Capítulo 3 El debut de Fiorella como loba de la noche

CAPÍTULO 2

TÍTULO: El debut de Fiorella, como loba de la noche

SUBTÍTULO: Encuentro con la oscuridad

EN EL HALL DEL CLUB

BURIAN

El aire del club está cargado de humo y música alta. Las luces de neón rojas y azules parpadean sobre las paredes de mármol, tiñendo el ambiente con destellos que se mezclan como un pulso eléctrico. Camino entre las mesas con paso firme, observando cada rincón. Todo huele a poder, a deseo y a peligro.

Vladimir se acerca a mí con una sonrisa calculada, de esas que esconden más miedo que cortesía.

—Buenas noches, Burian —dice con voz suave, casi servil—. Es un verdadero placer recibirte esta noche.

Lo observo con frialdad, sosteniendo un cigarro entre los dedos.

—El gusto es mío, Vladimir. Dime, ¿qué belleza tienes para mí esta vez? Pero recuerda algo —mi voz se vuelve más grave—, no me gusta hacerlo con jovencitas. No quiero nada que no tenga la experiencia adecuada.

Vladimir traga saliva antes de responder, intentando mantener la compostura.

—Ahí está el problema, buen amigo. Tengo tres nuevas lobas para estrenar, pero las tres son inexpertas.

Arqueo una ceja, exhalando el humo lentamente.

—Demasiado inexpertas —respondo con desdén.

—Lo sé —dice, abriendo un sobre grueso y extendiendo tres fotos sobre una mesa cercana—, pero créeme, no lo parecen. Míralas tú mismo.

Tomo las fotos una a una, observándolas con detenimiento.

La primera muestra a una joven de piel dorada, con una sonrisa que parece un desafío.

—Esta debe ser Tais, ¿verdad? —pregunto sin apartar la vista.

Vladimir asiente.

—Brasileña —añade con orgullo.

—Se nota —respondo, analizando la imagen—. Tiene fuego en la mirada. Su piel brilla como si el sol la hubiera besado, y esos ojos color miel… son peligrosos. Su cabello oscuro y rizado cae con naturalidad, salvaje, como si no pudiera ser domado. Es una mujer que no necesita hablar para provocar. Se nota que nació para ser deseada.

Paso a la siguiente foto. Una joven de rasgos suaves y mirada profunda.

—Y esta… debe ser Magdalena.

—Estadounidense —dice Vladimir.

—Lo imaginé —respondo, observando con atención—. Tiene una belleza distinta, más serena. Su piel es clara, casi luminosa, y esos ojos azules parecen esconder algo. No es solo bonita, es elegante. Hay algo en su expresión que mezcla inocencia con misterio. Su cabello castaño con reflejos dorados le da un aire angelical, pero sé que detrás de esa calma hay fuego contenido. Es el tipo de mujer que no se olvida fácilmente.

Tomo la última foto. Me detengo más tiempo en ella.

—Y esta… —mi voz se suaviza sin querer—. Fiorella. Italiana, ¿no?

Vladimir sonríe con satisfacción.

—Sí, la joya de la noche.

La observo en silencio.

—Tiene un rostro delicado, casi etéreo. Su piel es clara, con un brillo natural que la hace parecer irreal. Sus ojos… son distintos. Claros, expresivos, con una tristeza que no debería estar ahí. Su cabello rubio cae como seda sobre sus hombros, y esa trenza fina a un costado le da un aire inocente, casi angelical. Pero hay algo más… algo que no sé si es pureza o resignación. Es hermosa, pero su mirada duele.

Dejo las fotos sobre la mesa y me reclino en el asiento.

—Las quiero a las tres —digo finalmente—. Pero ya sabes que quiero estar seguro. No pienso arriesgarme a contagiarme ninguna enfermedad.

—Por supuesto —responde Vladimir, sacando unos documentos—. Aquí están los estudios médicos. Todas están limpias, sanas y listas.

Asiento, dejando las fotos frente a mí.

—Bien. Entonces envíalas a mi mesa. Quiero whisky del mejor y cocina de la buena.

—Claro que sí, Burian. Tu pedido será enviado enseguida. Disfrútalo.

Me levanto, pero antes de marcharme me detengo.

—Ah, lo olvidaba. Envía también a cuatro chicas más. Estoy con mis hombres, y hoy son mis invitados. Trátalos como si fueran clientes.

