Capítulo 5 Bestia sin sentimientos.

CAPÍTULO 4

TÍTULO: Bestia sin sentimientos

SUBTÍTULO: El poder que quiebra el alma

FIORELLA

Estoy dentro de la habitación. El aire es espeso, casi irrespirable. Las luces tenues bañan las paredes con un tono dorado que debería ser cálido, pero solo me recuerda al fuego del infierno. Él está recostado en la cama, con esa mirada que me atraviesa como una daga.

—Baila —ordena con voz grave, sin apartar los ojos de mí—. Quiero verte.

—¿Qué? —pregunto horrorizada. Mi voz tiembla, y siento cómo el calor sube a mis mejillas. Me arde la piel, no de deseo, sino de vergüenza. Pero no soy yo quien debería sentirla. Es él. Ese hombre que me observa con calma, como si mi miedo fuera parte del espectáculo.

Su expresión cambia. La serenidad desaparece, y en su lugar surge una sombra de impaciencia. Lo repite, más firme, más frío.

—Te dije que bailes… y que te desnudes.

El tono de su voz me hiela la sangre. No hay espacio para negarme. No hay salida.

Comienzo a moverme. Mis pies apenas responden, pero mi cuerpo obedece. Bailo lo más sensual que puedo, aunque por dentro me estoy desmoronando. Muevo las caderas lentamente, quitando una prenda tras otra, como si cada pedazo de tela que cae al suelo se llevara un fragmento de mi dignidad.

Cuando quedo solo en ropa interior, me detengo. Mi cuerpo se paraliza. Las tiras que llevo puestas apenas cubren algo. Estoy expuesta, vulnerable, y él no deja de mirarme. Su mirada no es humana; es la de un depredador que saborea el miedo antes de atacar.

—Ven aquí —dice, con una voz que no admite réplica.

El miedo me recorre como un escalofrío helado. Quiero correr, gritar, desaparecer. Pero mis piernas no responden. Estoy atrapada en mi propio cuerpo.

BURIAN

La italiana está frente a mí. Su piel brilla bajo la luz, y su respiración entrecortada me enciende más de lo que debería. Le ordeno que baile y se desnude, pero parece no entender. Me irrita. No soporto la desobediencia.

Cuando finalmente se mueve, algo en mí se tensa. Su cuerpo es una contradicción: fragilidad y fuego, miedo y desafío. La observo, y por un instante, siento algo que no reconozco. No es deseo. Es otra cosa. Algo que me incomoda.

Le ordeno que venga a la cama, pero no se mueve. La rabia me sube como un golpe seco al pecho. Me levanto, la tomo del brazo y la arrojo sobre el colchón. Su cuerpo tiembla bajo el mío, y por un segundo, sus ojos se cruzan con los míos. Hay lágrimas, sí, pero también algo más: una súplica muda, una humanidad que me hiere.

Intento ignorarlo. No puedo detenerme. No ahora. No después de haber pagado, no después de haber esperado. Pero mientras la sostengo, mientras su voz se quiebra pidiéndome que la suelte, algo dentro de mí se resiste.

Su llanto me perfora los oídos. No hay placer en esto, solo furia, solo vacío. Cada movimiento es una batalla entre mi cuerpo y mi conciencia, entre el hombre que fui y la bestia en la que me he convertido.

Cuando todo termina, mi respiración es un rugido. Me aparto, exhausto, y caigo a su lado. Ella se encoge, se cubre, se hace pequeña. No dice nada. No me mira. Y ese silencio… ese maldito silencio me golpea más fuerte que cualquier palabra.

¿Quién demonios cree que es para hacerme sentir culpa? No tiene derecho. Pagué por ella. Solo tomo lo que me pertenece… ¿no?

Me doy la vuelta, cubriéndome con las sábanas de seda.

—Duerme un rato —digo con voz seca—. Pienso seguir. Pagué un cuarto de millón por ti. Tienes que complacerme.

Pero no hay respuesta. Solo el sonido de su respiración temblorosa.

FIORELLA

Después de que él me llama a la cama y no obedezco, lo veo levantarse. Su sombra se alza sobre mí, pesada, imponente, como si el aire mismo se negara a moverse. Cada paso que da hacia mí es una sentencia. Antes de que pueda reaccionar, me toma con fuerza y me arroja sobre la cama. Todo ocurre tan rápido que el miedo apenas tiene tiempo de convertirse en grito.

