Capítulo 4 El precio de la sangre

La noticia me llegó al caer la tarde, mientras el sol teñía de cobre los ventanales de mi despacho en la torre este de la mansión Vance. Estaba de pie frente al cristal, con las manos en los bolsillos del pantalón negro, observando cómo los jardines se sumían en esa luz densa que precede a la noche. El whisky en el vaso que sostenía entre los dedos apenas lo había tocado. El hielo se había derretido hacía rato, diluyendo el ámbar hasta volverlo débil. No importaba. Rara vez bebía por el sabor. Bebía por el ritual. Por el control que implicaba sostener el vaso sin necesitar realmente su contenido.

La puerta se abrió sin previo aviso. Solo tres personas en esta casa se atrevían a hacerlo. Una de ellas era mi consiglieri, Rafael.

—Está hecho —dijo sin preámbulos. Su voz era grave, como siempre. Sin emoción innecesaria—. Los Brook han aceptado. La novia será la hija ilegítima. Claire Brook. La ceremonia es en cuarenta y ocho horas.

No me giré de inmediato. Seguía mirando el jardín. Un cuervo cruzó el cielo en diagonal, negro contra el naranja del atardecer. Sonreí apenas, sin humor.

—Claire Brook —repetí el nombre en voz baja, saboreándolo. Sonaba frágil. Como algo que se quiebra si se aprieta demasiado—. ¿La sombra?

Rafael se acercó hasta quedar a mi izquierda. Dejó una carpeta delgada sobre el escritorio de madera oscura.

—La misma. Hija de una amante que Víctor Brook mantuvo escondida durante años. La madre murió cuando la muchacha tenía once. Desde entonces vive en la mansión principal… como sirvienta. Marie Brook la usa para entretenimiento. La humilla en público. La obliga a arrodillarse. La familia la considera una deuda incómoda más que una hija.

Asentí despacio. El cristal del ventanal devolvía mi reflejo: el cabello negro peinado hacia atrás, la cicatriz fina que cruzaba la ceja izquierda, los ojos que más de uno había descrito como demasiado pálidos para ser humanos. El Diablo. Así me llamaban. Y yo nunca me había molestado en corregirlos.

—¿Fotografías? —pregunté.

Rafael abrió la carpeta. Solo había una. Borrosa. Tomada con teleobjetivo desde lejos. Una mujer joven de pie junto a una ventana del ala de servicio. Cabello oscuro recogido. Rostro pálido. Hombros caídos con esa curva que solo adquieren quienes han aprendido a hacerse pequeños. No se le veían los ojos con claridad. Solo la línea de la mandíbula, firme a pesar de todo.

Me quedé mirándola un largo rato. El interés que sentí no fue deseo. Todavía no. Fue algo más frío. Más peligroso. Curiosidad. La misma que siento cuando encuentro una pieza que no encaja en el tablero y decido descubrir por qué.

—No hay más información —continuó Rafael—. No tiene amigos. No tiene amantes conocidos. No tiene cuentas bancarias. No tiene nada. Es un fantasma con apellido Brook.

Dejé el vaso sobre la mesa auxiliar. El cristal sonó suave contra la madera.

—Un fantasma al que van a entregar como moneda de cambio —murmuré—. Qué predecibles.

Rafael no respondió. Sabía que no hacía falta. Llevaba años a mi lado. Había visto cómo construía este imperio con manos manchadas y decisiones que otros no se atrevían a tomar. Sabía que el matrimonio era solo otra pieza. Una alianza necesaria para evitar una guerra que, de momento, no me convenía.

Pero mientras miraba esa fotografía borrosa, algo distinto se removió bajo la superficie.

—Quiero todo —dije al fin—. Cada sirvienta que haya trabajado en esa casa. Cada guardia. Cada conductor. Quiero saber cómo habla. Cómo camina. Qué hace cuando cree que nadie la mira. Quiero saber qué color tienen sus ojos de verdad. Y quiero saber exactamente cómo la ha tratado esa familia.

Rafael inclinó la cabeza.

—Se hará.

Se retiró en silencio. La puerta se cerró con un clic suave. Me quedé solo con la fotografía y el atardecer moribundo.

Tomé la imagen entre los dedos. El papel era áspero. La mujer de la foto no sonreía. No miraba a la cámara. Parecía estar esperando algo. O a alguien. O tal vez solo estaba sobreviviendo, que es una forma distinta de esperar.

Claire Brook.

El nombre se sentía extraño en la lengua. Suave. Demasiado suave para el mundo al que yo la iba a arrastrar.

Caminé hasta el escritorio y dejé la fotografía sobre la madera. Me senté en el sillón de cuero negro. El respaldo crujió apenas bajo mi peso. Cerré los ojos un momento. Detrás de los párpados aparecieron otros rostros. Mujeres que habían intentado acercarse. Mujeres que habían sonreído demasiado. Mujeres que habían creído que podían domesticar al Diablo y se habían quemado en el intento. Ninguna había durado. Ninguna había dejado marca.

