Capítulo 3 El precio de la sombra

El sol de la mañana siguiente entró por la ventana estrecha de mi habitación como un invitado indeseado. Me desperté con el cuerpo rígido, todavía vestida con el uniforme de la noche anterior. La nota de Andrew Vance seguía sobre la mesita de noche, junto a la fotografía de mi madre. La había leído tantas veces antes de dormir que las palabras se me habían grabado detrás de los párpados.

En cuarenta y ocho horas serás mi esposa.

Me senté al borde de la cama. Los músculos de las piernas protestaron. Las rodillas aún conservaban la marca rojiza del mármol del día anterior. Me pasé las manos por el rostro, sintiendo la piel fría y el temblor fino que no me abandonaba desde que mi padre había pronunciado el nombre de los Vance.

Un golpe seco en la puerta me sacó de mis pensamientos.

—Claire —la voz de la sirvienta más antigua, la única que a veces me miraba a los ojos—. El señor pide que bajes al comedor. Ahora. Toda la familia.

Toda la familia.

Esas tres palabras me helaron la sangre. Nunca me incluían en las reuniones familiares. Nunca. Si me llamaban, era porque necesitaban recordarme mi lugar… o porque habían decidido usarme.

Me cambié con movimientos mecánicos. El mismo uniforme gris. El mismo delantal. Me recogí el cabello en un moño bajo y apretado. Antes de salir, tomé la nota de Andrew y me la guardé en el bolsillo interior, junto al corazón. Como si llevarla encima pudiera protegerme de lo que venía.

El comedor principal olía a café recién hecho y a pan caliente. La mesa larga de madera oscura estaba puesta con la vajilla de porcelana blanca que solo se usaba en ocasiones importantes. Mi padre ocupaba la cabecera. Marie, a su derecha, ya vestida con un conjunto de lino color crema que hacía resaltar el collar de diamantes de la noche anterior. Brillaba cada vez que se movía, como si quisiera recordarme lo que yo nunca tendría.

Había dos hombres más en la mesa. Los reconocí: el abogado de la familia y el consiglieri de mi padre, un hombre de cabello plateado y ojos de hielo llamado Ortega. Ambos me miraron al entrar con esa mezcla de curiosidad y desdén que ya conocía demasiado bien.

—Siéntate —ordenó Víctor sin levantar la vista de los papeles que tenía delante.

Me senté en el extremo opuesto de la mesa. Lo más lejos posible. El silencio se estiró mientras una sirvienta servía el café. A mí no me ofreció nada. Nadie lo notó.

Víctor dejó los papeles, se quitó las gafas y se masajeó el puente de la nariz. Cuando habló, su voz fue la misma que usaba para discutir negocios: fría, precisa, sin espacio para emociones.

—Como algunos ya saben, la familia Vance ha exigido una alianza matrimonial. Después de meses de negociaciones tensas, han aceptado… con una condición. Uno de nosotros debe casarse con Andrew Vance.

Marie dejó la taza sobre el plato con un golpe seco. El café se derramó un poco sobre el mantel blanco.

—Ni lo sueñes —dijo, y su voz tembló de furia contenida—. Yo no me caso con ese monstruo. Prefiero morir. Prefiero que me entierren viva antes que dejar que ese psicópata me toque.

Víctor la miró. Por un instante creí ver algo parecido al cansancio en sus ojos.

—Marie…

—¡No! —Ella se puso de pie de un salto. La silla chirrió contra el suelo—. ¿Sabes lo que se dice de él? ¿Sabes las cosas que ha hecho? Desaparece a la gente. Tortura. Y las mujeres que se acercan a él… —su voz se quebró un segundo— nunca vuelven a ser las mismas. Yo soy tu hija legítima. Yo merezco un matrimonio decente. Un hombre que me respete. No un demonio.

Ortega carraspeó.

—Señorita Marie, las alianzas no se hacen con hombres decentes. Se hacen con quien tiene el poder. Y Andrew Vance tiene más poder del que esta familia puede permitirse ignorar.

