Capítulo 2 Preparación para el debut.
CAPÍTULO 1
TÍTULO: Preparación para el debut
SUBTÍTULO: Una noche para olvidar
BURIAN
—Señor, acaban de llegar estas invitaciones doradas para usted —me informa Marcos, con voz temblorosa, sosteniendo un sobre brillante entre sus dedos. Su respiración es irregular, como si temiera que una palabra equivocada pudiera costarle la vida.
—No estoy de humor, lárgate —respondo con frialdad, sin apartar la mirada del vaso de whisky que sostengo. El hielo se quiebra contra el cristal, llenando el silencio con un sonido seco y cortante.
—Pero, señor, podría interesarle —insiste, tragando saliva—. En Lobas de la Noche hoy presentan lobas nuevas. Y en Atenas es noche de modelos; las mujeres más hermosas y deseadas de toda Rusia estarán allí. Podría ser una buena distracción para usted.
—Está bien… ¿cuál me recomiendas? —pregunto, dejando el vaso sobre el escritorio y alzando la vista hacia él.
—Lobas de la Noche, señor —responde sin dudar, con una sonrisa servil—. Es el lugar más exclusivo, y los dueños le deben varios favores.
—Entonces llama a Vladímir y confirma nuestra asistencia —ordeno, encendiendo un cigarro con calma—. Diles también a los muchachos que esta noche vamos a hacérselo a toda perra que se cruce en nuestro camino. Yo invito.
—Sí, señor, como usted diga —responde Marcos, inclinando la cabeza antes de salir apresurado.
Hoy es un día de perros para mí, como todos los cuatro de diciembre. Esa fecha debería haber sido la más feliz de mi vida, pero se convirtió en la más miserable.
Hace cinco años, un cuatro de diciembre, estaba de pie en el altar esperando a Miya, la mujer que debía convertirse en mi esposa. Pero ella nunca llegó. Días después descubrí que se había fugado con mi hermano menor. Fue un golpe directo al corazón. Pasé meses buscándolos, y cuando por fin los encontré, supe que Miya esperaba un hijo de él.
Mi intención era matarlos a ambos, pero al ver su vientre abultado no pude hacerlo. Solo maté a mi hermano. Lo rocié con gasolina y lo prendí fuego delante de ella. Su grito aún me persigue. Lo escucho cada noche, mezclado con el llanto de Miya, con su mirada llena de horror y odio. Desde aquel día, la mujer que amo me odia con la misma intensidad con la que yo la sigo amando.
A veces me pregunto si el fuego que consumió a mi hermano también me consumió a mí. Porque desde entonces no siento nada. Ni amor, ni culpa, ni esperanza. Solo un vacío que me devora por dentro.
Desde entonces, cada año en esta fecha me encierro en mi oficina, deseando que todo sea una maldita pesadilla. Pero no lo es. Es la cruda realidad. Una realidad que me convirtió en un hombre frío, despiadado, arrogante y sin amor por la vida.
Sin embargo, hoy decido dejar el pasado atrás. Voy a divertirme, a disfrutar de la vida. Ya no soy un muchacho; tengo treinta y nueve años, pero sigo siendo un hombre fuerte, viril, con el poder suficiente para hacer temblar a cualquiera. Esta noche voy a romper la noche, embriagarme y hacerlo con una mujer hermosa.
MIENTRAS TANTO, EN LOBAS DE LA NOCHE
FIORELLA
—Anda, ponte esto —me ordena Vladímir, arrojándome un conjunto diminuto de encaje negro. Su voz es áspera, cargada de autoridad y desprecio.
—No quiero —respondo con voz temblorosa—. Esos atuendos son de prostitutas.
—¿Y qué carajos crees que eres? —me grita, acercándose tanto que puedo oler el alcohol en su aliento—. ¿Una princesa? ¿Una dama real? ¿Una noble? ¡Déjame decirte que no eres nada de eso! A partir de hoy serás una prostituta. Y mucho cuidado con molestar a los clientes, o juro que voy a arrancarte el pellejo.
—No soy una prostituta —susurro, más para mí que para él, mientras mis manos tiemblan.
—Lo serás —responde con una sonrisa cruel—. Y más te vale hacerlo bien, porque los hombres que vienen esta noche no perdonan errores.
Hace un mes fui arrebatada de mi país, de mi hogar, de mi familia.
