Capítulo 2 El favorito de Marie

La tarde cayó sobre la mansión Brook como un velo pesado, teñido de ese dorado cansado que solo existe en las casas donde el lujo y la crueldad comparten la misma mesa. Yo seguía en mi habitación, sentada al borde de la cama estrecha, con los dedos entrelazados sobre las rodillas. El eco de la conversación en el despacho de mi padre aún vibraba en mis oídos. Dos días. Solo dos días. El nombre de Andrew Vance se había alojado en mi pecho como una piedra caliente, imposible de ignorar.

Pero la casa no se detiene porque una sombra haya recibido una sentencia.

La puerta de mi cuarto se abrió sin previo aviso. No era Marie. Era una de las sirvientas más jóvenes, la que siempre bajaba la mirada cuando me veía, como si el simple hecho de compartir aire conmigo pudiera contaminarla.

—La señorita Marie pide que bajes al salón principal —dijo, y su voz tembló apenas—. Hay invitados. Y… y quiere que sirvas.

Asentí. Me levanté. El uniforme gris olía todavía al té de jazmín derramado. Me alisé la falda con las palmas húmedas y salí al pasillo. Cada paso resonaba demasiado fuerte. El mármol bajo mis pies parecía más frío que por la mañana.

El salón principal brillaba. Los candelabros de cristal lanzaban destellos sobre las paredes de madera oscura. Había flores blancas en cada superficie: rosas, lirios, hortensias que olían a pureza fingida. Marie ocupaba el centro del sofá más amplio, exactamente como en la mañana, pero ahora vestía de rojo. Un vestido de seda que se adhería a su cuerpo como una segunda piel y dejaba al descubierto los hombros perfectos que nunca habían cargado bandejas.

A su lado, mi padre.

Víctor Brook tenía una mano apoyada en el respaldo del sofá, justo detrás de los hombros de Marie. La otra sostenía una copa de vino tinto. Cuando me vio entrar, su expresión no cambió. Solo desvió la mirada hacia su hija legítima y sonrió. Esa sonrisa que yo había visto mil veces y que nunca se había dirigido a mí.

—Ah, Claire —dijo Marie, y su voz era miel envenenada—. Justo a tiempo. Mis amigas se quedan a cenar. Sirve el aperitivo. Y procura no temblar esta vez. El cristal es caro.

Las tres muchachas de la mañana estaban allí otra vez, más maquilladas, más brillantes. Una de ellas me miró con algo parecido a la lástima. Las otras dos sonrieron con esa crueldad suave de quienes saben que nunca serán ellas las arrodilladas.

Tomé la bandeja de las manos de otra sirvienta y avancé. El peso del cristal y de las copas me resultó familiar. Me detuve frente a Marie. Ella extendió la mano con elegancia y tomó su copa sin siquiera mirarme a los ojos.

Entonces ocurrió.

Mi padre se inclinó hacia Marie, le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí con una ternura que me atravesó el pecho como una cuchilla.

—Mi niña —murmuró, lo bastante alto para que todos lo oyeran—. Traje algo para ti.

De la chaqueta sacó un estuche de terciopelo negro. Lo abrió. Dentro, un collar de diamantes capturó la luz de los candelabros y la multiplicó en mil destellos fríos. Marie soltó un gritito de deleite. Víctor se lo colocó alrededor del cuello con dedos cuidadosos, casi reverentes. El cierre hizo un clic suave. Marie se giró hacia el espejo de cuerpo entero que dominaba la pared y se admiró.

—Es precioso, papá —susurró, y su voz tembló de verdadera emoción—. Eres el mejor padre del mundo.

Víctor la besó en la sien. Un gesto íntimo, protector, de esos que yo solo había visto en películas o en los sueños que ya no me permitía tener.

Yo seguía de pie, con la bandeja en las manos, sintiendo cómo el peso se volvía insoportable. Nadie me miraba. Nadie parecía recordar que yo existía. El collar brillaba contra la piel de Marie como una declaración pública: ella era la hija. Yo era el error que se toleraba porque resultaba útil.

Una de las amigas susurró:

—Qué suerte tienes, Marie. Tu padre te adora.

Marie sonrió al espejo, acariciando los diamantes.

—Claro que sí. Yo soy su sangre. La otra… —hizo un gesto vago hacia mí sin girarse— solo es una deuda que algún día habrá que saldar.

Las risas fueron suaves, educadas, pero me cortaron igual. Sentí el calor subir por mi cuello hasta las mejillas. Apreté los dedos alrededor de la bandeja hasta que los nudillos se pusieron blancos. El cristal tintineó apenas.

—Claire —dijo Marie de pronto, todavía mirándose en el espejo—. Deja eso y ve a la cocina. Los platos de la comida de esta tarde todavía están sin lavar. Y no uses el lavavajillas. Quiero que los hagas a mano. Así aprendes el valor de las cosas bonitas que nunca tendrás.

Asentí. Dejé la bandeja sobre la mesa auxiliar con cuidado excesivo. Me giré y salí del salón sin levantar la vista. Detrás de mí, la conversación se reanudó como si yo nunca hubiera estado allí. La risa de Marie. La voz grave de mi padre. El tintineo de las copas.

El camino hasta la cocina me pareció eterno. Los pasillos estaban en penumbra. Solo las luces de los cuadros antiguos iluminaban los rostros de ancestros que nunca me habrían reconocido como parte de la familia. Pasé junto al retrato de mi abuelo paterno. Sus ojos pintados parecían seguirme con desprecio.

En la cocina, el aire olía a grasa enfriada y a detergente industrial. El fregadero de acero inoxidable estaba lleno de platos, fuentes, cubiertos de plata. Todo lo que había sobrado del almuerzo de Marie y sus amigas. Me arremangué las mangas del uniforme. El agua salió fría primero, luego caliente. Demasiado caliente. No la regulé. Dejé que me quemara los dedos mientras frotaba cada plato con el estropajo.

