Capítulo 5 Nada más que una Brook
La información llegó en la madrugada, cuando la mansión dormía bajo un silencio que yo mismo había impuesto años atrás. Estaba en el despacho otra vez, con la misma fotografía borrosa sobre el escritorio y el whisky intacto a un lado. El hielo se había derretido por completo. No importaba. Rara vez bebía cuando la mente trabajaba.
Rafael entró sin llamar. Colocó una segunda carpeta, más gruesa esta vez, frente a mí. El papel olía a tinta fresca y a secretos recién desenterrados.
—Todo lo que pudimos reunir en doce horas —dijo—. Hay poco. Demasiado poco.
Abrí la carpeta. Informes de sirvientas asustadas. Declaraciones de guardias que preferían no recordar. Un historial médico incompleto. Y, al final, una nota breve escrita a mano por uno de mis hombres:
El vestido de la boda será negro. El mismo que usó la madre de la muchacha el día en que Víctor Brook la casó. Lo tienen guardado en el ático desde hace casi veinte años. Marie Brook insistió en que se lo pongan.
Leí esa frase dos veces. Luego una tercera.
El vestido negro.
Una crueldad tan deliberada que casi resultaba elegante. No era solo una boda forzada. Era una repetición. Un eco deliberado del sufrimiento de una mujer muerta. Estaban entregando a Claire con el mismo sudario con el que habían condenado a su madre.
Sentí cómo algo frío y afilado se movía dentro de mí. No era sorpresa. Era reconocimiento. Había visto ese tipo de maldad antes. La había usado. Pero verla aplicada a una muchacha que ya había pasado media vida de rodillas me generaba una irritación precisa, casi quirúrgica.
—¿Hay más? —pregunté sin levantar la vista.
Rafael asintió.
—La madre se llamaba Elena. Murió cuando Claire tenía once años. Oficialmente, complicaciones de una neumonía. Extraoficialmente… hubo moretones que nunca se explicaron. Víctor Brook la mantuvo escondida en el sótano durante años. La niña creció allí hasta que la madre falleció. Después la subieron al ala de servicio. Marie la convirtió en su entretenimiento personal desde entonces.
Cerré la carpeta con lentitud. El sonido del cuero contra el papel fue el único ruido en la habitación.
Me levanté y caminé hasta el ventanal. La noche era densa. Sin luna. Los jardines se extendían como un territorio conquistado. Todo lo que se veía desde esa ventana me pertenecía. Y pronto, también me pertenecería ella.
Claire Brook.
La sombra.
La hija que nadie quería.
El regalo envuelto en el mismo trapo negro con el que habían asfixiado a su madre.
Una risa baja me subió por la garganta. No tenía humor. Tenía filo.
—Quieren humillarla hasta el último segundo —murmuré—. Incluso el día de su condena tienen que recordarle que no vale nada.
Rafael no respondió. Sabía que no esperaba respuesta.
Volví al escritorio. Tomé la fotografía borrosa otra vez. Ahora la miraba de forma distinta. Ya no era solo curiosidad. Era algo más oscuro. Más posesivo. La idea de que esa mujer hubiera pasado años arrodillándose frente a Marie Brook, de que hubiera limpiado el té derramado a propósito, de que hubiera escuchado cómo su propia hermana la llamaba bastarda… me generaba una furia fría que se instalaba detrás de las costillas y no se movía.
Yo no era un hombre bueno. Nunca había pretendido serlo. Pero había una diferencia entre la monstruosidad que yo elegía y la crueldad pequeña, cotidiana, casi doméstica con la que esa familia había tratado a una niña que no tenía a nadie.
—Quiero que el día de la boda no haya un solo Brook que salga de esa iglesia sin recordar mi rostro —dije con calma—. Quiero que Marie Brook sienta en la nuca mi mirada cada segundo que arrastre a Claire del cabello. Quiero que Víctor Brook entienda, desde el momento en que yo entre, que acaba de entregar algo que ya no le pertenece.
Rafael inclinó la cabeza.
—¿Y la muchacha?
Sonreí apenas. Una curva lenta y peligrosa en los labios.
—La muchacha… la voy a mirar. Y voy a hacer que ella me mire también. Quiero ver qué queda de esa niña del sótano cuando alguien por fin la vea de verdad.
Me senté otra vez. Abrí el cajón inferior y saqué el anillo de oro negro. El diamante del color de la sangre seca capturó la luz de la lámpara y la devolvió teñida de rojo oscuro. Lo hice girar entre los dedos.
En menos de cuarenta y ocho horas ese anillo estaría en su mano.
No como un regalo.
Como una declaración.
Guardé el anillo. Luego marqué el número de mi sastre personal.
—Necesito un traje nuevo para pasado mañana —dije cuando contestó—. Negro. Completo. Y quiero que la camisa sea del mismo tono exacto que la sangre seca. Nada de blanco. Nada de concesiones.
Colgué. Rafael seguía de pie, esperando.
—Hay otra cosa —añadió—. Valentina llamó. Quiere saber si la boda cambia algo entre ustedes.
Levanté la vista. Mis ojos debieron de decir lo suficiente, porque Rafael no insistió.
—Dile que la boda no cambia nada de lo que nunca existió —respondí—. Y dile que si vuelve a mencionar el nombre de Claire Brook en mi presencia, la próxima vez que la vea será en una caja.
Rafael asintió y salió.
Me quedé solo otra vez.
La fotografía seguía sobre el escritorio. La tomé y la sostuve bajo la luz. Intenté imaginar el color real de sus ojos. El tono exacto de su piel. La forma en que su voz sonaría cuando dejara de susurrar y por fin hablara con fuerza.
Claire Brook.
Nada más que una Brook.
Por ahora.
Pero yo sabía cómo se transformaban las cosas que caían en mis manos. Sabía cómo se doblaban. Cómo se rompían. Y, a veces, cómo se reconstruían en algo mucho más peligroso de lo que habían sido.
Me recosté en el sillón. Cerré los ojos. Detrás de los párpados apareció la imagen de una iglesia llena de gente que se reiría de ella. Marie tirándole del cabello. El vestido negro de la madre. El sacerdote nervioso. Y yo, entrando por el pasillo central como si el lugar me perteneciera.
Porque en ese momento, lo haría.
Todo me pertenecería.
Incluyéndola a ella.
Abrí los ojos. La noche seguía densa afuera. El reloj de pared marcaba las tres de la madrugada. Quedaban menos de dos días.
Sonreí en la penumbra.
—Prepárate, Claire Brook —susurré al silencio—. Voy a arrancarte de esa sombra. Y cuando lo haga, ninguno de los que te puso de rodillas va a poder mirarte a la cara sin arrodillarse primero.
El viento golpeó los cristales.
Yo me quedé sentado en la oscuridad, planeando cada detalle de la venganza que empezaría el mismo día en que ella se convirtiera en mía.
Porque el Diablo no olvidaba.
Y yo ya había decidido que Claire Brook dejaría de ser “nada más que una Brook”
el mismo instante en que pusiera ese anillo en su dedo.