Tres hombres bajaron de golpe de una camioneta negra. Uno me sujetó por detrás, tapándome la boca con una mano áspera, mientras los otros me empujaban hacia el interior del vehículo. Intenté gritar, pero el sonido murió en mi garganta. Mi mochila cayó al suelo. Nadie me ayudó. Nadie se atrevió. Había testigos de lo que estaba ocurriendo, pero todos desviaron la mirada. Sabían quiénes eran esos hombres. Sabían que eran peligrosos, que meterse con ellos era firmar una sentencia de muerte. Así que fingieron no ver y me dejaron ser llevada como si mi vida no valiera nada.
Cuando desperté, ya no estaba en mi ciudad. Me trajeron a este infierno disfrazado de club, un lugar donde las luces de neón intentan ocultar la podredumbre humana que se esconde detrás de cada sonrisa fingida. Aquí, las risas son huecas, los perfumes son máscaras y las mujeres no somos más que cuerpos sin nombre.
La primera noche casi fui violada. Pero al descubrir que aún era virgen, decidieron no tocarme. No por compasión, sino porque vieron en mí una mercancía más valiosa. Desde entonces, me preparan para venderme al mejor postor.
Intento no enloquecer, pero es casi imposible. Cada día aquí es una tortura silenciosa. Las paredes parecen absorber los lamentos de las que estuvieron antes que yo, y el aire está cargado de miedo y desesperanza. Duermo poco, y cuando lo hago, sueño con mi casa, con la voz de mi madre llamándome desde el auto, con el abrazo cálido de mi padre. Pero al despertar, solo encuentro oscuridad, cadenas invisibles y el eco de mi propio llanto.
¿Cómo soportar que hombres asquerosos intenten deshonrar mi inocencia? Esa inocencia que guardaba con tanto amor para Benicio, mi amor de la infancia. Él era mi refugio, mi calma, mi promesa de un futuro limpio y lleno de esperanza. Llevábamos un año de novios, y cuando termináramos la escuela, íbamos a comprometernos. Soñábamos con una vida sencilla, con una casa pequeña donde todo fuera paz y amor.
Pero esos hombres sin alma me arrebataron todo lo que amaba. Me arrancaron de los brazos de mi destino y me arrojaron a este abismo donde la dignidad no vale nada. A veces cierro los ojos e imagino que Benicio aún me busca, que no ha dejado de hacerlo, que su corazón late con el mismo dolor que el mío. Es lo único que me mantiene viva: la esperanza de que algún día me encuentre… antes de que este lugar termine por destruirme por completo.
Vladímir y Sonya son los proxenetas de este lugar. Hoy planean venderme como si fuera un pedazo de carne.
—Toma esto también —me dice Sonya con frialdad, lanzándome un disfraz brillante—. Va sobre la lencería. Báñate y en media hora debes estar lista. Los invitados VIP ya están llegando.
No tengo más opción que obedecer. Camino hacia el baño, donde hay catorce chicas más, casi todas de mi edad, y algunas incluso más jóvenes. Todas nos bañamos y nos vestimos para ser ultrajadas por hombres ruines y despreciables.
—Ya estoy vestida con tu asquerosa ropa —le digo a Sonya con rabia contenida—, si es que se le puede llamar ropa a esta porquería.
—Si no quieres volver a la jaula de castigo, deja de hacerte la valiente —me responde con una sonrisa venenosa—. Si todavía no te di la golpiza que mereces, es porque hoy es tu debut. Pero no juegues con mi paciencia, o yo misma seré quien te deje sin dientes y con los ojos morados.
—No me das miedo —miento, aunque mi voz tiembla.
—Deberías tenerlo —responde ella, acercándose tanto que puedo sentir el filo de su mirada clavarse en mí—. Aquí nadie sobrevive sin obedecer.
No comprendo a Sonya. Ella una vez estuvo en nuestro lugar, pero ahora prefiere ser una de ellos. Esa mujer es el mismo demonio. La noche anterior golpeó sin descanso a Jade, una chica árabe de veintiún años, solo porque se negó a acostarse con un cliente, como ellos los llaman.
Mientras las risas de los hombres llenan el aire del club, afuera un convoy de autos negros se detiene. Dos mundos opuestos, dos almas heridas, están a punto de encontrarse bajo el mismo techo.
El rugido de los motores anuncia la llegada de los invitados. Entre ellos, un hombre de mirada fría y pasado ardiente se prepara para entrar.
Esa noche, el infierno abre sus puertas para dos almas condenadas.
