí no le hubiera bastado.
Saqué el cuaderno. Él no lo abrió de inmediato. Pidió dos cafés sin preguntarme cuál quería y, al devolverme la carta, los dedos le rozaron los míos. Fue un roce breve, de papel y piel. Se me quedó en la mano mucho después de que el papel ya no estuviera.
—Cuéntame —dijo, inclinándose—. En tu casa, ¿a qué hora se quedan solos? Digo, para no escribirte cuando estén todos encima.
Creí que era consideración. Le hablé de los horarios de mi padre, de las tardes en que mi madrastra salía, de Luci y sus amigas entrando y saliendo como si la puerta no tuviera cerradura. Ethan escuchaba con la barbilla apoyada en los nudillos. Asentía en los lugares justos. Cuando nombré a Luci, los ojos se le detuvieron un instante en mi boca, no en la ventana.
—Debe ser raro —murmuró— vivir con alguien a quien todo el mundo mira primero.
La frase me encontró desprevenida. Bajé la vista a la taza. El vapor me humedeció los labios.
—Uno se acostumbra.
—Tú no pareces acostumbrada. Pareces… —buscó la palabra y la dejó caer suave— esperando que alguien mire bien.
Nadie me había dicho eso. Nadie se había tomado el trabajo de inventarlo. Sentí el calor subirme por el cuello y no lo escondí bien. Ethan sonrió apenas, como si esa torpeza le confirmara algo. Hablamos media hora. De la lectura, dijo poco. Del patio, de la casa, de lo difícil que era acercarse a Luci sin parecer interesado, dijo más. Yo oí el nombre de mi hermanastra y lo traduzco a curiosidad inocente. Quise creerle con todo el cuerpo.
Al despedirnos no me besó. Me acomodó el cuello de la blusa con dos dedos, un gesto mínimo, y se quedó cerca lo bastante para que su respiración me rozara la sien.
—Mañana paso por ti —dijo—. Si quieres.
Quise. Lo dije con la voz baja, y el sí me supo a puerta abriéndose.
En casa, la noticia no necesitó de mí. Luci me vio guardar el teléfono con una sonrisa que no supe borrar y entrecerró los ojos.
—¿Ethan? —preguntó, y el nombre le salió interesado, no burlón—. ¿El de letras?
Asentí. El corazón me dio un vuelco absurdo, de niña que enseña una nota buena.
Mi madrastra, desde el umbral, soltó una risa corta.
—Alguien tenía que apiadarse.
Mi padre no levantó la vista del periódico. Murmuró que mientras no descuidara la universidad, el resto era cosa mía. Luci, en cambio, se sentó en el brazo del sofá y me pidió detalles con una luz nueva en la cara. Si a ella le importaba, pensé, entonces era real. Si el nombre de Ethan le había enderezado la espalda, entonces yo no lo había imaginado. Me aferré a eso mientras doblaba la lista de la compra y sentía, todavía, los dos dedos de él en el cuello de la blusa.
Al día siguiente pasó por mí a la salida. No entró a la facultad. Me esperó bajo el árbol del estacionamiento, las manos en los bolsillos, el mismo vaso de café de la víspera sin beber. Cuando me vio, no sonrió del todo. Me tendió la mano. La tomé. La palma estaba caliente. Entrelazó los dedos con los míos como si ese gesto ya tuviera historia, y durante diez minutos, caminando sin rumbo entre los autos, habló en plural.
Nosotros podríamos salir de este campus. Nosotros podríamos dejar de escondernos en cafés. Nosotros, si tu padre no pone problema.
Yo apenas hablaba. Miraba nuestras manos y sentía que el suelo se había vuelto más firme. El plural me entraba por el oído y me bajaba al vientre, tibio, peligroso. Ethan apretó una vez, suave, cuando una ráfaga me echó el pelo a la cara. No me lo apartó. Dejó que el mechón quedara entre los dos, rozándole la muñeca.
—¿Puedo subir un rato? —preguntó al llegar a la esquina de mi casa—. Solo un rato. Quiero ver dónde vives.
La casa estaba demasiado despierta para un secreto. Aun así abrí. El perfume de Luci salió a recibirnos antes que nadie. Ethan lo notó. Lo vi en la forma en que aspiró, breve, y en cómo la mirada se le fue escaleras arriba antes de volver a mí.
En la cocina, Luci estaba descalza, comiendo fruta de pie, el pelo suelto. Al verlo se detuvo con el tenedor a medio camino. Sonrió. No fue la sonrisa que me dedicaba a mí.
—Tú eres Ethan.
—Y tú debes ser la difícil de cruzar —contestó él, y la frase que el día anterior me había parecido mía cambió de dueña en un segundo.
Luci rio. Ethan se demoró. Se apoyó en la mesada, le respondió el chiste, aceptó el trozo de manzana que ella le ofreció con los dedos. Yo me quedé junto a la heladera, con su mano todavía alrededor de la mía, sintiendo cómo el agarre se aflojaba sin soltarme del todo. Cuando por fin subimos, él ya no era el mismo. En la escalera me soltó. En el pasillo miró la puerta entreabierta del cuarto de Luci. En el umbral del mío se pasó la lengua por el labio, ausente, y el beso que no me dio abajo tampoco me lo dio ahí.
Se sentó en el borde de la cama. Revisó el teléfono. Me habló de la fiesta que se venía, de que tenía que ir todo el mundo, de que ojalá Luci no se perdiera una noche así. Yo asentía. Guardaba el calor que me había quedado en los dedos, no la escena de la cocina. Si pensaba en la manzana, en la risa, en la puerta entreabierta, el plural se me rompía. Preferí el plural.
Se fue antes de la cena. En la escalera se cruzó con Luci y le dijo algo que no alcancé a oír. Ella volvió a reír.
Cerré la puerta de mi cuarto y me senté donde él se había sentado. La colcha todavía tenía la forma de su peso. Abajo, la voz de Ethan no se había ido. Seguía en la cocina, mezclada con la de Luci, baja, cómoda, como si la casa ya le hubiera hecho un sitio que a mí me había costado años pedir.
Apoyé la frente en las rodillas. Las manos me olían a su café. Las cerré para que el olor no se fuera, y escuché, hasta que la risa de mi hermanastra subió por el pasillo y me encontró exactamente donde estaba: deseando que volviera a subir, aunque fuera por la puerta equivocada.