—Por supuesto —responde Vladimir, inclinando la cabeza—. Les enviaré algunas bellezas para que elijan a su gusto.

Al terminar de negociar con Vladimir, Gloria, una de sus asistentes, se acerca y nos recibe con una sonrisa sensual y provocativa. Nos guía hasta una mesa apartada, una de las más lujosas del lugar. Las luces rojas y azules se reflejan en el cristal de las copas y en el brillo del whisky, mientras la música alta vibra en el suelo y en el pecho.

Vladimir aparece poco después con un catálogo más extenso de chicas. Paso las páginas con desgano. Todas son demasiado inexpertas. No me gusta involucrarme con mujeres sin experiencia, pero cuando llego a la foto de una en particular, algo en mí se detiene.

Ella. Fiorella, la italiana.

Esta chica es el mismo pecado en carne y hueso, un postre digno de un rey.

Tiene una juventud que deslumbra, un cuerpo bien formado, curvas perfectas. Y hay algo en su mirada que me desarma, una mezcla de pureza y miedo que es capaz de enloquecer a cualquier hombre, incluso a mí.

DETRÁS DEL TELÓN

FIORELLA

Vladimir entra al camerino donde nos preparamos, con paso firme. Su voz retumba entre las paredes, mezclándose con la música alta que llega desde el salón.

—Fiorella, Tais, Magdalena. Ustedes tres van a la mesa diez. Escuchen bien: por nada del mundo ofendan a Burian. Si lo hacen, están muertas.

Las tres nos miramos en silencio. El miedo se siente en el aire, espeso, como humo. Las luces rojas y azules se filtran por la puerta entreabierta, tiñendo el camerino con un resplandor inquietante.

—Este es su debut —continúa Vladimir—. Sean amables, sonrían, sean cariñosas. Hagan todo lo que Burian desee sin poner resistencia.

Sonya, con su sonrisa venenosa, se acerca y añade:

—Y siéntense en sus piernas, beban con él, háganlo sentir especial. Es un cliente importante. Si tienen suerte, puede que se lleve a una de ustedes… y les dé todo lo que nunca soñaron.

Después de escuchar las órdenes, Sonya nos lleva hasta la mesa diez. El corazón me late tan fuerte que temo que todos puedan oírlo.

La música es ensordecedora, retumba en el suelo y las luces rojas y azules giran sobre nuestras cabezas, bañando el lugar en un caos de color.

La mesa es enorme, rodeada de hombres que ríen y beben. El olor a alcohol y cigarro me revuelve el estómago. Me asusto al verlos, tantos ojos encima de mí, tantas miradas que me desnudan sin tocarme.

—Por favor —le susurro a Sonya—, no quiero estar con todos ellos. No podría soportarlo.

Ella me mira con desprecio.

—Recuerda lo que te dije, Fiorella. Si haces una tontería, tus padres pagarán con su vida.

Sus palabras me atraviesan como un cuchillo. Siento que el aire me falta.

Cuando se aleja, uno de los hombres me toma del brazo con brusquedad y me hace caer sobre sus piernas. Levanto la vista y lo veo. Burian. Su mirada es intensa, fría, pero hay algo en ella que me inmoviliza.

—No tengas miedo, hermosa —dice con voz grave, acariciando mi mejilla—. No voy a hacerte daño. Solo voy a disfrutar de ti… y tú de mí.

Fuerzo una sonrisa. Qué tipo tan arrogante, tan seguro de sí mismo. Por dentro me arde la rabia, pero no puedo mostrarla. Hoy debo convertirme en lo que ellos quieren que sea, porque de eso depende la vida de mis padres.

Me acomodo en su regazo, fingiendo una calma que no tengo. Él bebe, y yo permanezco inmóvil, acariciando su pecho con una mano temblorosa.

Me odio. Me odio por sonreír, por fingir, por no gritar. Pero mientras lo hago, solo pienso en ellos… en mis padres. En que, si obedezco, tal vez sigan vivos un día más.

Y así, entre risas falsas, copas de whisky, luces rojas y azules, y música alta que ahoga los pensamientos, comienza mi debut como loba de la noche.

A veces, el infierno no está hecho de fuego, sino de miradas que destruyen y silencios que matan. Y en medio de esa oscuridad, la inocencia se convierte en la más cruel de las condenas.

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