Capítulo 3 Capitulo 3
La palabra llegó en un pasillo que olía a tiza y a abrigos mojados.
Ethan me esperaba junto a los casilleros, el hombro contra el metal, el vaso de café intacto en la mano. Luci venía detrás de mí, hablando con alguien, la risa alta, el perfume adelantándosele. Yo todavía no había llegado a su altura cuando él dio un paso, me tomó de la muñeca y dijo, lo bastante claro para que el pasillo entero lo heredara:
—Ahí está mi novia.
Novia.
La sílaba me entró por el oído y me bajó al pecho como agua tibia. No pregunté desde cuándo. No pregunté si era en serio. Cerré los dedos alrededor de los suyos y sentí que el suelo, por una vez, no se inclinaba hacia otra. Luci se detuvo. Lo vi en el reflejo del vidrio del aula: la sonrisa que se le quedó a medias, la mirada que fue de mi mano a la boca de Ethan y volvió a mí con una curiosidad nueva, casi ofendida. Él no la saludó primero. Me acomodó un mechón detrás de la oreja. El gesto fue breve. La audiencia, no.
—¿Novia? —repitió Luci, y la palabra en su boca sonó a prueba.
—Novia —dijo él, sin soltarme.
Yo asentí. El corazón me golpeaba tan fuerte que temí que se oyera. Durante el resto de la mañana caminé con esa frase guardada bajo la lengua, probándola, dándole la vuelta. Mi novio. El de la columna. El que me había pedido los apuntes y se había quedado. Si Luci lo había oído, entonces no era un secreto frágil. Si el pasillo lo había oído, entonces nadie podría devolverme a la sombra de la silla fría.
En casa no hizo falta que yo lo anunciara. Luci lo hizo por mí, entre la puerta y la cocina, con un tono que quería ser ligero y no lo era.
—Alice tiene novio. Ethan.
Mi madrastra arqueó una ceja. Mi padre pasó la página del periódico.
—Mientras no descuides la universidad —dijo, y esa fue toda la bendición.
Luci se sirvió agua y me miró por encima del vaso.
—Qué rápido. Ayer ni sabía cómo te llamabas.
No era cierto. O sí lo era, y esa verdad me raspó. Sonreí igual. Guardé el cuaderno. Subí la escalera con las mejillas calientes y con la muñeca todavía marcada por la presión de sus dedos. En el cuarto me senté en la cama y repasé el día como quien repasa una tela nueva, buscando el hilo suelto y decidiendo no tirar de él.
Esa noche escribió.
«¿Puedo subir? Tu padre salió. Lo vi en el auto.»
Miré la hora. Mi madrastra estaba en la sala, con la televisión baja. Luci se había encerrado a hablar por teléfono; la risa se filtraba por la rendija de su puerta. Contesté que la ventana del pasillo trasero no tenía el pestillo echado. El sí me tembló en el pulgar.
Llegó sin ruido. Cuando abrí, el frío de la noche le venía pegado al abrigo. Entró, cerró, y durante un instante solo se oyó su respiración y la mía, desacompasadas. No encendí la lámpara grande. La pequeña, sobre el escritorio, dejó la cama en una penumbra dorada.
—Novia —dijo, más bajo que en el pasillo, y esta vez la palabra me rozó la boca.
El beso no fue una pregunta. Fue una llegada. Sus labios estaban tibios, con un resto de café, y al principio yo no supe dónde poner las manos. Las apoyé en su pecho. El corazón de él iba más lento que el mío. Eso debería haberme dicho algo. No lo escuché. Escuché solo el sonido húmedo de la boca, el roce de su nariz contra la mía, el suspiro que se le escapó cuando le abrí los labios.
Me llevó hasta la cama sin prisa y sin ternura excesiva. La colcha se me arrugó bajo la espalda. Ethan se sostuvo sobre los codos, el peso a medias, la frente casi tocando la mía. Le busqué los ojos. Él miraba mi boca.
—¿Estás segura? —preguntó.
No era del todo una pregunta. Era el borde de un permiso que él ya daba por concedido. Asentí. Quería que alguien se quedara. Quería que el plural de la víspera tuviera cuerpo, temperatura, una prueba que nadie pudiera negar al día siguiente. Le desabroché el primer botón con dedos torpes. Él me dejó hacerlo un momento y después siguió él, más diestro, más quieto por dentro de lo que yo estaba.
La blusa me subió por las costillas. El aire del cuarto me enfrió la piel y enseguida la cubrió su palma, ancha, segura, sin temblor. Cerré los ojos. Cada sitio que tocaba parecía existir por primera vez: la curva de la cintura, el borde de la ropa interior, la línea donde el pulso se me acumulaba. Yo le ofrecí la boca, el cuello, la confianza entera. Le dije su nombre contra la clavícula, bajito, como se dice una llave. Él respondió con la respiración, no con palabras.
Cuando la ropa dejó de estorbar, el mundo se redujo al peso de su cadera, al calor compartido, a la fricción lenta que al principio dolió un poco y después se volvió otra cosa, más honda, más urgente. Me aferré a sus hombros. Busqué su mirada otra vez. Ethan tenía los ojos cerrados, la mandíbula tensa, la atención puesta en el ritmo y no en mí. Aun así lo abracé. Aun así creí que quedarse dentro de ese silencio era una forma de amor. El placer me subió en una ola corta, sorprendida, y se quebró con un gemido que ahogué en su cuello. Él terminó poco después, la frente hundida en la almohada, al lado de mi oreja, un sonido breve que no fue mi nombre.
