Capítulo 4 Capitulo 4
La casa de la fiesta olía a alcohol dulce, a perfume mezclado y a una madera que alguien había intentado tapar con incienso. Desde la vereda ya se oía la música, un bajo constante que me vibró en el esternón antes de cruzar la puerta. Ethan llevaba mi mano. El vestido gris me rozaba los muslos a cada escalón y yo iba contando esos roces como si pudieran sostenerme.
Dentro, la luz era baja y roja en los bordes. La gente se apretaba en el living, vasos en alto, voces chocando. Ethan me soltó para saludar a alguien del equipo. El vacío entre sus dedos y los míos duró un segundo. Luego Luci cruzó la sala.
Iba de negro, como él había anunciado. El vestido le dejaba la espalda al aire y el pelo suelto le rozaba la cintura cuando se volvía. No buscó a nadie. La sala la encontró sola. Vi el instante exacto en que Ethan dejó de oír al que le hablaba. La mandíbula se le aflojó. La mirada se le fue detrás de ella con esa quietud que yo ya conocía, la de quien no quiere espantar lo que desea.
—Ya vuelvo —dijo, y no volvió.
Intenté seguirlo. Entre el sofá y la mesa había un hueco; al llegar yo, el hueco se había cerrado. Una chica rio y me pidió paso sin mirarme la cara. Un codo me rozó el brazo. El perfume de Luci quedaba en el aire cada vez que ella giraba, y Ethan estaba siempre un cuerpo más cerca de ese perfume que de mí. Pedí un vaso de agua. Me lo dieron con alcohol. Lo dejé en la primera superficie que encontré.
Desde la cocina, alguien dijo mi nombre sin llamarme.
—La novia de Ethan está ahí, sola. Pobre.
No me volví. El comentario se me pegó a la nuca, húmedo. Busqué a Ethan otra vez y lo hallé junto a la ventana, inclinado hacia Luci, la mano en el marco, a la altura de su hombro sin tocarlo todavía. Ella le reía una frase. Él no apartaba los ojos de su boca. Yo había estado en esa distancia dos noches antes, con la respiración desordenada y su teléfono iluminándole la cara. Tragué. El vestido me sobraba de pronto, y a la vez no me cubría nada.
Eduardo estaba en la cocina.
No lo busqué. Lo vi al pasar, de espaldas al mesón, la chaqueta del equipo abierta, un vaso que sí parecía agua. Hablaba con un compañero y no reía. Cuando crucé hacia el living, su mirada me encontró un instante. No hubo saludo. Hubo esa atención quieta de la biblioteca, la que no pedía que yo fuera fácil. Seguí, porque Ethan acababa de volver a tomarme la muñeca.
—Ven. Van a jugar.
—No quiero.
—No arruines la noche. —Me lo dijo cerca de la oreja, con la voz que en el pasillo había dicho novia—. Es un juego. Si te quedas parada van a pensar que estás enojada.
Me sentó en el círculo. La alfombra estaba tibia de tantos cuerpos. Alguien puso una botella vacía en el centro. El vidrio giró una vez, de prueba, y la luz roja le corrió por el cuello como un pulso. Ethan se sentó a mi lado. Luci quedó enfrente. La rodilla de ella casi tocaba la de él cuando se acomodó. Nadie lo señaló. Yo sí lo vi.
El primer giro cayó entre dos desconocidos. Se besaron rápido, entre risas, y el círculo aplaudi. Yo respiré. El segundo cayó en una chica y en Ethan. Él se inclinó, le rozó la boca, breve, y al apartarse me apretó la rodilla como quien paga una cuenta. El gesto no me calmó. Me dejó la piel marcada.
—Otra —pidió alguien.
La botella giró. El vidrio cantó contra la alfombra. Se detuvo con el cuello apuntando a Ethan y la base hacia Luci.
La sala hizo un sonido solo, de hambre y de burla. Luci arqueó una ceja. Ethan no buscó mi permiso. Se inclinó sobre el círculo, una mano en el suelo, la otra ya en el aire junto a la mejilla de ella, y la besó.
