Capítulo 4 El precio de la pureza.

CAPÍTULO 3

TÍTULO: El precio de la pureza

SUBTÍTULO: Entre el deseo, el poder y la condena

BURIAN

Las chicas llegan a la mesa, y en cuanto veo a la mía, jalo su brazo y la siento sobre mis piernas. Su cuerpo tiembla; la loba tiene miedo. Puedo sentirlo en la forma en que respira, en cómo evita mirarme a los ojos.

Le digo unas palabras para ayudarla a calmarse. No tiene que tener miedo de mí, solo debe relajarse y disfrutar. No soy un monstruo, aunque a veces el poder me haga parecerlo.

Las otras chicas también llegan, y mis hombres eligen una cada uno. Son mujeres muy bonitas, podrían despertar el deseo incontrolable en cualquier hombre.

A Marcos, mi mano derecha, le doy dos de las chicas vírgenes. Él se lo ha ganado; además, es la persona en la que más confío y merece pasar la mejor noche de su vida.

— loba, dime, ¿cuál era tu nombre? No lo recuerdo —le digo con voz baja, levantando su traje de mucama traviesa y acariciando sus piernas hasta llegar a su intimidad.

Ella se pone blanca como un cadáver, pero es una buena loba. Se mantiene sentada en mis piernas y, con su mano dentro de mi saco, acaricia mi pecho sobre la tela de la camisa. Al sentir su tacto, voy entrando en calor. No pasará mucho tiempo antes de que la lleve a la habitación y la haga mía.

—Mi nombre no importa, señor —responde con voz temblorosa, y besa mi cuello.

La observo. Hay algo en ella que me perturba. No es solo su belleza, es esa mezcla de miedo y dignidad que aún conserva. Desde que Miya me abandonó, me concentré solo en los negocios y dejé mi vida privada de lado. Pero esta chica… esta italiana… despierta algo que creía muerto.

Vladimir se acerca con su sonrisa hipócrita.

—¿Cómo la están pasando? —pregunta, mirando a todos—. ¿Las nuevas lobas se portan bien?

—Sí, son buenas lobas —responde Marcos riendo mientras acaricia a una de las chicas—. Y si me disculpan, me las llevo a la habitación. Ya deseo que me devoren.

—Ve, son todas tuyas. Goza de ellas y de la noche —le digo, levantando mi copa.

—Por supuesto, ve —añade Vladimir—. Sonya dejó habitaciones VIP para ustedes. La tuya es la veinticinco, una suite.

—Entonces no pierdo más tiempo —dice Marcos con una carcajada, pero antes de irse se detiene—. Aunque antes quiero ver algo excitante.

—Tais, Magdalena, consuman una línea de cocaína. Eso va a hacer que se relajen.

—Háganlo, ustedes también —ordena Vladimir con una mirada fría.

—Pero… pero no es necesario —dice la italiana, bajando la mirada.

—Que lo hagan —responde Vladimir con tono amenazante—. Recuerden que no les conviene portarse mal. Sean buenas lobitas y obedezcan.

Después de una hora de beber y consumir, Marcos y sus chicas se van. Luego, tres más de mis hombres hacen lo mismo. Solo quedamos Serguei, nuestras lobas y yo.

A Marcos le cedo a la brasileña y también a la estadounidense, y me dejo a la italiana. Desde que la vi, supe que sería mía.

—Ven conmigo, hermosa. Llegó la hora —le digo, levantándola de mis piernas y poniéndome de pie.

—S… s… sí, señor —responde con voz apenas audible.

—No tengas miedo de mí, solo disfruta —le digo mientras rodeo su cintura y caminamos hacia la habitación.

A veces, el deseo no nace del placer, sino del poder. Y en esa línea delgada entre ambos, el alma se pierde sin darse cuenta.

Pienso en lo que hago, en lo que soy. El poder me ha dado todo, menos paz. Tal vez, en el fondo, no soy más que otro hombre vacío buscando llenar su silencio con cuerpos ajenos.

FIORELLA

Después de estar en la mesa con esos malditos hombres, llega Vladimir. Nos obliga a consumir drogas y alcohol. Cuando inhalo ese desconocido polvo blanco, siento cómo entra por mis fosas nasales, recorre mis arterias y llega directo a mi cerebro. Es una sensación extraña y horrible, pero, como dijo Vladimir, mi cuerpo involuntariamente se relaja un poco.

Seguimos bebiendo. Sonya nos vigila de cerca. Las chicas se van una a una, hasta que solo quedamos cuatro personas.

Pero pronto llega mi turno, y tengo que ir a la habitación con el tipo que está conmigo.

Él me lleva abrazada a su cuerpo. Tengo muchas ganas de golpearlo y salir corriendo, pero si lo hago, Vladimir irá detrás de mis padres para hacerles daño.

No me queda otra opción que apretar los puños y adentrarme en la habitación que será mi deshonra, en la cual perderé lo más preciado que poseo: la pureza que tanto guardé para el chico que amo, pero que ahora voy a perder con un extraño sin corazón, ni escrúpulo alguno.

Camino con los ojos fijos en el suelo, sintiendo cómo el corazón me late tan fuerte que parece querer escapar de mi pecho. Cada paso que doy me acerca más al abismo.

Y mientras cruzo la puerta, pienso que tal vez la muerte no sea el final más cruel, sino vivir sabiendo que el alma ya no te pertenece.

Me pregunto si algún día podré mirarme al espejo sin sentir vergüenza. Si podré volver a ser yo, o si esta noche me robará para siempre lo que fui. Tal vez la pureza no se pierde en el cuerpo, sino en el momento en que el miedo se vuelve más fuerte que la esperanza.


Hay noches que no terminan con el amanecer, sino que se quedan tatuadas en la piel y en la memoria. Porque hay heridas que no sangran, pero gritan en silencio… y ese grito, a veces, es lo único que queda de lo que alguna vez fuimos.


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