Se quedó un minuto. Quizá menos. Luego se apartó, buscó el teléfono en el suelo y la pantalla le iluminó la cara. Yo todavía tenía la respiración desordenada, la piel sensible, un temblor fino en los muslos. Él leyó algo. La comisura se le movió.
—Luci preguntó si íbamos a la fiesta del sábado —dijo, como si estuviéramos vestidos, como si la cama no guardara lo que acababa de ocurrir—. Le dije que sí.
Tragué. El aire me supo a sal y a su colonia.
—¿Le escribiste?
—Me escribió ella. —Guardó el teléfono. Me rozó la rodilla, distraído—. Va a ir todo el mundo. Tienes que venir. Sería raro que mi novia no estuviera.
Mi novia. La agarré otra vez, aunque ya no tenía el mismo calor. Asentí contra la almohada. Ethan se vistió de pie, de espaldas, el omóplato moviéndose bajo la luz pobre. Antes de irse se inclinó y me besó la frente. Fue un beso seco. De trámite. La ventana se cerró detrás de él y el cuarto se quedó con su olor y con el mío, mezclados, desiguales.
No dormí. Conté las veces que me había tocado y las veces que me había mirado. Las cuentas no coincidían.
Por la mañana apenas me rozó el mensaje. «Llevo el abrigo. Tú ponte algo lindo. Luci va de negro.» Lo leí en la cocina, con el café frío entre las manos. Mi madrastra pasó y miró la pantalla de reojo.
—No te regales —dijo—. Los hombres se aburren de lo fácil.
No le contesté. El comentario se me sentó en el estómago junto al recuerdo de sus manos. Fui a la universidad con la blusa de la víspera, porque todavía olía a él y porque tirarla a lavar me pareció una forma de borrar la única prueba.
En la biblioteca choqué con alguien.
El golpe fue suave, de hombro contra pecho. Un libro se me cayó. El suyo no. Una mano lo recogió antes de que yo llegara al suelo y me lo devolvió abierto en la página exacta. Levanté la vista.
No era Ethan.
Era más alto, el pelo castaño revuelto por el frío de afuera, una chaqueta del equipo de hockey con el número apenas visible bajo el pliegue. Tenía los ojos claros y una quietud distinta: no calculaba. Esperaba.
—Perdón —dije.
—No fue tu culpa. Ibas mirando el suelo. —No sonrió para endulzar la frase. Me sostuvo el libro un segundo más, hasta que mis dedos lo tomaron de verdad—. Eduardo. Capitán. Por si el choque merece nombre.
Alice, estuve a punto de decir. No hizo falta. Él ya había leído la etiqueta del cuaderno.
—Alice. —Lo pronunció sin prisa, sin público—. Si vuelves a ir con la vista baja, al menos mira las esquinas. Ahí siempre hay alguien.
Se apartó. No pidió el número. No se quedó a que el silencio se volviera invitación. Siguió hacia la sala de lectura y el pasillo volvió a oler a papel. Yo me quedé con el libro contra el pecho, el pulso raro, sin saber qué hacer con una mirada que no había pedido nada.
Ethan apareció al final del estante. Había visto el saludo. Lo supe porque me rodeó la cintura con el brazo, un segundo, delante de quien todavía pudiera estar mirando. No fue un abrazo. Fue una marca. El pulgar se me clavó apenas sobre la cadera, donde horas antes había estado su boca, y luego me soltó.
—El del hockey —dijo, sin interés real—. No te disperses. El sábado es nuestra noche.
Nuestra. Otra vez el plural. Asentí y dejé que me llevara hacia la salida, aunque el peso de su brazo ya no me ordenaba el día. En la puerta de la pista, al cruzar el campus, vi a Eduardo de pie, el palo al hombro, hablando con un compañero. No nos llamó. Solo giró la cara cuando pasamos. Sus ojos se detuvieron en la mano de Ethan sobre mi espalda, luego en mi cara. No hubo juicio visible. Hubo atención. Seguí caminando.
En el cuarto, de noche, saqué el vestido.
Era gris, sencillo, el único que no había heredado un comentario de mi madrastra. Me lo puse frente al espejo. La tela me rozó los muslos, fría primero, después tibia. Me recogí el pelo. Me lo solté. En el vidrio aparecía una chica que había entregado la boca y la confianza y todavía esperaba que eso bastara para que la eligieran. Detrás de mi reflejo, la puerta de Luci estaba entreabierta. Se probaba un vestido negro. Reía con el teléfono pegado a la oreja.
—Sí, él va —la oí decir—. Y Alice, claro. Es su novia.
La palabra, dicha por ella, ya no me abrigó.
Me quedé quieta, las manos en el borde del lavabo, la respiración corta. Abajo, en alguna parte del campus, la pista seguía encendida. No podía verla. Aun así la imaginé: el hielo vacío, un hombre en la puerta que me había devuelto un libro y no me había pedido que fuera fácil, ni linda, ni puente de nadie.
El sábado estaba a dos días. El vestido me quedaba bien. Ethan había dicho nuestra noche.
Apoyé la frente en el espejo. El vidrio estaba frío. Y por primera vez desde que guardé su número contra el pecho, el frío me pareció más honesto que el calor.