El dolor me atraviesa como una hoja afilada. Intento resistir, lo insultó, le suplicó, pero mis palabras se pierden en el vacío. No me escucha. No le importa. Cada segundo se vuelve una eternidad suspendida entre el horror y la impotencia. Mis lágrimas caen sin control, y con cada una siento cómo algo dentro de mí se quiebra, algo que no volverá a ser igual.

Cuando todo termina, su respiración es pesada, casi salvaje. Se recuesta a mi lado, dándome la espalda, como si nada hubiera ocurrido. Su indiferencia me hiere más que la violencia misma. Me deja claro que esto no ha terminado, que aún seguirá. Me acurruco, abrazo mis piernas, tiemblo. Lo observo dormir y ruego que no despierte. No quiero volver a sentirlo cerca. Me da asco, miedo, repulsión.

El silencio pesa más que cualquier grito. Mi cuerpo duele, pero lo que más duele es el alma. Me siento vacía, rota, como si algo dentro de mí se hubiera apagado para siempre.

Cierro los ojos, deseando no despertar. No quiero recordar su voz, su mirada, ni el peso de su cuerpo sobre el mío. No quiero recordar el momento exacto en que dejo de ser yo.

Pienso en mis padres, en el chico que amo, en la vida que tuve antes de esta noche. Todo parece tan lejano, tan irreal.

Y entonces lo entiendo: hay cosas que no se curan con el tiempo, porque el tiempo no borra lo que el alma se niega a olvidar.

No sé cuánto pasa, pero cuando por fin me atrevo a moverme, él sigue dormido. Me levanto con cuidado y camino hacia el baño. Enciendo la ducha y dejo que el agua caiga sobre mí. Me siento sucia, vacía, como si mi piel ya no me perteneciera. Froto mi cuerpo con desesperación, intentando borrar su rastro, pero no hay agua suficiente para limpiar lo que me ha hecho.

De pronto, la puerta se abre de golpe. Mi cuerpo se tensa. Él está ahí, observándome con esa mirada fría que me hiela la sangre. No digo nada. Solo quiero que se vaya.

—Vamos a la cama —ordena con voz seca, sin emoción.

—No quiero… por favor, no —susurro, apenas audible.

Pero no me escucha. Me levanta en brazos y me lleva de regreso. Me arroja como si fuera un objeto, y su sombra vuelve a cubrirme. Siento su respiración sobre mi piel, su presencia invadiendo cada rincón de mi ser.

Luego de unos minutos, apoya su frente en la mía. Nuestras miradas quedan entrelazadas, fijas, vacías. Me quedo inmóvil al sentir sus labios rozar los míos. En toda la noche es la única vez que me besa. Su aliento huele a whisky y a cigarrillos, una mezcla amarga que me revuelve el estómago.

Él se levanta un tanto brusco, se sienta en la cama y abre el cajón de la mesa de luz.

—Tómalas. Esto va a prevenir un embarazo. Recuerda que eres una prostituta, mi prostituta, y no queremos un accidente —dice, extendiendo su mano con un frasco de pastillas, las cuales ingiero de inmediato.

Esta noche es mi primera vez. Nunca antes he estado con un hombre, y sé muy bien que lo que ha dejado dentro de mí puede arruinar mi vida para siempre.

—Ve a bañarte —ordena con voz fría y dura.

Asiento sin mirarlo. Camino hasta el baño y me ducho. Lavo mi cuerpo débil, cubierto de moretones y marcas que arden al contacto con el agua. Cada una es un recordatorio de su brutalidad. Cuando salgo, lo veo salir del otro baño, impecable, vestido con su traje oscuro, listo para marcharse.

Antes de irse, arroja un manojo de billetes sobre la cama. No los toco. No puedo.

Mis ojos se desvían hacia las sábanas blancas de seda, ahora manchadas con lo que alguna vez fue mi inocencia. Siento que el aire me falta. Me dejo caer al suelo, con la mirada fija en el dinero.

Grito. Grito con toda la fuerza que me queda. ¿Para qué carajos quiero dinero? Lo tomo con rabia, dispuesta a romperlo, a destruirlo, pero en ese momento la puerta se abre. Es Sonya.

**************************;*******************;

El poder puede someter cuerpos, pero nunca silenciar el eco del dolor que deja tras de sí.

Y mientras algunos se hunden en su propia oscuridad, otros comienzan a despertar,

porque incluso en la noche más densa, la verdad siempre encuentra una grieta por donde entrar.

**************************************;

Capítulo anterior
Siguiente capítulo