Esta tampoco lo haría. O eso me dije.

Pero la imagen borrosa seguía ahí. Y el hecho de que no hubiera nada sobre ella me irritaba de una forma que no esperaba. Estaba acostumbrado a conocer cada debilidad, cada secreto, cada punto de presión de las personas que entraban en mi círculo. Claire Brook era un lienzo en blanco. Y los lienzos en blanco siempre me han provocado la necesidad de pintar sobre ellos.

Abrí los ojos. La noche ya había caído por completo. Las luces de los jardines se habían encendido, dibujando caminos de oro sobre la oscuridad. Me levanté y caminé hasta la pared del fondo, donde colgaba un mapa antiguo de los territorios. Mis dedos repasoaron las líneas que dividían lo que era mío de lo que aún no lo era. Los Brook controlaban el puerto sur y tres rutas de distribución que me resultaban molestas. Esta boda las pondría bajo mi influencia sin necesidad de derramar más sangre de la necesaria. Por ahora.

Pero mientras trazaba las fronteras con la yema del dedo, mi mente volvía una y otra vez a la mujer de la fotografía.

¿Qué se siente ser invisible dentro de la propia casa?

¿Qué se siente arrodillarse porque te lo ordenan?

¿Qué se siente saber que tu única utilidad es ser entregada a un monstruo?

Una sonrisa lenta se dibujó en mis labios. No era amable. Era la sonrisa que aparece cuando encuentro algo que quiero desarmar para ver cómo funciona por dentro.

Volví al escritorio. Tomé el teléfono seguro y marqué el número de mi jefe de seguridad.

—Quiero vigilancia discreta sobre la mansión Brook a partir de esta noche —ordené—. Nada invasivo. Solo ojos. Y si la muchacha sale de la propiedad… me avisan de inmediato.

Colgué. Luego abrí el cajón inferior y saqué una caja de madera oscura. Dentro, un anillo de oro negro con un diamante del color de la sangre seca. Lo había encargado hacía meses, cuando las negociaciones con los Brook empezaron a tomar forma. No sabía entonces a quién se lo pondría. Solo sabía que el gesto tenía que ser inequívoco.

Lo sostuve entre los dedos. El metal estaba frío. El diamante capturó la luz de la lámpara y la devolvió teñida de rojo oscuro.

—Claire Brook —susurré al anillo—. Vamos a vernos pronto.

El silencio de la habitación me respondió. Un silencio que yo había construido con años de miedo ajeno. Un silencio que ahora, por primera vez en mucho tiempo, se sentía incompleto.

Me quedé mirando la fotografía hasta que los números del reloj de pared marcaron la medianoche. No tenía sueño. Rara vez lo tenía. El insomnio era otro de los precios que había pagado por convertirme en lo que era.

Al fin guardé la imagen en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al corazón. Un gesto absurdo. Uno que no me permitía analizar demasiado.

Apagué las luces del despacho. Caminé por los pasillos oscuros de la mansión. Los guardias inclinaban la cabeza al verme pasar. Nadie hablaba. Nadie se atrevía. El eco de mis pasos era el único sonido.

En mi habitación principal, me quité la chaqueta y la dejé sobre el sillón. La fotografía quedó a la vista, parcialmente asomada desde el bolsillo. Me detuve un segundo a mirarla otra vez.

Había algo en la línea de esos hombros caídos que me resultaba familiar. La misma curva que había visto en hombres a los que había doblegado. La misma curva que desaparecía cuando les devolvías un mínimo de poder… o cuando se lo arrebatabas del todo.

Sonreí en la penumbra.

En cuarenta y ocho horas esa mujer estaría frente a mí. Vestida de negro, según habían insistido los Brook. El mismo color que había usado su madre el día en que la casaron con Víctor. Un detalle que Rafael me había informado y que me había hecho archivar una nota mental: a esa familia le gustaba repetir sus crueldades.

Yo no pensaba repetir nada.

Pensaba reescribirlo.

Me quité la camisa. El aire frío de la habitación me rozó la piel. Las cicatrices antiguas tiraron apenas, recordatorios permanentes de las deudas que aún no había cobrado. Me recosté sobre la cama amplia, con los brazos detrás de la cabeza, mirando el techo alto.

Claire Brook.

La sombra.

La moneda de cambio.

La mujer que nadie quería.

Una risa baja me subió por la garganta. Oscura. Contenta.

—Voy a convertirla en reina —murmuré a la oscuridad—. Y luego voy a hacer que todos los que la humillaron se arrastren para pedirle perdón.

El viento golpeó suavemente los cristales. Afuera, la noche era densa y sin luna. Perfecta para los depredadores.

Cerré los ojos. No para dormir. Solo para imaginar con más claridad el momento en que la vería por primera vez. El instante en que esos hombros caídos se encontrarían con mi mirada. El segundo exacto en que comprendería que ya no era una sombra.

Era mía.

Y yo no suelto lo que es mío.

Nunca.

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