Marie se giró hacia mí. Sus ojos verdes brillaban con un odio tan puro que me costó no apartar la mirada.

—Que se case ella —escupió, señalándome con el dedo—. Ella no vale nada. Nadie la va a extrañar. Es perfecta para él. Una sombra. Una bastarda. Que se la lleve y que haga con ella lo que quiera.

El silencio que siguió fue absoluto. Hasta el tictac del reloj de pared pareció detenerse.

Víctor me miró. Por primera vez en años, me miró de verdad. Y en esa mirada entendí que la decisión ya estaba tomada desde antes de que yo bajara las escaleras.

—Claire —dijo con voz baja—. Tú lo harás.

No fue una pregunta.

Sentí cómo el aire se volvía espeso dentro de mis pulmones. Las manos me temblaban sobre el regazo. Respiré hondo, una, dos, tres veces, buscando esa calma fría que mi madre me había enseñado a fabricar cuando el mundo se volvía demasiado grande.

Luego hablé.

—De acuerdo.

Marie soltó una risa incrédula.

—¿De acuerdo? ¿Así de fácil? Claro, qué otra cosa iba a decir la perra sumisa…

—Pero tengo una condición —continué, y mi voz salió más firme de lo que esperaba.

Todos me miraron. Hasta Ortega levantó una ceja.

Víctor frunció el ceño.

—No estás en posición de poner condiciones.

—Sí lo estoy —respondí—. Porque si me niego, tendrán que enviar a Marie. Y ella ya ha dejado claro que prefiere morir. Así que… sí. Estoy en posición.

El corazón me latía tan fuerte que temí que todos pudieran oírlo. Pero no retrocedí. Por primera vez en mi vida, no retrocedí.

—Quiero cincuenta millones de dólares —dije—. Transferidos a una cuenta a mi nombre antes de que ponga un pie en esa iglesia. Dinero que nadie pueda tocar. Ni usted. Ni Marie. Ni los Vance. Solo yo.

Marie se atragantó con el aire.

—¡Está loca! ¡Cincuenta millones! ¡Si apenas vale el uniforme que lleva puesto!

Víctor me miró durante un largo rato. Sus ojos oscuros, tan parecidos a los míos, parecían intentar leer algo detrás de mi rostro. Yo sostuve la mirada. No parpadeé. No bajé la cabeza.

Al fin, él habló.

—No.

Una sola palabra. Seca. Definitiva.

Marie sonrió, satisfecha. Se dejó caer otra vez en la silla y acarició el collar de diamantes como si fuera un talismán.

Yo no aparté la vista de mi padre.

—Entonces Marie se casa —dije con calma—. Porque yo no cruzaré esa puerta de la iglesia sin ese dinero. Y usted sabe que Andrew Vance no aceptará un “no” por respuesta. Si la novia no aparece, la guerra que está intentando evitar se desatará igual. Solo que esta vez será peor.

Ortega murmuró algo sobre “negociaciones delicadas”. Víctor levantó una mano para silenciarlo.

Marie se inclinó hacia adelante, los ojos brillantes de malicia.

—Papá… ella no vale ni cinco millones. Mírala. Es una sirvienta. Una vergüenza. Yo valgo cien veces más que ella. Si de verdad necesitas sacrificar a alguien, que sea la que no importa. Pero no le des ese dinero. Es un insulto.

Víctor cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había algo distinto en ellos. Cansancio. Cálculo. Y una chispa de algo que casi parecía respeto.

—Cincuenta millones —repitió en voz baja, como probando el peso de las palabras.

—Cincuenta —confirmé—. Y una promesa. Cuando me vaya de esta casa, nadie de la familia Brook volverá a buscarme. Ni para pedirme favores. Ni para recordarme lo que soy. Me borran. Como si nunca hubiera existido.

Marie se rió.

—Eso último es fácil. Ya casi lo hemos logrado.

