Capítulo 7 La jaula dorada

CAPÍTULO 6

TÍTULO: La jaula dorada

SUBTÍTULO: Cuando el silencio duele más que el miedo

Dos meses después

BURIAN

Estoy cerrando negocios con unos italianos; se trata de una compra de armas que, si todo sale como espero, fortalecerá mi posición en el mercado.

Estos últimos días he estado demasiado ocupado, tanto que la próxima semana viajaré personalmente para cerrar el trato.

No piso el club desde hace dos meses. Magdalena y Tais me tienen entretenido; son complacientes, obedientes, saben cuándo hablar y cuándo callar. Son todo lo contrario a la italiana.

Aun así, mis cachorras quieren ir esta noche al club, y para premiarlas por su obediencia decido llevarlas, aunque la verdad no tengo el menor deseo de hacerlo.

No quiero encontrarme con Mijail. Ese bastardo me está provocando, arrebatándome clientes, creyendo que puede desafiarme sin consecuencias. Pronto aprenderá que conmigo no se juega.

—Jefe, las chicas están listas para salir —dice Marcos, asomándose por la puerta.

—Perfecto. Vámonos —respondo, apagando el cigarro y poniéndome el abrigo.

Salimos de la mansión poco después. El aire de la noche está cargado de humedad y un leve olor a peligro flota en el ambiente. Las luces del camino iluminan los autos alineados frente a la entrada. Tais y Magdalena caminan delante de mí, envueltas en risas y perfume caro, mientras enciendo otro cigarro y observo el cielo oscuro.

El motor del coche ruge cuando subimos. La mansión queda atrás, imponente y silenciosa, como un animal dormido que guarda secretos.

FIORELLA

Los días se arrastran, idénticos unos a otros. Ya ni siquiera sé cuánto tiempo llevo aquí. Por suerte, ningún hombre me ha tocado. Ser la “VIP” de Burian me mantiene a salvo, aunque esa protección se siente como una jaula dorada.

Él no ha vuelto. No sé si eso me da alivio o tristeza. Vladimir me repite cada día que si no trabajo, no comeré, y cumple su amenaza. Sonya me trae algo de comida, pero apenas son sobras. Ella se ha convertido en lo más parecido a una amiga, lo único que tengo.

Las demás chicas me evitan, y Tais y Magdalena, que antes eran mi compañía, ahora viven en otro mundo, uno donde yo ya no existo.

—Ponte bella, Burian acaba de llegar —dice Sonya, entrando con prisa.

—¿Crees que pida verme? —pregunto con un hilo de voz.

—Creo que sí, aunque está con Tais y Magdalena —responde, bajando la mirada.

Cuando Sonya entra corriendo para avisarme que Burian está aquí, siento un nudo en el estómago. No es emoción, es miedo disfrazado de esperanza. No quiero verlo, pero él podría ser mi única salida. Y si tengo que enfrentar al demonio para escapar del infierno, lo haré.

Me visto con lo mejor que tengo: un vestido negro que alguna vez fue elegante. Me miro al espejo y apenas reconozco a la mujer que me observa. Ojeras, piel pálida, mirada vacía. Una sombra de lo que fui.

Salgo de la habitación. Sonya me espera en el pasillo, y caminamos juntas hacia el club.

El lugar está lleno. La música vibra en el aire y las luces rojas bañan todo con un resplandor casi infernal. Desde lejos, veo la mesa principal. Tais está sentada en las piernas de Burian, riendo con descaro, mientras Magdalena, a su lado, bebe champán con la elegancia de una reina. Ambas visten trajes de diseñador: caros, finos, elegantes, pero también sensuales.

Camino con miedo. Vladimir está sentado con ellos, sonriendo con esa expresión hipócrita que tanto detesto. Mi corazón late con fuerza, pero mantengo la cabeza erguida.

Cuando llego, todos los ojos se posan en mí.

—Casi me había olvidado de ti —dice Vladimir, con una sonrisa burlona.

—Vine a hacerle compañía al señor Burian —respondo, intentando mantener la voz firme.

—Vete —dice Burian, sin mirarme—. Tengo a estas dos bellezas, no te necesito a ti.

—¿Entonces no pagarás más por ella? —pregunta Vladimir, con un brillo codicioso en los ojos.

El pánico me atraviesa. Si él deja de pagar, Vladimir me venderá al mejor postor.

Doy un paso hacia Burian y me aferro a su brazo, pero Tais, que está encima suyo, me empuja con fuerza. Caigo al suelo.

—¿Tais, por qué me tratas así? —pregunto con la voz quebrada.

—Tú eres una zorra. Yo no soy como tú. Mi hombre te dijo que no te necesita, vete de aquí —responde con desprecio.

Intento levantarme, pero el cuerpo no me responde. Estoy débil, hambrienta, vacía. Me apoyo en una silla y logro ponerme de pie. Bajo la cabeza, trago las lágrimas y salgo lo más rápido que puedo.

Las risas detrás de mí son el golpe final.

Camino por el pasillo con el corazón hecho pedazos. No entiendo cómo llegué a esto, cómo terminé siendo una sombra que todos pueden pisotear. Pero mientras avanzo, algo dentro de mí empieza a arder. No sé si es rabia o dignidad, pero sé que no quiero seguir siendo la misma.

A veces, la libertad no llega con puertas abiertas, sino con el valor de mirar el dolor de frente. Cuando el miedo deja de dominar, incluso una jaula dorada puede comenzar a resquebrajarse.

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