El vapor subía y empañaba la ventana que daba al patio trasero. A través del cristal borroso vi los contenedores de basura y el muro alto que separaba la mansión del resto del mundo. Un mundo al que yo nunca había pertenecido realmente.

Mientras frotaba una fuente de porcelana blanca, la mente se me escapó hacia atrás.

Tenía ocho años. Mi madre aún vivía. Nos habían encerrado en la habitación del sótano porque Marie tenía una fiesta de cumpleaños y no quería que “la bastarda” arruinara las fotos. Mi madre me peinaba el cabello con un peine de madera barata. Sus dedos eran suaves, pero temblaban.

—Un día —me había dicho en voz baja—, alguien te mirará de verdad. No como se mira a un mueble. Como se mira a una persona. Y ese día, Claire, tú decidirás si te quedas de rodillas o si te levantas.

Yo le había preguntado si ese alguien podría ser mi padre.

Ella había sonreído con tristeza.

—Tu padre ya eligió, mi amor. Y no nos eligió a nosotras.

El recuerdo me apretó la garganta. El agua caliente seguía corriendo sobre mis manos. Un plato se me resbaló y golpeó el fregadero con un ruido seco. No se rompió. Casi me decepcionó.

Seguí lavando. Uno tras otro. Fuentes. Copas. Cubiertos que brillaban como si nunca hubieran tocado comida. El tiempo se dilató. La cocina se llenó de vapor. Mi uniforme se pegó a la espalda. El cabello se me escapó del moño bajo y me rozó la nuca con mechones húmedos.

No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que cuando la última copa quedó limpia y colocada en el escurridor, mis dedos estaban arrugados y rojos. Me sequé las manos en el delantal. El tejido áspero me raspó la piel.

Entonces escuché pasos.

No eran los de una sirvienta. Eran pasos seguros, pesados, de hombre. Me giré.

Víctor estaba en el umbral de la cocina. Todavía llevaba la chaqueta. El collar de diamantes de Marie brillaba en su memoria, aunque ya no lo tuviera en las manos.

Me miró durante un largo segundo. Yo esperé. Esperé una palabra. Una explicación. Aunque fuera cruel. Aunque fuera una confirmación de que yo no valía ni el collar que le había regalado a su otra hija.

No dijo nada.

Solo dejó un sobre negro sobre la mesa de mármol de la cocina. El sello de cera roja tenía el emblema de los Vance: un cuervo con las alas extendidas sobre una corona rota.

—Para ti —dijo al fin, con voz neutra—. Léelo. Y prepárate. La boda es pasado mañana.

Se dio la vuelta y se fue. Sus pasos se alejaron por el pasillo hasta perderse.

Me quedé sola.

El sobre negro parecía absorber la luz. Lo toqué con la punta de los dedos. La cera estaba fría. El papel, grueso, caro. Lo abrí con cuidado, como si dentro hubiera algo que pudiera morderme.

Dentro solo había una nota breve, escrita con letra firme y oscura:

Claire Brook.

El acuerdo está cerrado.

En cuarenta y ocho horas serás mi esposa.

Andrew Vance.

No había más. Ni una floritura. Ni una amenaza abierta. Solo la certeza fría de que mi vida, la poca que me quedaba, ya no me pertenecía.

Apreté el papel contra el pecho. El corazón me latía con fuerza irregular. Cerré los ojos. En la oscuridad detrás de los párpados vi otra vez el collar de diamantes brillando sobre la piel de Marie. Vi la mano de mi padre acariciándole el hombro. Vi mi propio reflejo en el espejo resquebrajado de mi habitación: pálida, delgada, con los ojos demasiado grandes y la boca apretada para no gritar.

Abrí los ojos.

La cocina seguía llena de vapor. Los platos limpios brillaban bajo la luz fluorescente. Afuera, la noche empezaba a caer de verdad. El muro del patio se había vuelto una silueta negra.

Doblé la nota con cuidado y me la guardé en el bolsillo del delantal, junto al corazón.

Subí a mi habitación en silencio. Nadie me detuvo. Nadie me preguntó nada. En esta casa yo era un fantasma que solo se volvía sólido cuando alguien necesitaba a quién humillar.

Me senté otra vez al borde de la cama. Saqué la nota. La leí una vez más. Luego la dejé sobre la mesita de noche, junto a la única fotografía que tenía de mi madre. Ella sonreía en esa foto. Una sonrisa pequeña, cansada, pero real.

—Mamá —susurré a la imagen—. Creo que por fin voy a salir de aquí.

La fotografía no respondió. Solo me miró con esos ojos que eran iguales a los míos.

Afuera, en el salón principal, la risa de Marie volvió a escucharse. Alta. Triunfal. Feliz.

Yo me recosté sobre la cama estrecha, todavía vestida, y miré el techo agrietado. El sobre negro y la nota de Andrew Vance quedaron a mi lado, como un recordatorio silencioso de que, en dos días, dejaría de ser la sombra de esta casa.

Y por primera vez en mucho tiempo, la idea no me asustó del todo.

Me asustó… y me emocionó en partes iguales.

Cerré los ojos. El cansancio me arrastró poco a poco. Pero incluso mientras el sueño me ganaba, una sola imagen se quedó grabada detrás de los párpados:

Un hombre al que nunca había visto, de pie en una iglesia, esperándome.

Y yo, caminando hacia él con el mismo vestido negro que había condenado a mi madre.

La noche se cerró sobre la mansión Brook.

Y yo, la hija de la sombra, empecé a contar las horas.

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