Víctor se levantó. Caminó hasta la ventana que daba al jardín. Las manos cruzadas a la espalda. El silencio se alargó tanto que pude oír el latido de mi propia sangre en los oídos.

Por fin se giró.

—De acuerdo.

Marie se puso de pie de un salto.

—¡Papá!

—Silencio —ordenó él, y por primera vez su voz tuvo un filo que hizo que hasta Ortega se tensara—. He tomado una decisión. Claire se casará con Andrew Vance. Recibirá los cincuenta millones antes de la ceremonia. Y a partir del momento en que salga de esta casa, deja de existir para nosotros.

Marie temblaba de rabia. Las mejillas enrojecidas. Los ojos húmedos de furia contenida.

—Esto es una humillación —escupió—. Estás vendiendo a tu propia sangre por un acuerdo con un psicópata. Y encima le pagas a la bastarda.

Víctor la miró con una expresión que no le había visto nunca.

—Estoy salvando a mi hija legítima —dijo con voz baja—. Y estoy usando a la única persona de esta familia que ha demostrado tener más valor del que cualquiera de nosotros le ha reconocido.

Las palabras cayeron en la habitación como piedras. Marie palideció. Yo sentí que algo se me rompía y se me reconstruía al mismo tiempo dentro del pecho.

Víctor volvió a sentarse. Tomó los papeles y se los entregó a Ortega.

—Prepara la transferencia. Quiero que esté lista mañana por la noche. Y avisa a los Vance de que la novia ha aceptado.

Ortega asintió y salió del comedor con paso rápido. Marie me lanzó una última mirada cargada de odio puro antes de salir detrás de él, golpeando la puerta con violencia.

Me quedé sola con mi padre.

Él no me miró de inmediato. Jugó con la cuchara del café durante un rato. Cuando por fin habló, su voz sonó más cansada que nunca.

—Tu madre… también pidió algo el día que la casé conmigo. Pidió que la dejara irse después de un año. Yo no cumplí.

Levanté la vista. Por primera vez, Víctor Brook parecía un hombre viejo.

—No cometas el mismo error que ella, Claire —continuó—. Si ese hombre te da una salida… tómalo. No te quedes donde no te quieran.

No supe qué responder. Solo asentí.

Me levanté. Las piernas me temblaban, pero no lo demostré. Caminé hasta la puerta. Antes de salir, me detuve y miré por encima del hombro.

—Gracias —dije en voz baja.

Él no respondió. Solo inclinó la cabeza una vez, casi imperceptible.

Subí las escaleras con el corazón latiéndome en la garganta. En mi habitación, me apoyé contra la puerta cerrada y dejé que el temblor me recorriera el cuerpo por fin. Las lágrimas no salieron. Ya no me quedaban muchas.

Saqué la nota de Andrew Vance del bolsillo y la leí otra vez.

En cuarenta y ocho horas serás mi esposa.

Ahora había un precio. Cincuenta millones. Una cantidad absurda. Una cantidad que me daba una posibilidad, por pequeña que fuera, de no morir como había muerto mi madre: olvidada, doblegada, sin nada propio.

Me senté en el suelo, con la espalda contra la puerta. Cerré los ojos. El recuerdo de mi madre me envolvió como un perfume antiguo. Su voz. Su peinado suave. La forma en que me había enseñado a respirar cuando el miedo amenazaba con ahogarme.

—Lo estoy haciendo, mamá —susurré a la habitación vacía—. Esta vez, alguien va a pagar por mí.

Afuera, la casa seguía su ritmo habitual. Pasos. Voces. La risa lejana y amarga de Marie.

Yo me quedé sentada en el suelo hasta que la luz de la mañana se volvió luz de mediodía. Contando las horas. Sintiendo cómo la sombra que siempre había sido empezaba, muy despacio, a tomar forma.

En dos días me casaría con el Diablo.

Y por primera vez en mi vida, yo había puesto el precio.

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