No fue el roce de antes. Fue un beso largo, con la boca abierta, con la risa de Luci quebrándose contra sus labios y volviéndose otra cosa. Alguien silbó. Alguien contó en voz alta. Yo esperé el instante en que él se apartara y me buscara, el instante en que el juego terminara de ser juego. No llegó. Ethan le sostuvo la nuca. Luci le respondió. El vestido negro se le subió un poco en el muslo cuando se inclinó, y la sala entera miró eso, no a mí.
Cuando se separaron, él tenía la boca roja. No era mi labial.
—Casualidad —dijo, sin mirarme.
La botella volvió a girar. Yo sentí las manos frías sobre las rodillas. El círculo se achicó. Alguien empujó la botella con dos dedos, entre risas, y el vidrio obedeció: Ethan, Luci. Otra vez.
El segundo beso fue peor porque ya no tenía disfraz. Luci le tomó la camisa. Él se dejó. La sala coreó un nombre que no era el mío y después, como si el chiste necesitara remate, alguien lo dijo:
—Alice, ¿no vas a reclamar lo tuyo?
La risa me pasó por encima. Ethan no se volvió. Tenía la frente apoyada en la de Luci, los dos todavía cerca, respirando el mismo aire que yo había creído mío en un cuarto a oscuras. Me levanté. La falda se me pegó a las piernas. Nadie me hizo sitio al principio; tuve que pasar entre hombros, entre un comentario que no terminó, entre el calor de una sala que de pronto olía solo a ellos.
En el pasillo la música llegaba amortiguada. Apoyé la espalda en la pared. Las manos me temblaban. No lloré todavía. El llanto se me quedó detrás de los ojos, caliente, inútil.
Ethan salió detrás de mí. Se pasó el dorso de la mano por la boca, un gesto automático, y tuvo la decencia de no sonreír.
—No dramatices. Es un juego. Luci se dejó llevar, yo también. Mañana ni se acuerda.
Mañana. Como si el sábado pudiera doblarse y guardarse. Lo miré. Busqué en su cara la del pasillo, la del plural, la del hombre que me había pedido que no me dispersara. Encontré al que medía puertas. La comprensión me llegó entera, sin etapas: los apuntes, la casa, la mano, la cama, el teléfono iluminado mientras yo todavía temblaba. Yo había sido el camino. Luci era la habitación.
—No me toques —dije, cuando él avanzó un paso.
No grité. La voz me salió baja y clara, y eso lo detuvo más que un golpe.
Eduardo apareció al final del pasillo. No supe cuánto había visto. Lo suficiente: tenía la mandíbula tensa y el vaso ya no estaba en su mano. No empujó a Ethan. No levantó la voz. Se detuvo a una distancia que no me encerraba y me habló solo a mí.
—Si quieres irte, el auto está afuera. No tienes que cruzar esa sala sola.
Ethan soltó una risa corta.
—Qué considerado, capitán.
Eduardo no le contestó. Esperó. Yo miré la puerta del living, la luz roja, el círculo que seguía riendo, y supe que las piernas no me alcanzaban para atravesarlo con el vestido gris y la vergüenza puesta en la piel. Asentí.
Caminamos por la cocina. Nadie nos detuvo. El aire de la calle, al abrir la puerta, me golpeó frío en la clavícula y me devolvió el cuerpo. El auto era oscuro, sin música. Eduardo me abrió la puerta y no me ayudó a subir; dejó que yo decidiera el último movimiento. Cuando arrancó, las manos le quedaron quietas en el volante. Las mías, en el regazo, no dejaban de temblar.
La casa de la fiesta se achicó en el retrovisor. Una ventana encendida. Una silueta que podía ser cualquiera. No miré si era Ethan. Miré mis dedos, todavía con la marca invisible de una mano que había dicho novia para que otra lo oyera.
—No voy a preguntarte —dijo Eduardo, sin apartar la vista de la calle—. Si quieres silencio, hay silencio. Si quieres que dé la vuelta a la manzana hasta que se te pase el temblor, doy la vuelta.
La voz no tenía lástima. Tenía sitio.
Apoyé la frente en el vidrio. Estaba frío, como el espejo de mi cuarto. Cerré los ojos y, por primera vez en toda la noche, respiré sin esperar que alguien me eligiera al abrirlos.
